jueves, 5 de marzo de 2026

Brújula

El barco avanzaba despacio, mecido por un mar que ya no prometía nada. Olía a sal acumulada, madera húmeda y a redes olvidadas al sol. Cada crujido del casco era un sonido antiguo, tan repetido que había dejado de reclamar su atención. El viejo marinero, curtido por los años, reconocía esos ruidos como se reconoce una voz propia, sin esfuerzo y sin sorpresas. La luz de la tarde caía sobre la cubierta. Resaltaban las grietas de las tablas y el óxido en el metal, marcas del tiempo que no se había detenido por nadie.

Mientras tanto, un joven caminaba sin rumbo sobre la cubierta. Rozó las cuerdas con los dedos y se detuvo a mirar al horizonte. No observaba el mar tal como era, sino cómo podía llegar a ser. En su mirada todavía había espacio para algo más. El viejo marinero, en cambio, prefería las cosas conocidas, como el peso exacto de la cuerda en la mano, el sabor seco de la sal en los labios o el balanceo constante que había terminado por acomodarse en su cuerpo. El mar ya no era una posibilidad, sino una costumbre. El viento trajo olor a algas y a agua estancada; una sal que se metía en la nariz y raspaba la garganta. Las velas, agitadas una y otra vez, se tensaron con un quejido bajo, el mástil respondió con un crujido largo. El muchacho se quedó quieto y dejó que el viento le golpeara en la cara. El viejo ajustó la cuerda sin pensar, con un gesto aprendido, casi automático.

-Ya nada es igual - murmuró el joven sin mirar atrás.

El marinero no respondió, sabía que contra el tiempo no podía luchar, y aún menos vencer. Durante años había confundido permanecer con resistir, y resistir con vivir. Sacó una brújula antigua del bolsillo. El metal estaba frío, gastado por manos que habían creído saber siempre hacia dónde iban. La aguja temblaba, incapaz de decidirse, como si también sintiera el peso de los años.

El joven la observó un instante:

-No quiero quedarme aquí.

El marinero asintió apenas y dejó la brújula en la palma abierta del muchacho. El joven la cerró con firmeza. El barco continuó, lento, mientras el mar golpeaba el casco con la misma paciencia de siempre.

Pablo David Pupiales Collaguazo
Estudiante de Bachillerato