miércoles, 7 de octubre de 2026

Nadie

Arduo es regresar con el sentimiento,
ya nada es como antes de la partida.
Las ventanas y las puertas pintadas
de tonos oscuros como las bestias,
quienes poco a poco corrompen mi alma,
no dejan hueco ya para la batalla.
Triste es ver que solo soy un extranjero,
esposo de Ezis, hija de la noche,
a quien los infortunios acompañan.
Ahora retorno de mendigo y vivo
como el más infeliz de las personas.

José María Martínez Escandón
Estudiante de Bachillerato



jueves, 5 de marzo de 2026

Brújula

El barco avanzaba despacio, mecido por un mar que ya no prometía nada. Olía a sal acumulada, madera húmeda y a redes olvidadas al sol. Cada crujido del casco era un sonido antiguo, tan repetido que había dejado de reclamar su atención. El viejo marinero, curtido por los años, reconocía esos ruidos como se reconoce una voz propia, sin esfuerzo y sin sorpresas. La luz de la tarde caía sobre la cubierta. Resaltaban las grietas de las tablas y el óxido en el metal, marcas del tiempo que no se había detenido por nadie.

Mientras tanto, un joven caminaba sin rumbo sobre la cubierta. Rozó las cuerdas con los dedos y se detuvo a mirar al horizonte. No observaba el mar tal como era, sino cómo podía llegar a ser. En su mirada todavía había espacio para algo más. El viejo marinero, en cambio, prefería las cosas conocidas, como el peso exacto de la cuerda en la mano, el sabor seco de la sal en los labios o el balanceo constante que había terminado por acomodarse en su cuerpo. El mar ya no era una posibilidad, sino una costumbre. El viento trajo olor a algas y a agua estancada; una sal que se metía en la nariz y raspaba la garganta. Las velas, agitadas una y otra vez, se tensaron con un quejido bajo, el mástil respondió con un crujido largo. El muchacho se quedó quieto y dejó que el viento le golpeara en la cara. El viejo ajustó la cuerda sin pensar, con un gesto aprendido, casi automático.

-Ya nada es igual - murmuró el joven sin mirar atrás.

El marinero no respondió, sabía que contra el tiempo no podía luchar, y aún menos vencer. Durante años había confundido permanecer con resistir, y resistir con vivir. Sacó una brújula antigua del bolsillo. El metal estaba frío, gastado por manos que habían creído saber siempre hacia dónde iban. La aguja temblaba, incapaz de decidirse, como si también sintiera el peso de los años.

El joven la observó un instante:

-No quiero quedarme aquí.

El marinero asintió apenas y dejó la brújula en la palma abierta del muchacho. El joven la cerró con firmeza. El barco continuó, lento, mientras el mar golpeaba el casco con la misma paciencia de siempre.

Pablo David Pupiales Collaguazo
Estudiante de Bachillerato



miércoles, 17 de diciembre de 2025

Dama perfecta

La muchacha bella con ojos claros,
verdes intensos y esperanzadores,
cabello castaño y liso, que surca
su moreno cuerpo y ligeros hombros.
 
Un mensaje intento que ella reciba,
que confiese afecto con servil tono,
mas yo no consigo dar en la clave
y el amor se me escapa de la mano.
 
El impulso de tenerla me atrae.
Tan fuerte es que no alcanzo a respirar.
No sabré cómo vivir esta vida,
sin verla reflejada en su belleza.
 
Sueños mágicos me inundan si triste
vago entre lo real y la ficción,
perdido entre su figura y facciones,
iguales a la más hermosa diosa.
 
Con palabras gratas se me dirige,
como si ángeles con liras cantando,
derriban la oscuridad con un soplo,
dejando el paso a la luz floreciente.
 
Fluye el tiempo y continúo rendido.
Las noches largas y efímeras cuentan
historias alegres donde aparece
regocijada y pura entre mis brazos.
 
Mi evangelio su melodiosa voz.
Mi dogma su sentir.
Mi refugio su angelical sonrisa.
Mi esperanza su amor.

Estudiante de Bachillerato
José María Martínez Escandón







miércoles, 22 de octubre de 2025

Luna enamorada

La tarde se despide,
impulsada por Cronos, cansada;
Y Apolo ya no sonríe:

no se encontrará con su amada.

 

Sale Artemisa, bella como siempre,

con su forma resplandeciente:

enseña varios caminos

y escogerá el más complaciente.

 

Una decisión ha de elegir,

con la cual brillará más intensa:

cualquier viajero, aun sin compañía,

no se sentirá solo en la noche densa.

 

Pasa sola el resto de su vida,

ella cuenta despacio las horas.

Espera que la tortura termine,

de no poder ver al que adora.

 

El tiempo corre, su hora ha llegado:

historia diaria, interminable tortura,

de vuelta al rincón, otra vez al comienzo,

con final feliz o simple amargura.


Mathías José Rivera Pacahuala

Estudiante de Bachillerato




jueves, 9 de octubre de 2025

Lo que no dijimos

Te fuiste.
Aun así, sigo buscando
tus abrazos,
esos que llegaron tarde
pero que siempre necesité.
Y pensar que todo tuvo que acabar así…
cuando más nos acercábamos,
fuimos obligados a separarnos.
Ahora te necesito,
pero ya no estás.
Ahora vives en Alemania,
donde la nieve cubre las calles,
mientras yo me quedo aquí,
con las manos vacías,
junto a la costumbre de pensarte.
Ya van dos meses sin ti
y no sé qué hacer con eso.
A veces creo que vas a volver
como el primer día,
como si todo siguiera igual.
Te fuiste.
Yo me quedé
con todo lo que no dijimos.
Y por eso te extraño,
papá…

Pablo David Pupiales Collaguazo
Estudiante de Bachillerato



martes, 23 de septiembre de 2025

Performative

Tantos matchas,
tantas Crumbl cookies
y ninguna como las que tomamos juntos.

Dime, por qué ya no estás, 
aún recuerdo los Labubus que compramos.
¿Será mi rizz que ha empeorado?
¿Habrá sido él?
Aquel sigma que te compró chocolate de Dubái…
 
Yo le maldigo.
Ya Laufey me parece solo ruido.
 
Rodrigo Cuesta
Estudiante de Bachillerato


 


domingo, 13 de abril de 2025

Nihil umquam est aeternum

La muerte me sirvió una copa de ron en su bar, después de entrar yo por la puerta de atrás.

—Has tardado en volver —le dije.

—Estaba “arreglando” una cosa fuera del bar —contestó riendo un poco.

El local estaba mugriento y descuidado. El polvo era lo que más abundaba allí.

—Hazme un favor y muérete ya por beber demasiado de esto —me dijo aburrida.

—Soy tu único cliente, no te haría un gran favor dejándote yo y mis veinte euros semanales despilfarrados en alcohol.

—No te cuesta nada beber un par de estos… —la muerte sacó un Jack Daniel’s de debajo de la barra—. Coge esa moto tuya que tienes y te juro que ni sentirás lo que sea que te pase. Pulsar el acelerador es muy divertido cuando sabes que te espera la gloria —dijo esto levantando las manos y señalando al cielo.

—Sí, sí… La gloria de que digan de mí en las noticias que un motero borracho se ha estampado contra un muro y ha dejado este mundo como un despojo.

Bebí tranquilo por unos cuantos minutos. Sentí, como es costumbre, ese buen ardor del whisky en estado puro, pero, como siempre, el sabor era semejante al del agua sucia de un río. No me quejo, sé que el alcohol tirado de precio tiene sus defectos.

—No te pido mucho, solo que te mueras de una manera creativa.

—Dios, no te callarías ni aunque te arrancara esa mandíbula milenaria.

La Muerte gruño. No hizo nada más. Le dejé el dinero de la copa en la barra y le di la espalda.

—¡Espera un momento! —la muerte saltó de la barra—. Ser barman es lo peor que me ha pasado, necesito volver a mi antiguo trabajo.

—Has sido tú quien ha abierto un bar en la calle de la Montera y no es mi culpa que este lugar huela a muerto.

La huesuda cogió una silla y puso su pie derecho en ella:

—¡Mentiras! ¡Falacias y Calumnias! No estoy aquí por mi voluntad —la Muerte volvió a señalar al cielo—. El jefe de arriba me ha despedido.

—¿Dios?

— No, si quieres Nostradamus.

—No estoy aquí para un sermón.

Al escucharme, el cadáver chasqueó los dedos, las puertas se cerraron. Para empeorar la ya penosa situación, el esqueleto subió su otra pierna a la silla, quizás pensando que así su autoridad, ahora enterrada, volvía a ella.

—Antaño yo me ocupaba de ir a por las almas más brutales y sobresalientes, “los mejores que lucharon contra los mejores”. ¿Sabes la cara de horror de Aquiles cuando se dio cuenta de que estaba muerto? ¿Sabes siquiera los insultos y reclamos que me dirigió Cayo Julio César al ver su cuerpo maltrecho y agujereado? ¿Acaso te imaginas las palabras de decepción que escuché de Aníbal cuando le recogí? ¡Maldita normalidad! Ahora sois blandos como un bloque de tofu. Antes de que me echaran, escuchaba lo mismo de todos. Daba igual la edad. Repetíais lo mismo: “no me quiero ir” o “todavía soy joven y tengo mucho por lo que vivir”. Pero lo más lamentable era que me explicaran cómo de aburridas habían sido sus vidas, que no habían viajado a Dios sabe dónde, o que no podían faltar al trabajo. Vida solo una, si tocaba yo a la puerta, fin, punto, nada más.

—¿Y esto a mí qué me importa? No te he preguntado y, si me muero, hasta me alegro. Voy con mi moto, bebo donde quiero y hago lo que me da la gana.

—Ya, ya… goza de romper el límite de velocidad cuando quieras, pero te aseguro que algún día me llamarán y me devolverán la guadaña, y en cuanto a esa osadía tuya… te aseguro que un día de estos apretarás los dientes al ver que te has muerto de la manera más tonta posible, de esa forma que solo salen en las películas del sábado, mi único entretenimiento en esta tierra.

—Sueña lo que quieras, te tengo que esperar de todos modos.

Las puertas se abrieron débilmente.

—¡Escúchame bien, borracho! A cada cerdo le llega su san Martín y el tuyo lo celebraré con una ronda gratis para todo el barrio.

Si estoy contando esto no es para burlarme de ese despojo llamado muerte. Si lo hago es para decir que cuando iba a montarme en la moto vi que, en efecto, habían cortado los frenos. Así que, si pilláis a un esqueleto por el centro de Madrid, partirle las costillas de mi parte.

Daniel Vargas Celis
Estudiante de Bachillerato