miércoles, 3 de marzo de 2021

El jardín de los tres rosales

Museo de Orsay, París. Destaca por tener obras de van Gogh y Monet, no podía irme de allí sin visitarlo. Lo primero que fui a ver, nada más entrar, fue la famosa Noche estrellada de Van Gogh. Ya la había visto muchas veces en fotos, pero contemplarla en persona era igual que verla por primera vez. Había también otras obras muy bonitas, pero hubo una que me llamó especialmente la atención, El jardín del artista en Giverny de Monet. Ver esta bella representación de una linda casa de campo rodeada de tantas flores, me embelesó. Estuve más de quince minutos apreciando cada detalle y fascinándome.

Al rato, una voz rompió el silencio diciendo “tócame”. Me asusté y me di la vuelta, pero no había nadie. Volvió a sonar y no paró hasta que me di cuenta de que provenía del cuadro. La sala estaba llena de carteles en los que ponía no tocar, pero la tentación me superó y rocé el marco del cuadro con la punta de mis dedos. De pronto, del cuadro empezó a salir pintura a borbotones. Yo, asustado y sin saber lo que pasaba, cerré los ojos. Enseguida noté una cálida brisa primaveral y empecé a escuchar el zumbido de las abejas. Curioso abrí los ojos, para encontrarme en ese camino que Monet había pintado. No pensé en nada, solo me llené con la misma emoción que siente un niño cuando ve una mariposa por primera vez. 

Decidí empezar a caminar: era como ir por un pasillo infinito, hasta que me encontré frente a dos rosales divididos por el estrecho sendero. Los rosales me maravillaron, pues eran de lo más extraños. El rosal de la izquierda era de color magenta y sus flores me resultaron muy curiosas, porque estaban retorcidas y tenían unas espinas grandes y puntiagudas. Tomé una flor para olerla. Al hacerlo, mi alma empezó a encogerse, pues una triste amargura la invadió, y tuve que soltarla, ya que el sufrimiento era insoportable. Cuando me repuse, fui a ver el rosal de la derecha. Era de color amarillo y a diferencia de las anteriores, sus espinas eran redondas y estaban cubiertas de una agradable especie de suave pelo. La curiosidad me pudo otra vez y cogí una de sus rosas. Cuando la tuve, una enorme alegría me inundó y todos los pensamientos negativos desaparecieron.

Continué por el caminito y descubrí entonces una fuente con dos caños. Del izquierdo salía el agua de color magenta y del derecho, casi goteando, salía de color amarillo. Estas se mezclaban dando resultado al color rojo, que vertiéndose por un tercer caño regaba un rosal rojo. Pero este tenía algo de especial: sus rosas eran perfectas, con unos tallos fuertes, con alguna que otra espina, y el color de sus pétalos era de un rojo sangre hipnótico. Cogí una y, al olerla, me llené de amor.        

 Alejandro Caño Díaz
Estudiante de Bachillerato



miércoles, 27 de enero de 2021

El último viaje

 
La aguja del cuentarrevoluciones acababa de entrar en el arco rojo. El motor del SEAT rugía ferozmente exprimiendo sus casi setecientos caballos de potencia. El aire silbaba adaptándose al selecto carenado del coche confiriéndole un plus de estabilidad que valía cada euro de más que había costado aquel fuera de serie. Una irregularidad en el firme, oculta por la abismal oscuridad de las más negras de las noches, le obligó a salir de su ensimismamiento. Miró su reloj de pulsera y profirió una maldición a la vez que hundía su pie derecho en el acelerador obligándole a cambiar de marcha. Los cilindros del motor en uve inmediatamente aplacaron su anterior excitación. Los faros de xenón, sin embargo, no cedían en su empeño por mantener el arco de luz en medio de la recién desarrollada niebla helada.
 
Mientras, en el interior, al cobijo de todas aquellas inclemencias, se escuchó un grito de pánico cuando el coche perdió por unos instantes cualquier contacto con el asfalto. La malicia del conductor se reflejó a modo de sonrisita en el espejo retrovisor.
 
—¿Acaso pensabas que por haber muerto ya no tendrías miedo? —la voz del conductor, grave, ronca, jocosa, rompió el maquiavélico silencio—. Espera y verás lo que significa tener miedo —esta vez el conductor profirió una estridente risita que erizó el vello del pasajero.
 
Apenas hubo que esperar mucho para que la progresiva pérdida de velocidad se hiciera patente. A partir de aquel momento ocurrieron distintas cosas de forma simultánea. La niebla comenzó a desvanecerse a la vez que el firme se hacía más y más accidentado. El conductor, a pesar de haber disminuido la velocidad, disfrutaba manteniéndola aún excesivamente alta como para atravesar aquel terreno bacheado lo que provocaba que botara y rebotara en el asiento de cuero una y otra vez, chocando y botando, saltando y rebotando contra la ventanilla, el techo, su asiento y el volante del automóvil respectivamente. Todo este traqueteo hacía que su desgreñado pelo largo se moviera en una extraña danza alocada, y sus desaliñadas barbas luengas se batieran en el aire como movidas por hilos mágicos.
 
Aquel vaivén insoportable finalizó tan bruscamente como comenzó. La detención del automóvil fue casi inmediata tras accionar el pedal del freno. El tintineo de los adornos que colgaban del retrovisor central tardó unos instantes en consumir su energía hasta finalmente silenciarse.
 
Conducido por un brío sorprendente para su edad, se apeó del coche aventando su capa y agarrando el maletín que hasta entonces había reposado en el asiento del copiloto. Cerró la puerta, tosió, se rascó su rostro enverdecido y arrugado por la edad y procedió a abrir el compartimento del pasajero.
 
—¡Págame! —de sus ojos brotaban llamas de deseo—. Dame lo que es mío —insistió mientras abría su maletín y se lo acercaba agitándolo con impaciencia en el aire.
 
El pasajero, tambaleante, mareado, reptó hasta apoyarse en la puerta del coche. Pálido, le sobrevino una arcada. Una moneda de un euro, grabada con la imagen de un mochuelo y la palabra ΕΥΡΩ, salió por su boca mezclada con la bilis de su estómago. Sin escrúpulos, el conductor se agachó, cogió la moneda, la limpió en su capa y la observó con denuedo. Sonrió con fruición, guardándola ipso facto en su maletín.
 
—Ahora vete —apremió el conductor volviendo de nuevo a acomodarse en su asiento.
 
El motor rugió con agilidad volviendo de nuevo a la vida. Apenas unos instantes después se perdía en lontananza absorbido por la densa muralla de niebla. El SEAT Caronte V8 TDI se desvaneció dando paso a un silencio húmedo y sobrecogedor.
 
El cántico próximo de un río consiguió sacarle de su embelesamiento. Miró en derredor para detectar los primeros rayos de sol que iluminaban aquel paraje pantanoso. Apenas unos metros tras de sí un río de dimensiones considerables creaba una frontera infranqueable que junto a la niebla mantenían aquel lugar oculto.
 
Al este, coloreada por los tonos anaranjados del sol, una vetusta construcción de piedra se erguía fría y desafiante, áspera y amenazadora. Se aproximó al pórtico de entrada donde sus pies descalzos encontraron una desagradecida superficie con numerosas irregularidades. Penetró en el silencio del caserón, ávido por encontrar cualquier presencia. Al fondo, sobre un entarimado descansaban tres regias figuras iluminadas parcialmente por la luz del sol que se colaba por el único rosetón que había. Sobre sus tronos, grabado directamente en la piedra, una pulcra inscripción rezaba: “Su ayuda no será prestada a los embusteros”.
 
—¡Póstrate miserable! —bramó el hombre que estaba sentado en el centro. Su trono, el del respaldo más alto, tenía el nombre de “Radamanto” grabado exquisitamente en la madera.
 
Desnuda, al descubierto, sin nada con lo que cubrirse, sin lugar donde esconderse, se arrodilló nuestra alma ante los tronos regios. A la derecha descansaba Éaco; a la izquierda, Minos. 
 
—Te creé libre y supiste elegir…
 
—… te di la vida y la atesoraste…
 
—… te enseñé y supiste aprender.  
 
Sus miradas se posaron sobre él, capaces de ahondar en el más recóndito de sus secretos. Prosiguieron a una sola voz:
 
—Porque aprendiste a vivir en nuestra libertad, eligiendo el tesoro de aprender nuestra enseñanza, recibe ahora nuestro eterno lugar de descanso. Seas bienvenido al Elíseo.
 
Las tres voces al unísono se silenciaron. Inmediatamente a su derecha se descubrió una oquedad de apenas unos milímetros que comenzaba a agrandarse más y más. La luminosidad que rezumaba impedía contemplar nada sin tener que achinar los ojos. Cuando ya tenía unos palmos de amplitud, se descubrió una verde pradera de infinita extensión. Había cientos y cientos de ovejas de lana nívea, plácidamente pastando bajo una continua lluvia de gotas doradas y millares de pétalos fulgentes de todos los colores imaginables que constantemente caían. Sonriente, apoyado en su cayado, sentado mansamente sobre la única roca que podía contemplarse, había un pastor. Este, con gran sosiego, se giró desvelando su rostro y llamó por su nombre al alma recién llegada. Esta, sin hesitación, bajo su nueva apariencia de oveja, entró en los campos elíseos. Allí, se recostaría junto a él por años sin término.
 
Jesús Martínez Medina
Piloto de avión

 



viernes, 18 de diciembre de 2020

Cigarrillos

No sabías si era un sueño o si realmente estaba sucediendo. Algo trastocó tu conciencia y obnubiló tu alma de tristeza.

Despertaste de la cama entre un largo quiero y no puedo. Cuando por fin ganaste esa batalla contra tus débiles párpados, te diste cuenta y tu mente se activó de golpe. Nada más abrir los ojos, dos objetos llamaron tu atención de inmediato: la gran maleta que yacía llena a rebosar a los pies de tu cama, y la botella de alcohol que reposaba en tu mesita de noche, junto a aquel cenicero lleno de cigarros consumidos.

Era muy temprano, serían las siete de la mañana, el sol estaba asomando junto a ti y su fuerza era tan leve que prácticamente no proporcionaba calor alguno. Tus dos hijos, de nueve y seis años respectivamente, estaban vestidos y aseados; y tu mujer, tan preciosa como la recordabas. Esta situación te extrañó, pero no le quisiste dar mucha importancia y al mirar de nuevo el reloj y ver que solo habían transcurrido dos minutos desde las siete, decidiste echarte de nuevo.

Volviste a despertar al rato, pero esta vez te resultó mucho más fácil poder abrir los ojos y repetiste el mismo procedimiento que la primera vez: miraste el reloj, eran las nueve y treinta y dos de la mañana, ahora el sol sí tenía la fuerza suficiente para crearte esa sensación de desazón que tanto odiabas en tu rostro. Te volvió a asaltar la duda de por qué esa botella de alcohol seguía ahí, junto a aquellos cigarrillos, cuando sabías perfectamente que tu preciosa y atenta mujer siempre las tiraba a la basura todos los días al levantarse. Pero sin duda, lo que te dejó perplejo fue no ver la maleta, ya no estaba. Comenzaste a creer que tus peores pesadillas podrían estar volviéndose una realidad.

Bajaste a desayunar con la idea de encontrar el monótono, pero idílico panorama de todos los fines de semana: ver a tus dos hijos y a tu mujer desayunando juntos. Sin embargo, lo que contemplaste al bajar las escaleras y observar ese amplio salón vacío, se convirtió en la perfecta alegoría de tu alma. Te diste cuenta, y aunque no quisiste asumirlo, la impotencia comenzaba a penetrar en tus huesos y la tristeza conquistó por completo tu mente. Tu cuerpo, marioneta de esa desesperación, se vio dispuesto a hacerlo. Pese a tu débil estado mental, lo tenías más claro que nunca. Cogiste una gran cuerda que guardabas en el sótano y la ataste con más tristeza que cuidado, siendo completamente consciente de lo que estabas a punto de hacer.

Te subiste a una de las sillas del salón, en concreto en la que se solía sentar siempre tu mujer, a la cual siempre amaste pese a las vastas reprimendas —o “correctivos”, como te gustaba denominarlos— que le propinabas. Tu cuello se sumergió en la soga —qué triste que este olor a sótano viejo fuera a ser el último que vaya a oler— pensaste.

Cuando abriste los ojos pensando en si finalmente tu destino había sido el cielo o el infierno, una agradable voz te devolvió de nuevo a la verdadera realidad —cariño, aquí te traigo tu café, con hielo, como a ti te gusta—. Miraste a tu alrededor, la botella y los cigarros seguían ahí, pero esta vez, era real. La alegría que sentiste en ese momento era indescriptible, incluso te pellizcaste para ver si aquello era real o simplemente seguías en esa pesadilla de la que por fin habías despertado.

Esa misma noche, mientras bebías de la botella de siempre, te pusiste a pensar en esa pesadilla y de cómo la conciencia te estaba avisando de que, si seguías por ese camino, ese mal sueño que tanta pesadumbre te traía, se volvería cierto, y que las múltiples amenazas de tu mujer, asegurándote que se iba a ir de casa y que no la volverías a ver, acabarían sucediendo. Entonces decidiste tomar una decisión drástica: otra vez, ibas a empezar a dejar de fumar.

Ignacio Prieto Muñoz
Estudiante de Bachillerato


miércoles, 4 de noviembre de 2020

Alas cortadas

Por las noches, muy alto en el cielo, mientras todos duermen, se dice que están las almas de todos los seres humanos reunidas, soñando en conjunto con un mundo mejor. A veces, ves algunas caer con sus alas partidas: estrellas fugaces. Se han encontrado con la pesadilla del mundo real, esfumándose por cumplir los sueños de los que, a pesar de todo, mantienen la fe.

 

Cada vez que duermo sueño con un mundo donde cada uno es capaz de hacer lo que le plazca, un sitio donde nadie es juzgado. Es el lugar perfecto: tu situación económica no importa en absoluto, tienes siempre el dinero que necesitas, no hay que preocuparse por pagar el alquiler… Puedes darte el lujo de ir al cine cuando te plazca. Me veo en un ático en el centro de Madrid, disfrutando en mi balcón del sonido del bullicio en las terrazas de los bares durante una bonita velada de marzo. Y pienso que podríamos ser todos felices y que me gustaría ayudar a dirigir ese mundo donde las máximas son la sinceridad, la bondad, la alegría y el amor.

 

Me levanto del sueño pensando que simplemente soy feliz. Y, por tonto que parezca, me hace aún más feliz. Es esta la causa de que por las mañanas me levante enérgico, mientras tarareo la versión acústica de Take on me, sin importarme que seguramente mi voz sea horrenda. Subo las persianas y abro las ventanas esperando que la naturaleza me asombre un día más con la hermosa figura del sol y el bello ímpetu del viento.

 

Entro rápido al baño para evitar tener que esperar a que terminen mis hermanas, cerrando la puerta velozmente e ignorando sus maldiciones. Lo primero que hago es pesarme, aunque me da igual lo que marque la báscula. Que si he engordado, que qué bien sabía esa tarta; que si he perdido peso, que si me estoy poniendo fuerte… todo eso no me importa en absoluto.

 

Paso a sentarme en la mesa de la cocina con mi bol de cereales integrales preparado con amor por mi madre, acción que agradezco con un simple “¿cómo estás?”. Después de devorar los cereales, dejando como siempre las virutas de chocolate para el final, me lavo los dientes al ritmo de Thunderstruck.

 

Me pongo mis chinos como siempre, dudando unos minutos qué camisa queda mejor con el pantalón. Ato bien los cordones de mis zapatos, cojo la mochila y el móvil y me despido de mi familia. Salgo a la calle bajando los escalones de dos en dos, resbalo en el último y temo un momento por mi vida. Al recomponerme, comienzo a reírme de lo estúpido y torpe que soy. Mi madre siempre dice que lo mejor de mí es mi autoestima y mi alegría. Será por mis dotes naturales.

 

Llego a la parada de autobús a las 8:05, como siempre. Tengo la mala manía de no llevar nunca cascos, pues me gusta escuchar lo que dice la gente y los ruidos de la calle. Cuando llega el autobús, crece la tensión (haciéndolo más divertido) por saber si tendré un sitio para sentarme o tendré que ir de pie y acabar mareado. Esas incógnitas dan emoción al día a día.

 

Una vez asegurado mi asiento, empiezo a observar a cada uno de los pasajeros en busca de una cara, de una boca, de unos ojos. Y me llevo su mirada. Se me acelera el corazón, y saco el libro de Pablo Neruda Veinte poemas de amor y una canción desesperada, comparando el rápido latido de mi corazón con los versos del célebre poeta. Pero un sonoro “¡hijo de puta!”, proveniente de una señora al fondo del autocar, me saca por completo de mi ensoñación. Le acababan de decir que iba a ser despedida. Perdidas totalmente las ganas de continuar leyendo, me pongo a mirar por la ventana. Un accidente de tres coches para el tráfico. Avanzamos lentamente, pero tenemos que parar por completo cuando las sirenas de una ambulancia comienzan a resonar por toda la carretera.

 

Llego tarde al instituto, y a ver quién soporta las seis horas de clases que tengo. Consiguen que me anime un poco más conociendo una parte de la vida de Cicerón, desgranando uno a uno los documentos de la Conferencia de San Francisco para la creación de la ONU, leyendo piedras para saber quién quería tanto a la persona enterrada como para estar tallando un enorme monolito cerca de la Acrópolis ateniense, leyendo algo de Ortega y Gasset y terminando con una charla sobre el ser personal.

 

Vuelvo a meterme en el bus y esta vez decido mirar el teléfono para no desesperarme con los problemas al volante. Me meto en un periódico digital y las primeras noticias son sobre un atentado con 198 muertos y 1037 heridos en una iglesia en Irak. Siguiendo el encabezado, dos o tres artículos de opinión que critican al Gobierno. Cambio a Twitter y todo son insultos al azar lanzados sin ninguna intención constructiva. Al llegar a mi parada, voy a bajarme cuando tropiezo sin querer con un señor muy bien trajeado (con sombrero incluido); me llevo tal retahíla de insultos que al girar la esquina aún se seguían escuchando. Al fondo de la calle un señor mayor pide ayuda porque le han robado. Subo a mi casa un poco entristecido, saludo a la señora mayor que pasa a mi lado. Me apeno aún más cuando no recibo ninguna respuesta.

 

Paso la tarde con los deberes y con el estudio de las asignaturas correspondientes, mientras tomo un riquísimo zumo de arándanos, pero con el sabor amargo del mal del mundo, convirtiéndose en mi mente en un vaso de sangre. Por fin me tumbo en la cama para descansar. Abro el Whattsapp para hablar con un amigo. Desgraciadamente, no puede hablar porque acaban de hospitalizar a su padre. Ceno cabizbajo y me meto en la cama desganado. Me tapo entero con el edredón y aprieto los ojos, intentando con todas mis fuerzas empezar a soñar. Porque los sueños son mejores que esta realidad. Al final acabo dormido con una sonrisa dibujada en los labios, con unas alas desplegadas en mi espalda, sintiéndome en aquel balcón del centro de Madrid tomándome un zumo de arándanos, esta vez color amor.

 

Alberto Nieto Zuya

Estudiante de Bachillerato




miércoles, 28 de octubre de 2020

La comunidad Olympus

Buenos días,

mi nombre es Ángel y trabajo en la mensajería más importante de Grecia. Hoy me dijeron que tenía que entregar diferentes paquetes en una dirección bastante codiciada, la calle Olympus 402 00, “Hogar de dioses”. En esta dirección se encontraba una comunidad en lo alto de un monte.


En el viaje a ese lugar, me enteré de que mi misterioso jefe vivía precisamente allí, algo que lo hacía todavía más misterioso.

 

Cuando llegué al inmenso edificio de mármol, llamé a la puerta y me encontré con una mujer que al instante me hizo sentir en un ambiente cálido y familiar, como si estuviese en mi casa de la infancia. Ella me dio los buenos días y me dijo que empezara por el 1ºA, que allí se encontraba el presidente de la comunidad. En este edificio, el primer piso se encontraba en lo más alto, así que decidí coger el ascensor. Cuando subí, llamé a la puerta y me recibió una mujer morena con un gran traje con diferentes símbolos de pavo real, que me dio una galleta casera. Me hizo esperar unos segundos hasta que apareció su marido, un hombre de pelo y barba blanca trajeado y bastante serio. Puso la mano esperando a que le diera su paquete. Entonces abrí el carrito donde llevaba todas las entregas y allí estaba, un paquete marcado sólo con la dirección y el piso. Se lo entregué y continué hacia el otro lado del rellano, donde me abrió la puerta la mujer más hermosa que había visto en mi vida, y me preguntó si tenía algo para ella. Le entregué su paquete, lo abrió y exclamó:

 

-¡Por fin ha llegado!

 

El paquete contenía un perfume llamado néctar de ambrosía. Continué mi recorrido hacia el siguiente piso, donde me encontré a dos vecinos discutiendo, un hombre con un gran tatuaje de unos caballos sobre las olas del mar, gritando a una mujer alta y bella con unos pendientes en forma de lechuza, y decidí dejar los paquetes en las puertas para no entrometerme. Entonces miré el carrito, solo me faltaba por entregar un paquete, que se encontraba en la planta número 13. Cuando cogí el ascensor, entró un hombre de cabello rizado bastante ebrio, tambaleándose con una copa de vino en la mano, que empezó a cantar historias sobre los diferentes dioses griegos. Cuando llegamos, él se quedó en el ascensor y siguió cantando hasta que se cerraron las puertas.

 

Justo cuando iba a poner mi dedo en el timbre del 13ºA, se abrió la puerta y apareció un hombre, que exclamó:

 

-¿Qué tienes para mí, querido Ángel?

 

Me quedé sin habla, yo no conocía a ese hombre. Entonces salió una mujer con un arco anunciando que se iba a cazar, se cruzó conmigo y entregué el paquete al hombre, que también, como la hermosa mujer de antes, decidió abrirlo delante de mí. Lo abrió y era una crema para juanetes que decidió dármela diciendo:

 

-Aquí tienes, diría que te hace falta -y cerró la puerta.

 

Me quedé muy sorprendido, ¿cómo sabía lo de mis juanetes? Decidí entrar en el ascensor hacia la planta baja, donde me encontré de nuevo al hombre de la copa de vino, que me dijo:

 

-Dile a tu jefe que me debe una botella.

 

Justo después llegó por la puerta un hombre de pelo rubio y un sombrero que parecía que tenían alas, con una chapa en la chaqueta que ponía “Mensajero de los dioses”, que le entregó una botella en la mano y se dirigió hacia a mi diciendo:

 

-Bien hecho Ángel, te veré la próxima semana, eso espero -y se fue al ascensor sonriendo.

 

Así es como terminé mi viaje por la comunidad de la calle Olympus 402 00, “Hogar de dioses”.


Nicolás Martínez López

Estudiante de Bachillerato

 






miércoles, 30 de septiembre de 2020

Tenet

 

SATOR

AREPO

TENET

OPERA

ROTAS

 Sator Arepo tenet opera rotas. Esta oración en latín se puede leer tanto de izquierda a derecha como de derecha a izquierda, y de arriba abajo y de abajo arriba. Es lo que se denomina palíndromo. Y esto es exactamente en lo que se basa la nueva película de Christopher Nolan, Tenet, en si se podría invertir el tiempo: las armas no disparan, sino que atrapan las balas. Este director se hizo muy popular gracias a su trilogía del Caballero oscuro, Origen o Interstellar, pero ¿que tal está su nueva obra?

Me encantaría decir que bien, que su guion es interesante y rico, que sus personajes son carismáticos y están bien construidos. Sin embargo, las cosas no van por ahí. Hay una carencia absoluta de buenos personajes, que es algo muy común en este director. Es como si no supiera crear grandes protagonistas. Ya ni hablar de sus personajes femeninos, porque no sabe darles un protagonismo digno. Aunque el elenco de actores sea muy bueno, con un gran Robert Pattinson, ninguno de ellos consigue un papel decente. No obstante, donde veo más problemas es en el guion. Hay intención de hacer algo realmente complejo y de contar una buena historia. Pero al final solo es un guion simple, disfrazado con términos de física temporal para parecer interesante, y que obviamente la mayoría de público no entenderá, porque no tienen estudios de física. Una cosa es hacer un filme complejo y con riqueza narrativa (como por ejemplo el cine de Kurosawa) y otra cosa es hacer una obra confusa, soltando términos que sabes que nadie va a entender, porque la historia que estás contando no es gran cosa.

En lo que no hay duda es en que Nolan no es tonto y que sabe dirigir visualmente una película. Donde más se disfruta y se aprecia el trabajo bien hecho es en la acción. Solamente con la acción ya se está narrando algo y es una maravilla presenciar estas escenas. Si algo hay que atribuirle al director es el hacer algo fuera de lo convencional e intentar jugar con el espectador, aunque quede lejos de hacerlo bien. También se puede disfrutar de la banda sonora, que no está realizada por Hans Zimmer como de costumbre.

Como resumen, Tenet es sin más otra película de Christopher Nolan, sin un gran guion ni grandes personajes y en la que la acción es sin duda lo mejor, ya que está perfectamente dirigida.

David Muñoz Montero

Estudiante de Bachillerato




miércoles, 23 de septiembre de 2020

La luna y otros placeres


Es la luna y no otra la que nos vigila por la noche. El Sol, cansado ya de trabajar constantemente, decidió que durante medio día él se iría a dormir. Pero necesitaba a alguien en quien pudiera confiar para hacer su trabajo. Propuso un concurso para que se mostraran los distintos suplentes que querían el trabajo. Él haría de jurado junto a Gea, porque ella quería decidir quién la alumbraría.

Primero se mostró Marte, jactándose de que aparte de su bonito color rojizo, era en la Tierra dios de la guerra, uno de los actos más majestuosos del mundo. Luego apareció Venus, la diosa del amor. Repitiendo el argumento del concursante anterior, dijo que el amor es lo más importante de todo y que se merecía el puesto del concurso.

 

De repente, todo el mundo se arrodilló. Llegó el gran Júpiter, tan jactancioso como siempre, engrandeciéndose a sí mismo. Se presentó ante el Sol, llamándole por su nombre antiguo:

 

—Helios, Helios… ¿cómo no has pensado en el rey de los dioses para suplantarte? Yo, el dios más grande, protegeré a la Tierra siempre, de noche y de día, con todas mis fuerzas. Déjate de tonterías, sabes que soy el mejor.

 

En efecto, Helios en ese momento sabía que Júpiter era el mejor candidato. Pero pensó que, si su poder y su grandeza se expandían, acabaría quitándole el puesto. Gea tampoco estaba demasiado convencida de que su nieto le fuese a proteger muy bien. Era solo otro intento de hacerse con todo el poder.

 

Fue el mismísimo padre de Júpiter el que se presentó después: Saturno se había escapado de su prisión eterna para acudir al concurso.

 

—Helios, sabes que te aprecio mucho. Eres el dios más grande, más bonito, más perfecto de todos. Y yo, ahora humilde servidor tuyo, quiero proteger a tu querida Tierra con mis anillos. Son tan poderosos que pararán cualquier golpe.

 

Todo el cielo estaba sumido en un caos terrible, con los dioses discutiendo entre ellos. Aprovechando este momento se coló Mercurio y se acercó sigilosamente al Sol.

 

—Sol, yo juro que protegeré a Gea con mi vida. Soy el más rápido y obediente, por lo que estaré siempre a tu disposición y cuidaré a la Tierra como si fuese mía.

 

Desgraciadamente para el dios mensajero, Júpiter se giró y le pilló con las manos en la masa.

 

—¡Siervo condenado! ¡Te doy todo lo que tengo para que trabajes para mí y ahora me traicionas, intentando hacerte con mi futuro puesto! Tomo al resto de dioses como testigos de que vas a estar en el peor lugar de todos, porque yo te obligo.

 

Y otra vez el cielo se convirtió en un hervidero. Todo el mundo gritando y peleándose con los demás. Plutón se intentó colar, pero siendo el dios del inframundo y la muerte, Helios decidió que sería el planeta más alejado de Gea.

 

Llegaron entonces Urano y Neptuno, los dos juntos. Urano había permitido que la discusión se hiciese en su reino, pero no quería saber nada del concurso. Solo había ido a vigilar, e hizo bien. Cuando vio que Plutón estaba en su reino, lo cual tenía prohibido, le dio una buena paliza. De tal cantidad de golpes que le propinó, lo hizo más pequeño, convirtiéndolo en un planeta mucho más enano. Desde entonces Urano maldijo al dios de la muerte, diciéndole que nunca más estaría al nivel de los otros: le quitaría el poder de planeta.

 

Pero Neptuno sí que tenía intención de ganar el puesto. Le ofreció al Sol que él podía mantener la Tierra con agua. Empezó a verter agua sobre el planeta y de no ser por la intervención de Helios, Gea acabaría ahogada por culpa de Neptuno. Fue esta la razón para alejarlo de la Tierra; no tanto como a Plutón, pero sí lo suficiente.

 

Justo antes de tomar la decisión apareció Luna, muy tímida. Helios le preguntó qué podía hacer. Entonces bajó a la Tierra y alumbró la noche para dos jóvenes enamorados. Con el apoyo de la diosa, los dos jóvenes sucumbieron al placer. Todo el mundo esa noche miró al cielo para observar el bonito planeta que les daba luz. Los enamorados alrededor del mundo pensaron en su pareja viendo ese precioso círculo de plata. La Tierra entera cayó en un momento de tranquilidad. Esa noche solo hubo amor.

 

Cuando ascendió al cielo otra vez para encontrarse con el jurado y los participantes, todos estaban boquiabiertos. Helios había encontrado por fin al dios correcto para vigilar por las noches.

 

Procedieron entonces con el reparto de posiciones: Mercurio acabó justo al lado del Sol, muriéndose de calor, por obligación de Júpiter. Gea quedó tan asombrada con la Luna que la quiso a su lado para siempre y la abrazó. Desde entonces ella siempre está dando vueltas alrededor de la Tierra, pululando cerca de ella para protegerla constantemente. Venus, el amor, y Marte, la guerra y el poder, rodearon a la Tierra, siendo las dos máximas que dividen y rigen nuestro mundo. Júpiter se quedó cerca, protegiendo a la Tierra como prometió, atrayendo hacia él todos los peligros. Su padre, Saturno, se quedaba una vez más por detrás de su hijo e intentaba parar todo lo que se le escapaba a Júpiter, consiguiendo una defensa prácticamente perfecta contra peligros exteriores. Detrás de ellos se sitúan Urano, colocado ahí al azar, sin importancia; y Neptuno, el más lejano junto con Plutón, para que no hagan daño a Gea.

 

El cariño que tenía Gea a Luna sigue todavía en pie. De hecho, la Luna une a muchas personas, enamorados que están separados de sus amantes, que se esperanzan pensando que su amado está viendo la misma luna que ellos. Luna placentera, objeto de los poemas más bellos, nos une a todos. Porque, ¿quién odia a la Luna? Solo los dioses, porque ha superado a todos y se ha quedado en los corazones de la gente, siendo la más brillante en el cielo estrellado, superando a los que son simplemente reflejos de su grandeza.

 

Qué haríamos sin ti, Luna.

 

Alberto Nieto Zuya

Estudiante de Bachillerato