jueves, 28 de abril de 2022

Pérdida

Año 1580. Como cada día, Hikari Okazaki volvía a Kanazawa, su encantador pueblo localizado en la prefectura de Ishikawa, en Japón. Los cerezos comenzaban a florecer, marcando el despertar de la primavera. El sol se ponía por el horizonte y dibujaba en el cielo un atardecer hermoso. Tras una larga jornada de trabajo, Okazaki estaba ansioso por ver a su familia. Al llegar a las inmediaciones del lugar tuvo un mal presentimiento, que se hizo certero cuando vislumbró la columna de humo alzarse en la zona y contempló su peor pesadilla: el pueblo estaba en llamas. Desesperado, se dirigió instintivamente a su casa con la esperanza de que su familia estuviese a salvo. Sin embargo, era demasiado tarde. Su hogar había sido consumido por el fuego, y cerca de la entrada yacían sin vida los cuerpos de su esposa y sus cuatro hijos, que habían sido brutalmente asesinados. Okazaki no daba crédito a lo que sus ojos veían. Sentía que su corazón estaba roto.

 

Tras enterrar los cuerpos de su familia y rezar por ellos, salió de la casa y divisó a lo lejos a un moribundo superviviente de aquella masacre, que estaba tendido en el suelo luchando por su vida. Se acercó a él y trató de ayudarle, pero el esfuerzo fue en vano. Intentó preguntarle sobre lo sucedido, sin obtener respuesta. Justo cuando se iba escuchó al hombre musitar dos letras: “KY”, antes de que diese su último suspiro. Okazaki se quedó petrificado. Sabía a quién hacían alusión aquellas letras: Kurayami Yamanaka, el gobernador de la región. Lo que muy pocos sabían era que él y Okazaki habían sido grandes amigos durante muchos años, antes de que sus caminos se separasen.

 

Okazaki se encontraba atónito y afligido. Había perdido lo que más quería en su vida. Su familia, amigos, hogar… todo le había sido arrancado para siempre. Sin embargo, todavía había algo que le atormentaba: las últimas palabras de aquel moribundo. Motivado por el deseo de vengar a sus seres queridos, Okazaki decidió recorrer a pie los ciento noventa y dos kilómetros que lo separaban de la bulliciosa capital, Kioto, donde Yamanaka vivía en su lujosa mansión a las afueras de la ciudad. Antes de partir, dio un último adiós a lo que una vez fue su hogar, y que había sido reducido a cenizas. Viajó por un sendero poco transitado y salvaje, rodeado por un frondoso bosque de sugis. Tras dos semanas de viaje, llegó a la impresionante ciudad. Ataviado simplemente con la túnica ceremonial blanca que su difunta mujer le había regalado, Okazaki se dirigió a la mansión de Yamanaka y, cuando se dispuso a llamar a la puerta, se vio sorprendido por el propio Kurayami, acompañado por su guardia personal. Vestido con una lujosa túnica negra, le miró fijamente a los ojos y le preguntó:

 

-¿Qué haces tú aquí? -había una nota de desprecio en su voz.

 

-Lo sabes perfectamente -respondió Okazaki-. He venido para vengar a mi familia y a mi pueblo. Si aún hay algo de dignidad en ti, aceptarás combatir contra mí en un duelo de Shotokan.

 

Mirándole con desprecio, Yamanaka aceptó el reto. No podía mostrar debilidad ante sus subordinados. Se dirigieron al patio trasero del lugar, que contenía un campo de entrenamiento perfecto para el duelo. Sin apenas mirarse, cada uno se situó en un extremo. El sol se estaba poniendo por el horizonte. No se escuchaba ni un solo ruido por la zona, y el viento acariciaba los rostros de los contrincantes. Tras el saludo reverencial, Yamanaka decidió atacar primero asestando una patada lateral. Sin embargo, no esperaba los increíbles reflejos de Okazaki, que paró el golpe sin problemas, le inmovilizó la pierna y realizó un barrido, derribándole en un abrir y cerrar de ojos. En apenas unos segundos de combate, Yamanaka yacía rendido a sus pies pidiendo clemencia, y secretamente impresionado por la habilidad y destreza mostradas por su rival. Justo cuando se disponía a dar el golpe final, Okazaki se dio cuenta de que todo este tiempo había estado equivocado. Se había convertido en aquello que había jurado destruir. Recordó los buenos momentos que había pasado con su familia y, mucho tiempo atrás, con el propio Yamanaka, y pensó que su muerte no iba a cambiar el pasado. Apenado por lo que casi llega a hacer, le perdona la vida y le libera de su bloqueo. Decidido a retirarse a las montañas Akaishi para nunca volver jamás, se da la vuelta para alejarse de aquel horrible lugar. De repente, siente un ardor que le atraviesa la espalda y llega hasta el pecho. En sus últimos instantes de vida se da la vuelta y ve el rostro triunfante de Yamanaka, que había escondido en su vestimenta un pequeño cuchillo antes de que comenzase el combate. Una lágrima recorre la mejilla de Okazaki, antes de caer de rodillas al suelo, sin vida. Lejos de allí, la última flor del cerezo que había plantado en el jardín de su casa cae. Su último pensamiento es el hecho de que podrá reunirse con su familia de nuevo.


Jesús Romero Moreno
Estudiante de Bachillerato




miércoles, 16 de febrero de 2022

La visión

Había perdido la noción del tiempo después de tantas horas vagando por aquel laberinto musgoso, lleno de espinas y enredaderas que dificultaban mi paso. Afortunadamente, comencé a escuchar un tenue sonido similar al de unos pequeños cristales chocándose, aunque me fue imposible ubicar de dónde provenía. No supe entonces cómo salir de allí hasta que visualicé una débil luz blanca atravesar un agujero de la rocosa pared. Decidido, introduje mis manos por el hueco y comencé a hacer fuerza para abrirme paso. Cuando lo hube logrado, me sacudí el polvo de la ropa y entré a una enorme y antigua biblioteca repleta, por supuesto, de libros escritos en todos los idiomas y dialectos que han existido jamás. Pero había uno en concreto que estaba colocado encima de un atril de madera de abeto cubierto de hojas.

El manuscrito irradiaba un aura misteriosa que incitaba a abrirlo a todo aquel que pasara cerca de él. Era tanto el tiempo que llevaba quieto que en el filo de sus páginas podía notarse un tono amarillento. En el cuero que lo protegía se observaba el extremado uso que le dieron en sus días. Por el ancho del tomo, era obvio que contenía una abundante cantidad de información que había sido pasada de generación en generación. Lamentablemente, son tantos los años que ha permanecido en el mueble que sus hojas están pegadas entre sí por una espesa y densa mugre que hace imposible abrirlo sin romperlo. Atraído por él, acerqué mi mano lentamente, con la mirada clavada en el relieve con forma de cabeza león de su cubierta. Mientras tanto, una voz distorsionada iba subiendo el volumen, susurrando:

 — Aléjate, aléjate, aléjate.

 En cuanto la yema de mi anular rozó la tapa dura, un destello fulminante me azotó en los ojos y, al intentar abrirlos, observé el cosmos en todo su esplendor. Las estrellas nacían y explotaban innumerables veces. Los asteroides y los cometas viajaban a toda velocidad por el vacío. Algunos incluso eran absorbidos por las órbitas de los hermosos planetas que yacían suspendidos en el gélido espacio. Y entre todo aquel bello caos, discerní una silueta femenina, violeta y celeste, que permanecía estática. Todo aquello duró apenas tres segundos porque, nada más intentar acercarme a ella, un agujero negro me estiró cual fina tela de araña y consumió mi cadáver en un instante. Lo próximo fue apartar mi mano del libro y salir por patas, despavorido.

Marcos Gutiérrez Baladrón
Estudiante de Bachillerato



miércoles, 17 de noviembre de 2021

¿Por qué leer a Julio Verne en la actualidad?

Es una buena pregunta. Pero antes deberíamos responder a la de quién fue Julio Verne. Jules Gabriel Verne es considerado el padre de la ciencia ficción, junto con H. G. Wells, y uno de los escritores más exitosos de novelas de aventuras. Nació en 1828 en la ciudad francesa de Nantes y murió en Amiens en 1905. Desde pequeño se interesó por escribir y a sus 20 años conoció a un autor muy influyente en su vida, Alejandro Dumas. A los 21 años acaba la carrera de Derecho, pero se decanta por escribir y saber cada vez más. Por esta razón su padre se molesta con él. En 1863 empieza su serie de novelas de viajes extraordinarios con la publicación de Cinco semanas en globo. Aunque ya había escrito antes, esta serie de historias hace que su editor le siga publicando sus libros durante más de cuarenta años y que sea un autor conocido mundialmente.

En sus relatos, Jules describe un viaje (a menudo imposible), que realizan un genio incomprendido por la humanidad (Samuel Fergusson, Phileas Fogg, Otto Lidenbrock), su fiel criado o su sobrino (Joe, Passepartout, Axel) y un personaje secundario (Dick Kennedy, Fix, Hans). A pesar de todos los lugares que visitan sus personajes (África Central, el Polo Norte, la Patagonia Argentina, Japón), Julio Verne no viajó mucho en vida. Pero sus libros inspiraron a las personas que los leyeron. Actualmente algunos de sus libros como Veinte mil leguas de viaje submarino y La vuelta al mundo en 80 días se han convertido en clásicos de aventuras.

Y ahora contestemos a esa primera pregunta:

En primer lugar, los libros de Julio Verne no son aburridos. A pesar de la cantidad de términos científicos que menciona Verne en sus escritos, no son difíciles de leer, es más al contrario, los escritos de Julio Verne te enganchan desde el principio con sus atrevidos personajes y los objetivos “inalcanzables” que persiguen.

La segunda razón es que las novelas de Julio Verne no son largas -con excepción tal vez de Veinte mil leguas de viaje submarino- y no son arduas de leer en comparación con otros clásicos literarios.

También se podría decir que los relatos de Julio Verne predijeron el futuro. Verne anticipó el viaje del hombre a la Luna, los submarinos actuales, la conquista de los Polos…

Los narraciones de Julio Verne reflejan la humanidad. Sus personajes quieren explorar hasta el último rincón de la Tierra, quieren descubrir y conocer todo el Planeta.

Y por último, el lector va a simpatizar con sus personajes. Se siente la melancolía, la soledad y el odio hacia la humanidad que caracteriza al capitán Nemo. También la necesidad de ser libre que expresa Ned Land. Se tiene siempre la expectación, de si Phileas Fogg ganará su apuesta o si Axel y su tío conseguirán salir con vida de las entrañas de la Tierra o lo que sacrifican los criados Conseil y Passepartout para ayudar a sus amos.

Julio Verne sigue siendo actualmente uno de los escritores de ciencia ficción más respetados, aunque haya sido desfasado por autores más modernos como Isaac Asimov o Ray Bradbury. Con sus amplios conocimientos de geografía y de ciencia Julio Verne no decepcionará a sus lectores.

Por último, me gustaría recomendar una lista de los libros con los que una persona podría empezar a leer a Verne: 

1. La vuelta al mundo en ochenta días

2. Veinte mil leguas de viaje submarino.

3. Cinco semanas en globo.

4. Viaje al centro de la Tierra.

5. De la Tierra a la Luna.

6. La isla misteriosa.

7. París en el siglo XXI.

8. La estrella del sur.

9. El faro del fin del mundo.

10. Los hijos del capitán Grant.

11. El castillo de los Cárpatos.


Javier del Castillo Salinas
Estudiante de Bachillerato



jueves, 21 de octubre de 2021

Un amigo extraordinario

Un amigo extraordinario es la película por la que Tom Hanks volvió a ser nominado al Óscar, en este caso a mejor actor de reparto de 2019, por su carismático papel de Fred Rogers. Se trata de una agradable película familiar que enseña valores. 

Se basa en el artículo que escribió Tom Junod en 1998 para la revista Esquire, Can you say… hero? (¿Puedes decir… héroe?), en el que explica cómo ha cambiado su vida desde que conoció al presentador del programa infantil, Fred Rogers. La historia gira entorno a Lloyd Vogel (Matthew Rhys), un periodista cínico de la revista Esquire con reputación, al que le asignan una entrevista con el famoso y querido presentador Fred Rogers, creador del programa Mister Roger’s Neighborhood (El vecindario del Señor Rogers), serie dirigida a los niños, pero que trata temas profundos como el divorcio, la guerra, el perdón, entre otros. Vogel no quiere escribir sobre el presentador. Al mismo tiempo, Jerry Vogel, que es interpretado por el veterano actor Chris Copper, intenta entablar relación otra vez con su hijo, que no quiere volver a hablar con él por lo que les hizo a él y a su madre, a la que engañó para irse con otra mujer. Además, la abandonó en su lecho de muerte. 

La película muestra de una manera muy convincente cómo a través de las entrevistas que tienen Rogers y Vogel, se hacen amigos y cambiará la vida del segundo. Aparece la difícil relación que tiene con su esposa (Susan Kelechi Watson), después de que él se ha vuelto a encontrar con su padre. El filme tiene como temas principales el perdón y el rencor. Además de la paternidad, que se ve desde distintos puntos de vista en los protagonistas de la película (Jerry, Rogers y Vogel). Se trata igualmente otro tema que muchas veces es tabú, la muerte. El personaje de Rogers en una de las mejores frases de la película, dice que la muerte es humana, y que al ser humana se puede tratar. 

Está dirigida por Marielle Heller, escrita por Micah Fitzerman-Blue y Noah Harpster y protagonizada por Tom Hanks, Matthew Rhys, Chris Copper, Susan Kelechi Watson, entre otros. Los tres protagonistas hacen papeles muy buenos, en el caso de Tom Hanks, su actuación se parece a la que hizo en Savings Mr. Banks, y Matthew Rhys interpreta muy bien al periodista cínico. La mayoría de las canciones que aparecen en la película (la canción de inicio del programa incluida) fueron compuestas por el propio Rogers en su serie. Es de mencionar también que la película tiene un punto original en mostrar maquetas de las dos ciudades (Nueva York y Pittsburgh) cuando se cambia de una ciudad a otra en la película. 

Es un estupendo filme familiar, con excelentes actuaciones, con buenos valores, técnicas originales, una dirección espectacular y una mezcla muy especial entre drama y algo de comedia. 

Diego Alonso del Castillo Salinas 
Estudiante de Bachillerato



miércoles, 3 de marzo de 2021

El jardín de los tres rosales

Museo de Orsay, París. Destaca por tener obras de van Gogh y Monet, no podía irme de allí sin visitarlo. Lo primero que fui a ver, nada más entrar, fue la famosa Noche estrellada de Van Gogh. Ya la había visto muchas veces en fotos, pero contemplarla en persona era igual que verla por primera vez. Había también otras obras muy bonitas, pero hubo una que me llamó especialmente la atención, El jardín del artista en Giverny de Monet. Ver esta bella representación de una linda casa de campo rodeada de tantas flores, me embelesó. Estuve más de quince minutos apreciando cada detalle y fascinándome.

Al rato, una voz rompió el silencio diciendo “tócame”. Me asusté y me di la vuelta, pero no había nadie. Volvió a sonar y no paró hasta que me di cuenta de que provenía del cuadro. La sala estaba llena de carteles en los que ponía no tocar, pero la tentación me superó y rocé el marco del cuadro con la punta de mis dedos. De pronto, del cuadro empezó a salir pintura a borbotones. Yo, asustado y sin saber lo que pasaba, cerré los ojos. Enseguida noté una cálida brisa primaveral y empecé a escuchar el zumbido de las abejas. Curioso abrí los ojos, para encontrarme en ese camino que Monet había pintado. No pensé en nada, solo me llené con la misma emoción que siente un niño cuando ve una mariposa por primera vez. 

Decidí empezar a caminar: era como ir por un pasillo infinito, hasta que me encontré frente a dos rosales divididos por el estrecho sendero. Los rosales me maravillaron, pues eran de lo más extraños. El rosal de la izquierda era de color magenta y sus flores me resultaron muy curiosas, porque estaban retorcidas y tenían unas espinas grandes y puntiagudas. Tomé una flor para olerla. Al hacerlo, mi alma empezó a encogerse, pues una triste amargura la invadió, y tuve que soltarla, ya que el sufrimiento era insoportable. Cuando me repuse, fui a ver el rosal de la derecha. Era de color amarillo y a diferencia de las anteriores, sus espinas eran redondas y estaban cubiertas de una agradable especie de suave pelo. La curiosidad me pudo otra vez y cogí una de sus rosas. Cuando la tuve, una enorme alegría me inundó y todos los pensamientos negativos desaparecieron.

Continué por el caminito y descubrí entonces una fuente con dos caños. Del izquierdo salía el agua de color magenta y del derecho, casi goteando, salía de color amarillo. Estas se mezclaban dando resultado al color rojo, que vertiéndose por un tercer caño regaba un rosal rojo. Pero este tenía algo de especial: sus rosas eran perfectas, con unos tallos fuertes, con alguna que otra espina, y el color de sus pétalos era de un rojo sangre hipnótico. Cogí una y, al olerla, me llené de amor.        

 Alejandro Caño Díaz
Estudiante de Bachillerato



miércoles, 27 de enero de 2021

El último viaje

 
La aguja del cuentarrevoluciones acababa de entrar en el arco rojo. El motor del SEAT rugía ferozmente exprimiendo sus casi setecientos caballos de potencia. El aire silbaba adaptándose al selecto carenado del coche confiriéndole un plus de estabilidad que valía cada euro de más que había costado aquel fuera de serie. Una irregularidad en el firme, oculta por la abismal oscuridad de las más negras de las noches, le obligó a salir de su ensimismamiento. Miró su reloj de pulsera y profirió una maldición a la vez que hundía su pie derecho en el acelerador obligándole a cambiar de marcha. Los cilindros del motor en uve inmediatamente aplacaron su anterior excitación. Los faros de xenón, sin embargo, no cedían en su empeño por mantener el arco de luz en medio de la recién desarrollada niebla helada.
 
Mientras, en el interior, al cobijo de todas aquellas inclemencias, se escuchó un grito de pánico cuando el coche perdió por unos instantes cualquier contacto con el asfalto. La malicia del conductor se reflejó a modo de sonrisita en el espejo retrovisor.
 
—¿Acaso pensabas que por haber muerto ya no tendrías miedo? —la voz del conductor, grave, ronca, jocosa, rompió el maquiavélico silencio—. Espera y verás lo que significa tener miedo —esta vez el conductor profirió una estridente risita que erizó el vello del pasajero.
 
Apenas hubo que esperar mucho para que la progresiva pérdida de velocidad se hiciera patente. A partir de aquel momento ocurrieron distintas cosas de forma simultánea. La niebla comenzó a desvanecerse a la vez que el firme se hacía más y más accidentado. El conductor, a pesar de haber disminuido la velocidad, disfrutaba manteniéndola aún excesivamente alta como para atravesar aquel terreno bacheado lo que provocaba que botara y rebotara en el asiento de cuero una y otra vez, chocando y botando, saltando y rebotando contra la ventanilla, el techo, su asiento y el volante del automóvil respectivamente. Todo este traqueteo hacía que su desgreñado pelo largo se moviera en una extraña danza alocada, y sus desaliñadas barbas luengas se batieran en el aire como movidas por hilos mágicos.
 
Aquel vaivén insoportable finalizó tan bruscamente como comenzó. La detención del automóvil fue casi inmediata tras accionar el pedal del freno. El tintineo de los adornos que colgaban del retrovisor central tardó unos instantes en consumir su energía hasta finalmente silenciarse.
 
Conducido por un brío sorprendente para su edad, se apeó del coche aventando su capa y agarrando el maletín que hasta entonces había reposado en el asiento del copiloto. Cerró la puerta, tosió, se rascó su rostro enverdecido y arrugado por la edad y procedió a abrir el compartimento del pasajero.
 
—¡Págame! —de sus ojos brotaban llamas de deseo—. Dame lo que es mío —insistió mientras abría su maletín y se lo acercaba agitándolo con impaciencia en el aire.
 
El pasajero, tambaleante, mareado, reptó hasta apoyarse en la puerta del coche. Pálido, le sobrevino una arcada. Una moneda de un euro, grabada con la imagen de un mochuelo y la palabra ΕΥΡΩ, salió por su boca mezclada con la bilis de su estómago. Sin escrúpulos, el conductor se agachó, cogió la moneda, la limpió en su capa y la observó con denuedo. Sonrió con fruición, guardándola ipso facto en su maletín.
 
—Ahora vete —apremió el conductor volviendo de nuevo a acomodarse en su asiento.
 
El motor rugió con agilidad volviendo de nuevo a la vida. Apenas unos instantes después se perdía en lontananza absorbido por la densa muralla de niebla. El SEAT Caronte V8 TDI se desvaneció dando paso a un silencio húmedo y sobrecogedor.
 
El cántico próximo de un río consiguió sacarle de su embelesamiento. Miró en derredor para detectar los primeros rayos de sol que iluminaban aquel paraje pantanoso. Apenas unos metros tras de sí un río de dimensiones considerables creaba una frontera infranqueable que junto a la niebla mantenían aquel lugar oculto.
 
Al este, coloreada por los tonos anaranjados del sol, una vetusta construcción de piedra se erguía fría y desafiante, áspera y amenazadora. Se aproximó al pórtico de entrada donde sus pies descalzos encontraron una desagradecida superficie con numerosas irregularidades. Penetró en el silencio del caserón, ávido por encontrar cualquier presencia. Al fondo, sobre un entarimado descansaban tres regias figuras iluminadas parcialmente por la luz del sol que se colaba por el único rosetón que había. Sobre sus tronos, grabado directamente en la piedra, una pulcra inscripción rezaba: “Su ayuda no será prestada a los embusteros”.
 
—¡Póstrate miserable! —bramó el hombre que estaba sentado en el centro. Su trono, el del respaldo más alto, tenía el nombre de “Radamanto” grabado exquisitamente en la madera.
 
Desnuda, al descubierto, sin nada con lo que cubrirse, sin lugar donde esconderse, se arrodilló nuestra alma ante los tronos regios. A la derecha descansaba Éaco; a la izquierda, Minos. 
 
—Te creé libre y supiste elegir…
 
—… te di la vida y la atesoraste…
 
—… te enseñé y supiste aprender.  
 
Sus miradas se posaron sobre él, capaces de ahondar en el más recóndito de sus secretos. Prosiguieron a una sola voz:
 
—Porque aprendiste a vivir en nuestra libertad, eligiendo el tesoro de aprender nuestra enseñanza, recibe ahora nuestro eterno lugar de descanso. Seas bienvenido al Elíseo.
 
Las tres voces al unísono se silenciaron. Inmediatamente a su derecha se descubrió una oquedad de apenas unos milímetros que comenzaba a agrandarse más y más. La luminosidad que rezumaba impedía contemplar nada sin tener que achinar los ojos. Cuando ya tenía unos palmos de amplitud, se descubrió una verde pradera de infinita extensión. Había cientos y cientos de ovejas de lana nívea, plácidamente pastando bajo una continua lluvia de gotas doradas y millares de pétalos fulgentes de todos los colores imaginables que constantemente caían. Sonriente, apoyado en su cayado, sentado mansamente sobre la única roca que podía contemplarse, había un pastor. Este, con gran sosiego, se giró desvelando su rostro y llamó por su nombre al alma recién llegada. Esta, sin hesitación, bajo su nueva apariencia de oveja, entró en los campos elíseos. Allí, se recostaría junto a él por años sin término.
 
Jesús Martínez Medina
Piloto de avión

 



viernes, 18 de diciembre de 2020

Cigarrillos

No sabías si era un sueño o si realmente estaba sucediendo. Algo trastocó tu conciencia y obnubiló tu alma de tristeza.

Despertaste de la cama entre un largo quiero y no puedo. Cuando por fin ganaste esa batalla contra tus débiles párpados, te diste cuenta y tu mente se activó de golpe. Nada más abrir los ojos, dos objetos llamaron tu atención de inmediato: la gran maleta que yacía llena a rebosar a los pies de tu cama, y la botella de alcohol que reposaba en tu mesita de noche, junto a aquel cenicero lleno de cigarros consumidos.

Era muy temprano, serían las siete de la mañana, el sol estaba asomando junto a ti y su fuerza era tan leve que prácticamente no proporcionaba calor alguno. Tus dos hijos, de nueve y seis años respectivamente, estaban vestidos y aseados; y tu mujer, tan preciosa como la recordabas. Esta situación te extrañó, pero no le quisiste dar mucha importancia y al mirar de nuevo el reloj y ver que solo habían transcurrido dos minutos desde las siete, decidiste echarte de nuevo.

Volviste a despertar al rato, pero esta vez te resultó mucho más fácil poder abrir los ojos y repetiste el mismo procedimiento que la primera vez: miraste el reloj, eran las nueve y treinta y dos de la mañana, ahora el sol sí tenía la fuerza suficiente para crearte esa sensación de desazón que tanto odiabas en tu rostro. Te volvió a asaltar la duda de por qué esa botella de alcohol seguía ahí, junto a aquellos cigarrillos, cuando sabías perfectamente que tu preciosa y atenta mujer siempre las tiraba a la basura todos los días al levantarse. Pero sin duda, lo que te dejó perplejo fue no ver la maleta, ya no estaba. Comenzaste a creer que tus peores pesadillas podrían estar volviéndose una realidad.

Bajaste a desayunar con la idea de encontrar el monótono, pero idílico panorama de todos los fines de semana: ver a tus dos hijos y a tu mujer desayunando juntos. Sin embargo, lo que contemplaste al bajar las escaleras y observar ese amplio salón vacío, se convirtió en la perfecta alegoría de tu alma. Te diste cuenta, y aunque no quisiste asumirlo, la impotencia comenzaba a penetrar en tus huesos y la tristeza conquistó por completo tu mente. Tu cuerpo, marioneta de esa desesperación, se vio dispuesto a hacerlo. Pese a tu débil estado mental, lo tenías más claro que nunca. Cogiste una gran cuerda que guardabas en el sótano y la ataste con más tristeza que cuidado, siendo completamente consciente de lo que estabas a punto de hacer.

Te subiste a una de las sillas del salón, en concreto en la que se solía sentar siempre tu mujer, a la cual siempre amaste pese a las vastas reprimendas —o “correctivos”, como te gustaba denominarlos— que le propinabas. Tu cuello se sumergió en la soga —qué triste que este olor a sótano viejo fuera a ser el último que vaya a oler— pensaste.

Cuando abriste los ojos pensando en si finalmente tu destino había sido el cielo o el infierno, una agradable voz te devolvió de nuevo a la verdadera realidad —cariño, aquí te traigo tu café, con hielo, como a ti te gusta—. Miraste a tu alrededor, la botella y los cigarros seguían ahí, pero esta vez, era real. La alegría que sentiste en ese momento era indescriptible, incluso te pellizcaste para ver si aquello era real o simplemente seguías en esa pesadilla de la que por fin habías despertado.

Esa misma noche, mientras bebías de la botella de siempre, te pusiste a pensar en esa pesadilla y de cómo la conciencia te estaba avisando de que, si seguías por ese camino, ese mal sueño que tanta pesadumbre te traía, se volvería cierto, y que las múltiples amenazas de tu mujer, asegurándote que se iba a ir de casa y que no la volverías a ver, acabarían sucediendo. Entonces decidiste tomar una decisión drástica: otra vez, ibas a empezar a dejar de fumar.

Ignacio Prieto Muñoz
Estudiante de Bachillerato