Es
de noche, paseo por la calle, un simple paseo nocturno para quitarme de la
cabeza aquello que me impide dormir. Comienza a llover, cojo un camino que
lleva debajo de un puente para resguardarme. Pasada una media hora parece que
amaina, así que decido salir y proseguir mi paseo…
De
repente siento una presencia, algo o alguien me observa desde la distancia, la
suficiente para que no lo vea, la suficiente para que no me preocupe, pero es
demasiado tarde. Acelero el paso, noto su aliento en la nuca, frío como el
hielo. Me giro bruscamente creyendo que lo tengo a escasos centímetros de mí,
pero no hay nadie.
‒Tranquilízate
‒me digo en voz alta mientras reanudo mi camino, ya de vuelta a casa.
Paso
de nuevo por debajo del puente y vuelvo a notar la presencia de aquello que me
perturbaba. ¿Qué cómo se que era él de nuevo (porque definitivamente tenía que
ser una persona)? Muy sencillo: si fuese un animal peligroso ya me habría
atacado. Vuelvo a acelerar el paso y me resbalo con un periódico que había en
suelo. Hace un momento eso no estaba allí… Al parecerme tan raro decido leer el
titular de la portada: “Hombre es
asesinado bajo un puente, se sigue buscando al culpable”. Todo eso me
parecía muy extraño: la presencia que me perturba, el acoso que siento… ¿Sería
ese el puente por el que ahora paso?
Me
entra miedo y algo aparece por mi derecha, tengo el tiempo suficiente para
observarlo: es un hombre no muy alto, con la ropa hecha jirones, ensangrentada,
con la cara desfigurada. Solo me mira, de arriba abajo, examinándome como si se
tratara de un depredador antes de abalanzarse sobre su presa. El desconocido
rompe el silencio con un “por qué”. Me extraño, me pregunto por qué me hace esa
pregunta y caigo en la cuenta de lo que ocurre…
Él
está muerto y yo fui su asesino, pero esto es demasiado extraño. Siento miedo y
salgo corriendo.
‒Está
muerto, está muerto, está muerto –me repito una y otra vez sin frenar.
Cuando
recorro unos quinientos metros decido pararme a descansar y, cuando alzo la
cabeza, me lo encuentro mirándome fijamente, a mi lado. Grito. Salgo corriendo
a mi casa, subo rápidamente por las escaleras, abro la puerta, la cierro con
llave y me encierro en mi habitación. Miro por la ventana y no lo veo por
ninguna parte. Salgo y me dirijo a la cocina y cuando entro me encuentro de
bruces con él. No puede ser. Miro hacia su mano, tiene un cuchillo, no soy lo
bastante rápido para pararlo, me resisto pero soy incapaz de evitar las
puñaladas, me lo clava una vez tras otra hasta que se apaga la luz de mis ojos…
Todo
esto acabó en las portadas de los periódicos del día siguiente en los cuales
aparecía cómo un hombre se había quitado la vida con un cuchillo hiriéndose
repetidas veces. Muchas fueron las hipótesis, pero nadie supo jamás que es lo
que había ocurrido.
Diego Morín Calle
Estudiante
de Bachillerato
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