La muerte me sirvió una copa de ron en su bar, después
de entrar yo por la puerta de atrás.
—Has tardado en volver —le dije.
—Estaba “arreglando” una cosa fuera del bar —contestó
riendo un poco.
El local estaba mugriento y descuidado. El polvo era
lo que más abundaba allí.
—Hazme un favor y muérete ya por beber demasiado de
esto —me dijo aburrida.
—Soy tu único cliente, no te haría un gran favor
dejándote yo y mis veinte euros semanales despilfarrados en alcohol.
—No te cuesta nada beber un par de estos… —la muerte
sacó un Jack Daniel’s de debajo de la
barra—. Coge esa moto tuya que tienes y te juro que ni sentirás lo que sea que
te pase. Pulsar el acelerador es muy divertido cuando sabes que te espera la
gloria —dijo esto levantando las manos y señalando al cielo.
—Sí, sí… La gloria de que digan de mí en las noticias
que un motero borracho se ha estampado contra un muro y ha dejado este mundo
como un despojo.
Bebí tranquilo por unos cuantos minutos. Sentí, como
es costumbre, ese buen ardor del whisky en estado puro, pero, como siempre, el
sabor era semejante al del agua sucia de un río. No me quejo, sé que el alcohol
tirado de precio tiene sus defectos.
—No te pido mucho, solo que te mueras de una manera
creativa.
—Dios, no te callarías ni aunque te arrancara esa
mandíbula milenaria.
La Muerte gruño. No hizo nada más. Le dejé el dinero
de la copa en la barra y le di la espalda.
—¡Espera un momento! —la muerte saltó de la barra—. Ser
barman es lo peor que me ha pasado,
necesito volver a mi antiguo trabajo.
—Has sido tú quien ha abierto un bar en la calle de la
Montera y no es mi culpa que este lugar huela a muerto.
La huesuda cogió una silla y puso su pie derecho en
ella:
—¡Mentiras! ¡Falacias y Calumnias! No estoy aquí por
mi voluntad —la Muerte volvió a señalar al cielo—. El jefe de arriba me ha
despedido.
—¿Dios?
— No, si quieres Nostradamus.
—No estoy aquí para un sermón.
Al escucharme, el cadáver chasqueó los dedos, las
puertas se cerraron. Para empeorar la ya penosa situación, el esqueleto subió
su otra pierna a la silla, quizás pensando que así su autoridad, ahora
enterrada, volvía a ella.
—Antaño yo me ocupaba de ir a por las almas más
brutales y sobresalientes, “los mejores que lucharon contra los mejores”.
¿Sabes la cara de horror de Aquiles cuando se dio cuenta de que estaba muerto?
¿Sabes siquiera los insultos y reclamos que me dirigió Cayo Julio César al ver
su cuerpo maltrecho y agujereado? ¿Acaso te imaginas las palabras de decepción
que escuché de Aníbal cuando le recogí? ¡Maldita normalidad! Ahora sois blandos
como un bloque de tofu. Antes de que me echaran, escuchaba lo mismo de todos. Daba
igual la edad. Repetíais lo mismo: “no me quiero ir” o “todavía soy joven y
tengo mucho por lo que vivir”. Pero lo más lamentable era que me explicaran cómo
de aburridas habían sido sus vidas, que no habían viajado a Dios sabe dónde, o
que no podían faltar al trabajo. Vida solo una, si tocaba yo a la puerta, fin,
punto, nada más.
—¿Y esto a mí qué me importa? No te he preguntado y,
si me muero, hasta me alegro. Voy con mi moto, bebo donde quiero y hago lo que me
da la gana.
—Ya, ya… goza de romper el límite de velocidad cuando
quieras, pero te aseguro que algún día me llamarán y me devolverán la guadaña,
y en cuanto a esa osadía tuya… te aseguro que un día de estos apretarás los dientes al
ver que te has muerto de la manera más tonta posible, de esa forma que solo
salen en las películas del sábado, mi único entretenimiento en esta tierra.
—Sueña lo que quieras, te tengo que esperar de todos
modos.
Las puertas se abrieron débilmente.
—¡Escúchame bien, borracho! A cada cerdo le llega su san
Martín y el tuyo lo celebraré con una ronda gratis para todo el barrio.
Si estoy contando esto no es para burlarme de ese
despojo llamado muerte. Si lo hago es para decir que cuando iba a montarme en
la moto vi que, en efecto, habían cortado los frenos. Así que, si pilláis a un
esqueleto por el centro de Madrid, partirle las costillas de mi parte.
Daniel Vargas Celis
Estudiante
de Bachillerato