El barco avanzaba despacio, mecido por un mar
que ya no prometía nada. Olía a sal acumulada, madera húmeda y a redes
olvidadas al sol. Cada crujido del casco era un sonido antiguo, tan repetido
que había dejado de reclamar su atención. El viejo marinero, curtido por los
años, reconocía esos ruidos como se reconoce una voz propia, sin esfuerzo y sin
sorpresas. La luz de la tarde caía sobre la cubierta. Resaltaban las grietas de
las tablas y el óxido en el metal, marcas del tiempo que no se había detenido
por nadie.
Mientras tanto, un joven caminaba sin rumbo
sobre la cubierta. Rozó las cuerdas con los dedos y se detuvo a mirar al
horizonte. No observaba el mar tal como era, sino cómo podía llegar a ser. En
su mirada todavía había espacio para algo más. El viejo marinero, en cambio,
prefería las cosas conocidas, como el peso exacto de la cuerda en la mano, el
sabor seco de la sal en los labios o el balanceo constante que había terminado
por acomodarse en su cuerpo. El mar ya no era una posibilidad, sino una
costumbre. El viento trajo olor a algas y a agua estancada; una sal que se
metía en la nariz y raspaba la garganta. Las velas, agitadas una y otra vez, se
tensaron con un quejido bajo, el mástil respondió con un crujido largo. El
muchacho se quedó quieto y dejó que el viento le golpeara en la cara. El viejo
ajustó la cuerda sin pensar, con un gesto aprendido, casi automático.
-Ya nada es igual - murmuró el joven sin mirar
atrás.
El marinero no respondió, sabía que contra el
tiempo no podía luchar, y aún menos vencer. Durante años había confundido permanecer
con resistir, y resistir con vivir. Sacó una brújula antigua del bolsillo. El
metal estaba frío, gastado por manos que habían creído saber siempre hacia
dónde iban. La aguja temblaba, incapaz de decidirse, como si también sintiera
el peso de los años.
El joven la observó un instante:
-No quiero quedarme aquí.
El marinero asintió apenas y dejó la brújula
en la palma abierta del muchacho. El joven la cerró con firmeza. El barco
continuó, lento, mientras el mar golpeaba el casco con la misma paciencia de
siempre.
Pablo David Pupiales Collaguazo
Estudiante de Bachillerato