jueves, 5 de marzo de 2026

Brújula

El barco avanzaba despacio, mecido por un mar que ya no prometía nada. Olía a sal acumulada, madera húmeda y a redes olvidadas al sol. Cada crujido del casco era un sonido antiguo, tan repetido que había dejado de reclamar su atención. El viejo marinero, curtido por los años, reconocía esos ruidos como se reconoce una voz propia, sin esfuerzo y sin sorpresas. La luz de la tarde caía sobre la cubierta. Resaltaban las grietas de las tablas y el óxido en el metal, marcas del tiempo que no se había detenido por nadie.

Mientras tanto, un joven caminaba sin rumbo sobre la cubierta. Rozó las cuerdas con los dedos y se detuvo a mirar al horizonte. No observaba el mar tal como era, sino cómo podía llegar a ser. En su mirada todavía había espacio para algo más. El viejo marinero, en cambio, prefería las cosas conocidas, como el peso exacto de la cuerda en la mano, el sabor seco de la sal en los labios o el balanceo constante que había terminado por acomodarse en su cuerpo. El mar ya no era una posibilidad, sino una costumbre. El viento trajo olor a algas y a agua estancada; una sal que se metía en la nariz y raspaba la garganta. Las velas, agitadas una y otra vez, se tensaron con un quejido bajo, el mástil respondió con un crujido largo. El muchacho se quedó quieto y dejó que el viento le golpeara en la cara. El viejo ajustó la cuerda sin pensar, con un gesto aprendido, casi automático.

-Ya nada es igual - murmuró el joven sin mirar atrás.

El marinero no respondió, sabía que contra el tiempo no podía luchar, y aún menos vencer. Durante años había confundido permanecer con resistir, y resistir con vivir. Sacó una brújula antigua del bolsillo. El metal estaba frío, gastado por manos que habían creído saber siempre hacia dónde iban. La aguja temblaba, incapaz de decidirse, como si también sintiera el peso de los años.

El joven la observó un instante:

-No quiero quedarme aquí.

El marinero asintió apenas y dejó la brújula en la palma abierta del muchacho. El joven la cerró con firmeza. El barco continuó, lento, mientras el mar golpeaba el casco con la misma paciencia de siempre.

Pablo David Pupiales Collaguazo
Estudiante de Bachillerato



miércoles, 17 de diciembre de 2025

Dama perfecta

La muchacha bella con ojos claros,
verdes intensos y esperanzadores,
cabello castaño y liso, que surca
su moreno cuerpo y ligeros hombros.
 
Un mensaje intento que ella reciba,
que confiese afecto con servil tono,
mas yo no consigo dar en la clave
y el amor se me escapa de la mano.
 
El impulso de tenerla me atrae.
Tan fuerte es que no alcanzo a respirar.
No sabré cómo vivir esta vida,
sin verla reflejada en su belleza.
 
Sueños mágicos me inundan si triste
vago entre lo real y la ficción,
perdido entre su figura y facciones,
iguales a la más hermosa diosa.
 
Con palabras gratas se me dirige,
como si ángeles con liras cantando,
derriban la oscuridad con un soplo,
dejando el paso a la luz floreciente.
 
Fluye el tiempo y continúo rendido.
Las noches largas y efímeras cuentan
historias alegres donde aparece
regocijada y pura entre mis brazos.
 
Mi evangelio su melodiosa voz.
Mi dogma su sentir.
Mi refugio su angelical sonrisa.
Mi esperanza su amor.

Estudiante de Bachillerato
José María Martínez Escandón







miércoles, 22 de octubre de 2025

Luna enamorada

La tarde se despide,
impulsada por Cronos, cansada;
Y Apolo ya no sonríe:

no se encontrará con su amada.

 

Sale Artemisa, bella como siempre,

con su forma resplandeciente:

enseña varios caminos

y escogerá el más complaciente.

 

Una decisión ha de elegir,

con la cual brillará más intensa:

cualquier viajero, aun sin compañía,

no se sentirá solo en la noche densa.

 

Pasa sola el resto de su vida,

ella cuenta despacio las horas.

Espera que la tortura termine,

de no poder ver al que adora.

 

El tiempo corre, su hora ha llegado:

historia diaria, interminable tortura,

de vuelta al rincón, otra vez al comienzo,

con final feliz o simple amargura.


Mathías José Rivera Pacahuala

Estudiante de Bachillerato




jueves, 9 de octubre de 2025

Lo que no dijimos

Te fuiste.
Aun así, sigo buscando
tus abrazos,
esos que llegaron tarde
pero que siempre necesité.
Y pensar que todo tuvo que acabar así…
cuando más nos acercábamos,
fuimos obligados a separarnos.
Ahora te necesito,
pero ya no estás.
Ahora vives en Alemania,
donde la nieve cubre las calles,
mientras yo me quedo aquí,
con las manos vacías,
junto a la costumbre de pensarte.
Ya van dos meses sin ti
y no sé qué hacer con eso.
A veces creo que vas a volver
como el primer día,
como si todo siguiera igual.
Te fuiste.
Yo me quedé
con todo lo que no dijimos.
Y por eso te extraño,
papá…

Pablo David Pupiales Collaguazo
Estudiante de Bachillerato



martes, 23 de septiembre de 2025

Performative

Tantos matchas,
tantas Crumbl cookies
y ninguna como las que tomamos juntos.

Dime, por qué ya no estás, 
aún recuerdo los Labubus que compramos.
¿Será mi rizz que ha empeorado?
¿Habrá sido él?
Aquel sigma que te compró chocolate de Dubái…
 
Yo le maldigo.
Ya Laufey me parece solo ruido.
 
Rodrigo Cuesta
Estudiante de Bachillerato


 


domingo, 13 de abril de 2025

Nihil umquam est aeternum

La muerte me sirvió una copa de ron en su bar, después de entrar yo por la puerta de atrás.

—Has tardado en volver —le dije.

—Estaba “arreglando” una cosa fuera del bar —contestó riendo un poco.

El local estaba mugriento y descuidado. El polvo era lo que más abundaba allí.

—Hazme un favor y muérete ya por beber demasiado de esto —me dijo aburrida.

—Soy tu único cliente, no te haría un gran favor dejándote yo y mis veinte euros semanales despilfarrados en alcohol.

—No te cuesta nada beber un par de estos… —la muerte sacó un Jack Daniel’s de debajo de la barra—. Coge esa moto tuya que tienes y te juro que ni sentirás lo que sea que te pase. Pulsar el acelerador es muy divertido cuando sabes que te espera la gloria —dijo esto levantando las manos y señalando al cielo.

—Sí, sí… La gloria de que digan de mí en las noticias que un motero borracho se ha estampado contra un muro y ha dejado este mundo como un despojo.

Bebí tranquilo por unos cuantos minutos. Sentí, como es costumbre, ese buen ardor del whisky en estado puro, pero, como siempre, el sabor era semejante al del agua sucia de un río. No me quejo, sé que el alcohol tirado de precio tiene sus defectos.

—No te pido mucho, solo que te mueras de una manera creativa.

—Dios, no te callarías ni aunque te arrancara esa mandíbula milenaria.

La Muerte gruño. No hizo nada más. Le dejé el dinero de la copa en la barra y le di la espalda.

—¡Espera un momento! —la muerte saltó de la barra—. Ser barman es lo peor que me ha pasado, necesito volver a mi antiguo trabajo.

—Has sido tú quien ha abierto un bar en la calle de la Montera y no es mi culpa que este lugar huela a muerto.

La huesuda cogió una silla y puso su pie derecho en ella:

—¡Mentiras! ¡Falacias y Calumnias! No estoy aquí por mi voluntad —la Muerte volvió a señalar al cielo—. El jefe de arriba me ha despedido.

—¿Dios?

— No, si quieres Nostradamus.

—No estoy aquí para un sermón.

Al escucharme, el cadáver chasqueó los dedos, las puertas se cerraron. Para empeorar la ya penosa situación, el esqueleto subió su otra pierna a la silla, quizás pensando que así su autoridad, ahora enterrada, volvía a ella.

—Antaño yo me ocupaba de ir a por las almas más brutales y sobresalientes, “los mejores que lucharon contra los mejores”. ¿Sabes la cara de horror de Aquiles cuando se dio cuenta de que estaba muerto? ¿Sabes siquiera los insultos y reclamos que me dirigió Cayo Julio César al ver su cuerpo maltrecho y agujereado? ¿Acaso te imaginas las palabras de decepción que escuché de Aníbal cuando le recogí? ¡Maldita normalidad! Ahora sois blandos como un bloque de tofu. Antes de que me echaran, escuchaba lo mismo de todos. Daba igual la edad. Repetíais lo mismo: “no me quiero ir” o “todavía soy joven y tengo mucho por lo que vivir”. Pero lo más lamentable era que me explicaran cómo de aburridas habían sido sus vidas, que no habían viajado a Dios sabe dónde, o que no podían faltar al trabajo. Vida solo una, si tocaba yo a la puerta, fin, punto, nada más.

—¿Y esto a mí qué me importa? No te he preguntado y, si me muero, hasta me alegro. Voy con mi moto, bebo donde quiero y hago lo que me da la gana.

—Ya, ya… goza de romper el límite de velocidad cuando quieras, pero te aseguro que algún día me llamarán y me devolverán la guadaña, y en cuanto a esa osadía tuya… te aseguro que un día de estos apretarás los dientes al ver que te has muerto de la manera más tonta posible, de esa forma que solo salen en las películas del sábado, mi único entretenimiento en esta tierra.

—Sueña lo que quieras, te tengo que esperar de todos modos.

Las puertas se abrieron débilmente.

—¡Escúchame bien, borracho! A cada cerdo le llega su san Martín y el tuyo lo celebraré con una ronda gratis para todo el barrio.

Si estoy contando esto no es para burlarme de ese despojo llamado muerte. Si lo hago es para decir que cuando iba a montarme en la moto vi que, en efecto, habían cortado los frenos. Así que, si pilláis a un esqueleto por el centro de Madrid, partirle las costillas de mi parte.

Daniel Vargas Celis
Estudiante de Bachillerato



lunes, 17 de marzo de 2025

Una mañana cualquiera

Oí la dura voz de un militar gritando a pleno pulmón. Poco a poco abrí los ojos. Era un sábado por la mañana. No sé cuándo se me ocurrió poner esa alarma.

Me levanté y apagué la alarma rápidamente antes de que Álvaro se despertara. Logré salir a duras penas del cuarto. Mientras salía, comencé a escuchar la orquesta habitual de una mañana de sábado: el piano sonando con melodías repetitivas de mi hermano, practicando para su concierto, gente yendo y viniendo por el pasillo, gritos provenientes de la cocina. Fui a la fuente de las voces donde se encontraban los pequeños Josemi y Dani desayunando y causando alboroto. Me pregunto cómo Álvaro seguía dormido.

Me preparé rápidamente el desayuno, pues tenía una entrevista de trabajo muy importante en dos horas, llevaba un año y 85 días esperando esta oportunidad. Mi desayuno fue interrumpido por los llantos de Dani, con la cara llena de mermelada. Josemi, a modo de broma, le había estampado una tostada. Yo tuve que poner orden y regañar al causante de tal alboroto.

Este problema hizo que no me diera tiempo a desayunar. Me dispuse a irme de la cocina, cuando comencé a escuchar en la otra punta de la casa una música de phonk brasileño. Retumbaban las paredes, cada golpe de bajo hacía vibrar la lámpara del techo. La música se acercaba, sonando cada vez más fuerte, hasta llegar a la cocina. Era Santi con un altavoz sujeto encima de la cabeza, girando como si estuviera en un concierto de Tomorrowland, mientras pregonaba:

—¡Buenos díaaass!

Yo ignoré la situación y, esquivándole, me fui en dirección al baño. Con el tiempo, te acabas acostumbrando a tener siete hermanos.

Ya en el baño, me metí en la ducha, abrí el grifo y, para mi sorpresa, no salía agua. No era la primera vez que me pasaba. Resignado, me vestí con lo primero que vi en mi cuarto. Al salir de mi habitación, mi madre me pidió con urgencia que recogiera la caca que el gato había dejado en el suelo del pasillo. Ella no tenía cara de dejar pasar ninguna excusa, por lo que me movilicé rápido. Miré el reloj: me quedaba solo una hora para llegar a la entrevista.

Cogí mis armas, que consistían en una bolsa de plástico y mucho valor, y me dispuse a acercarme a la caca cuando vi que algo se movía a mi derecha. Parecía que una nueva batalla se me presentaba.

Una cucaracha estaba a mi lado, inmóvil, esperando el momento para salir correteando por toda la casa. Así lo hizo. Como un tigre persiguiendo a su presa, la seguí por toda la casa, mientras se escuchaban los gritos de los que presenciaban la escena. La persecución fue ardua, no dejaba de escaparse. Yo no la perdí de vista hasta que vi la oportunidad: le di el golpe fatal.

Satisfecho, limpié la escena del crimen y cumplí finalmente el encargo de la matrona. Mis hermanas, recién levantadas, me felicitaban por la hazaña, pero yo no les hice mucho caso. Quedaba media hora para la entrevista.

Recorrí el pasillo a toda velocidad hasta la puerta de la calle. Al intentar abrirla, me di cuenta de que se había atascado.

No me quedaba otra que salir por la ventana. Por suerte, vivo en un chalet y solo tuve que saltar un par de metros hacia el suelo.

Cogí mi bici y me fui pedaleando por las bellas calles de Santo Domingo, con sus imponentes chalets y el bosque al lado de la carretera. Aunque, en ese momento, las vistas y la belleza de Santo Domingo eran lo último que me importaba.

Cuando iba por la mitad del camino, noté que me costaba pedalear más de lo normal. Al fijarme, vi la rueda delantera de la bici atravesada por un clavo. Era como si todo el universo se estuviera poniendo en mi contra para que llegara tarde. Era como si la mermelada, las cucarachas, mi gato y el clavo de mi bici se unieran para retrasarme minuto a minuto.

Con dolor del cuerpo y del alma, conseguí arrastrar mi bici para llegar jadeando al centro comercial en un camino que se me hizo eterno. Al fin, entré en la entrevista.

Hubo un denso silencio. Al otro lado me miraba el entrevistador fijamente a través de sus anteojos, solo separados por una gran mesa de madera oscura. Su semblante serio no me daba pistas de lo que estaba pensando. Finalmente habló:

—Llevas quince minutos diciendo por qué has llegado tarde y todavía no me has respondido a mi pregunta.

Yo le respondí perplejo:

—Perdón, señor, ¿qué pregunta me ha hecho?

Tras una breve pausa, él me respondió:

—Le he preguntado si tiene alguna experiencia en cocinar hamburguesas o de servicio al cliente.

Suspiré. Me aclaré la garganta y comencé:

—Algo parecido. Verá, era una mañana de sábado…

Juan Pablo Abollado Fernández
Estudiante de Bachillerato

 



jueves, 6 de marzo de 2025

Ilusión

Soy mago. Se podría decir que es algo peculiar, ahora que a todo el mundo le interesa lo instantáneo y rápido: ¿quién, en su sano juicio, dedicaría su “preciado tiempo” a algo que requiere horas y horas? Pero yo soy mago. Esto quiere decir que me dedico a sorprender, que juego con las mentes, que desafío a la realidad y que nadie quiere jugar a las cartas conmigo si no es en mi equipo.

Si se contempla detenidamente un buen juego de magia, se puede llegar a la conclusión de que, al igual que una buena película, libro o canción, la magia transmite sentimientos que además pueden llegar al espectador de una manera más íntima, ya que dentro de él se mezcla la confusión con la sorpresa dando lugar a la ilusión y emoción de que lo que ha visto ha pasado de verdad.

Pero ser mago requiere paciencia extra: no todos los espectadores están dispuestos a ver más allá. Es curioso que siempre, cuando termino un juego, se me acerca más de uno a preguntarme que cómo lo he hecho, aun sabiendo que no se lo voy a decir por el bien de la magia y por el suyo, pero yo siempre les miro, sonrío y les digo: “pues yo creo que lo he hecho muy bien”, y se van sin respuesta, pero con una sonrisa.

Muy poca gente ha profundizado en el arte de la magia. Los magos actúan y los espectadores se asombran, pero ¿qué es en realidad?

La magia es un arte complicado en el que para destacar tienes que saber magia de verdad. No es como la guitarra. S-i nunca has tocado una guitarra no vas a tener ninguna habilidad la primera vez que la toques, en cambio, la mayoría de las personas saben hacer algún truco de magia sin haber tocado una baraja, todos conocen algún juego automático. Todos saben hacer trucos, pocos saben hacer magia. Un buen mago es capaz de deleitar a su público no solo con su habilidad manual, sino también con sus palabras, sus gestos, sus expresiones… en general, con su forma de ser.

Como estoy cansado de las personas que no saben disfrutar ni contemplar las cosas maravillosas que suceden en un espectáculo, me gustaría hacer un favor a todo aquel que lea esto contando lo siguiente: cada vez que hago un show, me encuentro al típico espectador que va a “pillar”, y siento mucha pena por él, porque no está disfrutando. Le veo al pobre sufriendo y devanándose los sesos por descubrir cómo lo hago. En ese momento me siento mal por no haber conseguido su disfrute, pero entonces miro a otro lado y veo al otro tipo de espectador, el que está boquiabierto, con una sonrisa, que se ríe porque no es capaz de asimilar lo que está pasando y me doy cuenta de que lo que hace falta es que la gente entienda que tiene más sentido abrir los ojos ilusionado antes que abrirse la cabeza y no encontrar nada.

He escrito esto porque quiero darte la oportunidad de disfrutar la próxima vez que veas magia, porque quiero que los espectadores vean la belleza de la magia. Esto lo puedo resumir en unas palabras que me enseñó un amigo mago y que digo al acabar un show: “no pretendáis pillar al mago, no pretendáis descubrir dónde os engaña, porque un mago no engaña, un mago… ILUSIONA”.

David Agudo Ares
Estudiante de Bachillerato



jueves, 6 de febrero de 2025

Despertares (y II)

Un terremoto en mi muñeca me despierta. No, no es que el mundo se esté acabando, es mi reloj, que, como se lo ordené, me levanta a las 6:22 de la mañana. Si, es otro jueves, otro bendito jueves.

Antes de levantarme piso no una, sino dos o más veces el suelo con el pie derecho. Sé que rituales como estos, y demás cosas de gente que cree en el horóscopo, son más falsas que un judas de plástico, pero necesito un “impulso”, algo que me aliente a que el día de hoy no sea un tachón más en el calendario.

Me apresuro a terminar el desayuno y cojo mi mochila, que ya tiene más kilómetros recorridos que Marco Polo. Luego agarro mi abrigo y, con mi padre, salgo del portal.

Abro la descomunal puerta y, entonces, un débil aire fresco me golpea en la cara, como si me estuviera diciendo que todavía estoy a tiempo de volver a casa. El camino hacía el coche es ameno: llegar a él resultaría un mero trámite sino fuera por los grandes árboles que se ciernen sobre la calle. Estas “plantitas” están inclinadas ligeramente hacia el suelo, como si se estuviesen interesando por aquellos que quieren andar de soslayo por su territorio.

Entro en el coche. Mientras estoy en él, suelo mirar los monumentos que el “peculiar” -por decir algo- barrio de San Blas ofrece, como la rotonda a la derecha de la calle de los Gremios, que está colmada de pinos que vivirán más que el barrio entero.

Después de unos veinte minutos en la carretera, me encuentro, como todos los días, delante del instituto, que más que instituto, parece una fortaleza donde el único logro alcanzable es salir de allí cuerdo. Tarde o temprano entro, dispuesto a sobrevivir a los tormentos que se me pongan delante.

Daniel Vargas Celis
Estudiante de Bachillerato



jueves, 16 de enero de 2025

Despertares (I)

El sonido de mi alarma me despierta de manera repentina, las sábanas me pesan, el edredón está moldeado a la forma de mi cuerpo. Llevo unas siete horas durmiendo y mis ojos deben acostumbrarse a la luz, a los colores de siempre y al techo que cada día me da la bienvenida. Sin darme ni cuenta, mi cuerpo aún dormido se lleva a sí mismo al baño, para, por fin, volver a su conciencia. Regreso a mi habitación, el parqué del suelo me empuja las plantas de los pies, ese parqué parcialmente abombado desde que se cayó un poco de Sanytol hace unos años. Mi nariz no me responde, nunca he tenido buen olfato, nunca he esperado tenerlo y nunca creo que lo tenga.

Me pongo las gafas, ese dispositivo cristalino que activa para mi vida el “modo ventana”: por fin puedo diferenciar el marco de mi cama de la pared blanca, pintada recientemente. Cojo el móvil, mis ojos son deslumbrados por la violenta realización de la hora. Son las seis y treinta y cuatro. Como esperaba, he dormido siete horas. Deambulo hasta la cocina para hacerme el desayuno, poniendo una taza en la encimera, mi magnífica madre me avisa de que me ha dejado la leche en la misma, y me sirvo una taza de leche desnatada, que meto en el microondas, y, después de tres pitidos, empieza la eterna espera: un minuto a potencia 800 viendo la taza girar y girar y seguir girando. En el último medio minuto para terminar los 90 segundos, preparo los ingredientes, el café descafeinado sin pegatina, el botecito lleno de azúcar moreno y una cucharilla de metal, con la que preparo el brebaje que supuestamente me mantendrá despierto todo el día. Allí mismo me lo tomo, con una o dos galletas cogidas del mueble, y salgo disparado a mi habitación para cambiarme de ropa y ponerme el “uniforme” del colegio, una camisa azul con el emblema del colegio -irónico llevarla durante los cursos sin uniforme-, un pantalón azul oscuro, casi negro, y los mismos zapatos que me acompañan desde hace años. Son las siete y diez, reviso que no me falta nada en la mochila y salgo de mi casa. Bajo en el ascensor hasta el garaje y allí, con mi madre, comienzo el trayecto al colegio, seguramente corto, pero animado.

En el garaje no hay mucho que hacer: ver los coches pasar, sentir el traqueteo del coche en el que estoy, oler, con suerte, un poco de gasolina, y recordar con la boca el café que me he tomado. Nada más salir del garaje cojo el móvil de mi madre, y como una máquina entro en maps y pongo la dirección del colegio, guardada en mis dedos como una contraseña. Veintidós minutos, posiblemente más. Mi mente procesa la información mientras la silueta serpenteante aparece en pantalla, indicando la salida desde Rivas hasta la puerta grande del Tajamar, sus ojos en la rotonda y su cascabel en mi pueblo, con la franja roja a la altura de la Gavia, como de costumbre. En Rivas encontramos la primera decisión, el camino de la iglesia o el camino de los semáforos, el segundo de estos más largo normalmente, pero hoy no, hoy se ha atascado la avenida de los Almendros, y nos podemos ahorrar el tiempo, gracias a Dios y a Google. El recorrido, por suerte para mí, no es tan errático como esperaba, y resulta un trayecto más tranquilo, con una relajante iluminación tenue de la vía de servicio, hasta llegar al campo de batalla, figurada y literalmente, y, tras entrar por la puerta en la valla de metal, que hace aparentar una celda en lugar de una escuela, comienza mi jornada escolar, otro día más cerca de la PAU.

Adrián Miñarro Bernardo
Estudiante de Bachillerato



miércoles, 13 de noviembre de 2024

Una cosa pendiente

Me desperté en un cuarto azul. Aunque la confusión del momento me instigaba a quedarme tumbado, abrí la puerta de la habitación, solo para encontrarme en una sala oscura donde una paloma que, apoyada en una mesa roja rodeada de sillas y con una servilleta atada a su cuello, comía un bol de cereales.

-Mira quién se levanta, justo a la hora del desayuno -dijo la paloma con una voz de viejo.

No abrí la boca para contestar, nadie lo haría si estuviera en ese momento en mis zapatos.

-No pongas esa mueca sobreactuada de humano. Toma asiento. Hay cosas que tengo que decirte.

Me senté con los ojos como platos. Esa paloma, además de hablar, me estaba dando órdenes, rompiendo con la supremacía del hombre.

-No trates de buscar algo de lógica aquí, estás soñando. Solo soy un enviado que ha venido a preguntarte unas cosas mientras como algo.

-¿Cómo se supone que hablas?

-Cierra el pico, aquí al que le pagan por hacer preguntas es a mí.

Tuve que callarme, nada tenía sentido.

-Primera cuestión: ¿sabes tu nombre?

-La pregunta ofende -contesté molesto.

-Segunda pregunta: ¿te acuerdas de tu cara?

-Sí.

-Genial, has superado el umbral del intelecto de una piedra. Ahora otra pregunta: ¿sabes quién eres?

-¡Cómo no voy a saberlo! Soy… músico.

-Esa es tu ocupación. Otra vez, ¿quién eres?

-Soy un humano.

-Esa es tu especie. ¿Quién eres?

Debía de ser todo una broma, un mal sueño. Me pasé minutos sin contestar, sometido a un animal.

-Un cedro me hubiera contestado antes, ¿no sabes quién eres?

-Mira –me levanté de la silla– estoy hartándome de este sueño, encima de que duermo poco y de que por una vez sueño, me toca aguantar las preguntas de una paloma mensajera. ¿Sabes tú siquiera quién eres?

-No, de hecho ni siquiera soy. Solo soy una herramienta de tu cabeza para decirte que espabiles. Pienso pero no existo y tú existes pero no piensas.

Después de decirlo, el ave metió su cabeza debajo de la mesa y de ahí sacó unos folios con toneladas de letras escritas.

-Es tu biografía -soltó la paloma-. En veinticinco folios correspondientes a tus años de vida…no pasa absolutamente nada.

-Todavía no he vivido lo suficiente.

-Díselo a un hombre medieval, que con tu edad se podía considerar como un anciano. No tienes excusas, no tienes ni pasado trágico, ni traumas. Tu vida es un bucle de sentarse en el sofá con unos auriculares y pasar de todo.

-No sabes lo que dices. ¿No te dije que era músico?

-¿Y has escrito alguna canción? Tus ronquidos en la página 22 de tu biografía me dicen lo contrario. No sabes quién eres porque no has hecho nada. Me equivocaba contigo, de verdad una piedra es más inteligente que tú.

Con una vena sobresaliendo en mi frente apreté con una mano el pescuezo de esa bendita ave, pero poco le importó.

-¿Qué parte de “no existo y soy un producto de tu imaginación” no has entendido?

Decidí soltar a la paloma.

-Me queda poco tiempo, le falta poco a tu despertador para sonar y arruinar este sermón. Así que haz algo diferente hoy, sal, respira algo de aire contaminado de la ciudad y trata de hablar con el resto de tu especie, que quiero leer algo interesante cuando coja tu biografía.

-¿En serio me pides que me busque a mí mismo?

-No, te lo ordeno… Anda…  las siete y media.

Me desperté perturbado de aquel sueño cuando la música del despertador sonó a todo volumen. Traté de levantarme y me asusté cuando en mi ventana se asomó un séquito de palomas. Todavía no era momento de salir, pero debía hacerlo, no quería volver a soñar otra vez con esa energúmena.

Daniel Vargas Celis
Estudiante de Bachillerato



miércoles, 23 de octubre de 2024

El tesoro de Racsó

Sopla el viento Bóreas en un prado de la Costa de la Espada. Damakos Sangreardiente, un tiefling con la ropa casual de un caballero, camina por el bosque. Las ramas crujen bajo sus pies, aumentando la esencia del ambiente, y el sonido del aire se desliza entre las hojas y lleva el olor a roble hasta su nariz. Mientras atraviesa el bosque, se encuentra con el joven hechicero Aicarus Nightshade, que lucía una camiseta con estampas japonesas, éstos dos charlan sobre su pasado durante un rato. Momentos después, Numia Superpia, el alquimista con un ojo de demonio, un brazo de dracónido y una túnica con las runas એસી ડીસી (Ēsī ḍīsī), les sorprende y se une a ellos. Todos juntos caminan por el parcialmente visible camino del bosque hasta que llegan al poblado de los gnomos. Allí, un amigable grupo de pequeños seres con facciones humanoides les reciben con los brazos abiertos. Después de una rica cena al clásico estilo gnomo con cervezas enanas, estofados de verduras y pequeñísimas raciones de filetes de cerdo, todos los residentes del pueblo volvieron a sus casas y los aventureros quedaron a solas con el alcalde del pueblo, Ilipilim, el cual les dio las malas noticias. Todos ellos sabían que tanta amabilidad era rara, incluso viniendo de gnomos, que necesitaban ayuda con un dragón que les estaba robando todo su capital, y rogó a nuestro grupo de aventureros que les ayudaran a recuperarlo.

Damakos, Aicarus y Numia comienzan su viaje por el frondoso bosque con facilidad gracias a que, a pesar de que estaba lleno de piedras y raíces en la superficie, los gnomos les habían proporcionado un mapa para poder hallar la cueva en la que residía el dragón, de nombre Racsó. El camino era no era muy largo pero pronto se encontraron a tres kobolds, seres dracónidos que veneran a un dragón de su mismo color, y estos, al ver el brazo implantado de Numia, los atacaron.

-Espera, ¿cobre? -se escuchó comentar a Aicarus-. Pensé que serían rojos, por la información que nos han dado.

-¿Y qué más te da? Tenemos un trabajo, y no quiero estar toda la noche currando -respondió fríamente Numia-. Son flojos, así que con un hechizo de nivel bajo será suficiente para uno al menos.

Comenzó el combate y los kobolds tomaron la iniciativa. Los tres kobolds usaron sus dagas para atacar a Damakos, que, aunque no recibió daño alguno de dos de ellos, fue levemente herido por el tercero. Antes de que pudieran reaccionar, una piedra golpeó a Aicarus en la cabeza desde un cuarto kobold alado que no habían visto, causándole un gran daño. Él respondió lanzándole una descarga de fuego y lo bajó al suelo, muerto. Numia, por su parte, lanzó una poción ofensiva, envenenando a un kobold y derritiendo su piel. Damakos ejecutó a otro clavándole la daga. El único kobold que quedada salió huyendo.

Otra vez prosiguieron el viaje, algo más cansados pero en seguida encontraron un segundo grupo de kobolds, ahora más numeroso, de cinco, terrestres y alados, con los cuales lidiaron igual de rápido. Unos pocos trucos y algún otro espadazo fue más que suficiente para alzarse victoriosos. Después del combate, Damakos manifestó sus preocupaciones:

-No quiero molestar, pero, ¿no es un poco excesivo envenenar a aquel que sea impactado por tu poción y también derretir su piel?

-No veo a lo que te refieres con “excesivo”, llevo toda mi carrera alquímica usando pociones que muchos ineptos como tú llamarían “excesivas”, y sin embargo, no he tenido problemas -respondió cortante Numia.

-En serio, ¿ni siquiera problemas con las autoridades? Juraría haber visto tu cara en Neverwinter hace unos días: treinta piezas de oro por tu cabeza. Eso es bastante para no haber tenido problemas -puntualizó Aicarus.

-Calla, si no quieres tomarte una poción mientras duermes -finalizó Numia.

Ahora, con Aicarus más cansado y con Numia mostrando señales de molestia, llegaron a la boca de la cueva, alzada amenazantemente como si Racsó les engullera solo por entrar a su hogar. Cuando vieron a Racsó lo encontraron tranquilo, despierto y al acecho, pero no perturbado por la aparición de los tres extraños que ahora irrumpían en su morada. Entonces Numia sugirió atacar al dragón, y matarlo como les habían pedido, sin embargo, Aicarus se mostró contrariado por la apariencia de color cobre oxidado de su oponente. Pero Damakos, buscando honor y el bien, le propició una pequeña sacudida a Aicarus, que buscaba dinero para dárselo a su familia, dato que el primero conocía gracias a una confidencia previa. El ingenuo hechicero, ignorando sus estudios, atacó al dragón primero con una potente descarga de fuego, la cual despertó al dragón de cobre, ahora enfadado, que con una simple sacudida de sus alas les mandó a volar a una de las paredes de la cueva. Numia tomó uno de sus brebajes sanadores, dándole un pequeño bulto de carne en el brazo donde había impactado con la piedra. Damakos volvió rápidamente al combate arremetiendo sin duda alguna contra el dragón, dándole una estocada en su dura piel cobriza sin ningún tipo de efecto. En un último intento por derrotar al adversario que era claramente superior, realizaron un ataque combinado: Numia lanzó sus elixires, Aicarus lanzó todos sus hechizos en un intento desesperado de aportar a la lucha y Damakos lanzó la estocada más fuerte que jamás hubo hecho. Todos gritaron a la vez:

-¡Muere bestia! -vociferó Numia con la poca voz que le quedaba.

-No puedo morir aquí, ¡no sin redimirme! -juró Damakos.

-Esto es ¡por mi familia! -sentenció Aicarus.

Segundos después, el dragón tosió y nuestro grupo de héroes fue de nuevo mandado, ahora de manera más fuerte, a chocar con una de las paredes de la cueva, y aunque Numia fue a parar a unas estalagmitas y Aicarus fue encajado en una fisura que le acabó por ahogar, Damakos presenció al dragón caer al suelo dañado, recubierto por magia rosa, y a Ilipilim riéndose mientras otros gnomos se llevaban algo del tesoro.

-Bueno, dadme vuestras hojas de personaje -dijo alguien mientras retiraba unas figuras de una mesa-. Habéis sido traicionados por Ilipilim.

El descontento se notaba entre los otros del grupo, que le miraron con tristeza:

-¿Era necesario que nos muriéramos todos, verdad? ¿No nos dejas intentar matar al dragón?

-Adri, tío, eres un canalla.

Desde el confort de la pantalla de Dungeon Master les respondió:

-¿Acaso esperabais ganar a un dragón de cobre anciano siendo aventureros de nivel uno? Estáis todos locos. Bueno, ¿quién quiere ser el Master en la siguiente campaña?

Entre risas de aceptación, recogieron los útiles para jugar a “Dragones y mazmorras” y acordaron jugar la siguiente semana.

Adrián Miñarro Bernardo
Estudiante de Bachillerato




jueves, 9 de mayo de 2024

Un paseo por el bosque

En las tierras norteñas de las extremaduras castellanas vivía un campesino llamado Pedro Rojas. Se trataba de un hombre alto y recio, de unos cuarenta años, con una extensa barba, pelo castaño y unos penetrantes ojos de color miel. Vestía una descolorida y embarrada indumentaria, la cual la formaban la camisa, las calzas y las alpargatas. Una tarde calurosa de verano, regresaba cabizbajo a su hogar, a pesar de estar acompañado por un atardecer maravilloso. Su aflicción se debía a que había vendido en el burgo la única riqueza que le quedaba, su vaca.

Conforme se aproximaba, la figura de su vivienda se iba agrandando. La casa estaba hecha de piedra y tenía un tejado de paja. Se situaba encima de un pequeño promontorio rodeado de extensos pastos y exuberantes bosques. Era un edificio pequeño, formado por dos estancias: el dormitorio y el hogar. En él vivía Pedro junto a su hijo, un muchacho enérgico de diez años, que se había quedado huérfano de madre al poco de nacer. Pedro, al llegar a la casa, saludó a su hijo y guardó en un cofre el dinero que había conseguido en el burgo. Tras esto salió y se tumbó en el césped para descansar. Su hijo también salió y se tumbó. Ambos se quedaron mirando las hermosas nubes que pasaban por encima de ellos, en silencio, saboreando ese instante de paz. Al cabo de un rato, el hijo decidió conversar:

-Papá.

-Dime, hijo -respondió Pedro. 

-¿Qué haremos cuando nos quedemos sin dinero? 

Eso le impactó, ya que era la primera vez que su hijo se lo preguntaba, y se quedó pensativo hasta que contestó: 

-Pues no lo sé bien, hijo, pero nos tenemos el uno al otro, ¿no? 

-Sí, papá -respondió el hijo dando la respuesta por válida. 

Pasado un rato decidieron irse a dormir. A la mañana siguiente fueron a dar un paseo por el bosque. Consigo llevaban un bolso, con pan y zanahorias dentro; una pequeña cantimplora y unos palos con los que andar mejor. Empezaron a caminar a través de un sendero. Este estaba rodeado de un bosque verdoso y frondoso, lleno de robles, encinas y, sobre todo, hayas. Cuanto más avanzaban, mejor se distinguía el inconfundible sonido que hace el agua de un río al fluir. Finalmente, Pedro y su hijo llegaron a un pequeño claro, por el que pasaba el río. Decidieron quedarse allí y almorzar. Se sentaron debajo de una gran haya. Desde ahí almorzaban y contemplaban todo lo que les rodeaba. Cuando terminaron de comer prosiguieron su camino.

Cuanto más avanzaban, más estrecho y empinado se hacia el sendero; se empezaba a apreciar la presencia de los largos y tétricos pinos; el ambiente se iba enfriando y el intenso verdor se iba desvaneciendo. El sonido de sus pasos predominaba sobre aquel bosque, en el que no se escuchaba nada más que el silencio. Por fin llegaron hasta su destino, un pequeño lago, rodeado por unas inmensas y escarpadas montañas. Decidieron quedarse allí un rato, para descansar, ya que estaban exhaustos. Tan cansado estaba Pedro, que se tumbó en una roca y, al cerrar los ojos, no pudo evitar dormirse. 

Ya era de noche. Hacía mucho frío, la luna era menguante y la oscuridad predominaba en el ambiente. No sabía dónde estaba, ni con quién. Entonces, se acordó de su hijo y, desde la poca visión que tenía, empezó a buscarle en aquella espesa oscuridad. Estaba aterrado. No sabía dónde estaba su querido descendiente, aquel que saldría de su lamentable situación y formaría una familia que le trajese nietos. Decidió buscarle. 

Tirando de memoria, más que de vista, trató de volver sobre sus pasos para encontrar el sendero, pero en vez de eso, se adentró en un misterioso pinar. A medida que se metía en él, más tenebroso se volvía el ambiente. Se detuvo e intentó tranquilizarse y pensar lo que iba a hacer. Trató de encontrar el más mínimo rastro de luz, pero la luna no era lo suficientemente brillante. Fue entonces cuando, sin saber bien qué hacer, gritó desesperado el nombre de su hijo, en busca de alguna respuesta. Escuchó un ruido al fondo. Se acercó al sitio y afinó el oído. Esta vez no escuchó nada, hasta que, de pronto, empezó a oír los potentes toques de una campana, resonando en su cabeza, y una voz, grave e inhumana, repetir continuamente la misma frase: Tuus filius mortus est. Él no sabía qué significaba, ni por qué le estaba pasando esto, pero si sabía que algo malo estaba ocurriendo. A lo lejos distinguió una luz tenue y se dirigió hacia ella. Las campanas resonaban cada vez con más fuerza y la voz hablaba todavía más alto. Esa luz resultó ser una fogata. En torno a ella había tres bultos, cubiertos por una manta. Descubrió la manta de uno de los bultos, encontrando la figura de un hombre sin vida. Esto le impactó, pero no se detuvo a contemplarlo y fue a por el siguiente. Era otro cadáver. Ya solo le quedaba uno. Se hizo el silencio, las campanas y la voz desaparecieron, para abrir paso al sonido de unas poderosas pisadas. Pedro las ignoró y fue a por el último bulto. Quitó la manta y descubrió a un niño tan pálido como la nieve. Ese niño era su hijo. Pedro se quedó petrificado, sus ojos se emblanquecieron por completo y su corazón dejó de funcionar. Las pisadas se detuvieron al lado de, el completamente perplejo, Pedro. La Parca le estaba esperando. 


Alejandro Gil Pérez
Estudiante de Bachillerato




jueves, 11 de abril de 2024

Un toque de atención

“Si no estás dispuesto a sacrificarte por esta empresa, eres libre de irte, estás despedido”.

Fingí que las palabras de mi ahora ex-jefe no me habían importado y salí del edificio de oficinas que había servido para mí como manicomio por unos dos años. Encendí un cigarro para intentar desviar mi pensamiento por un momento, pero de nada sirvió evadirme del asunto de tener que volver a buscar otro trabajo, con un jefe explotador que volvería a obligarme a trabajar de seis de la mañana, para no regresar a casa hasta las nueve de la tarde. Ni hablar de esas horas extra que brillan por su ausencia en la nómina. Otra vez tendría que volver a ese ciclo sin fin de funcionar como un engranaje hasta jubilarme y disfrutar de la joroba que me saldría después de toda una vida delante de un ordenador.

La corbata me asfixiaba cuando crucé la puerta de casa, me la quité nada más entrar y me encerré en el baño para lavarme la cara y el olor de un año de nicotina. Cuando quise salir de mi encierro, el pomo de la puerta se negaba a abrirse. Esos intentos amables de abrir la puerta fueron continuados por patadas y empujones que quedaban en vano.

-¿Ya te vas?, ¿no tienes cinco minutos para hablar? -dijo una voz al mismo tiempo que las luces se apagaron, quedando solo la luz de las velas aromáticas con olor a vainilla-. Espero que no te incomode la oscuridad -noté que la voz que escuchaba era la mía y además que no venía de mi cabeza sino que procedía del espejo, donde se encontraba mi reflejo cruzado de brazos.

Mi reflejo cogió un cigarro de la caja que tenía en el bolsillo y se dispuso a fumar después de encenderlo con las velas.

-Sabes, imagínate que esto es uno de esos tantos “toques de atención” que le gustaban a tu jefe, imagínate que estás en su oficina.

Cuando le intente contestar, no podía hablar, no porque no supiera qué decir, era porque mi voz no sonaba, como si me hubieran bajado el volumen. Al percatarse de esto, mi reflejo movió su dedo índice hasta sus labios mandándome callar:

-Ahora el que tiene la palabra soy yo. Escúchame, llevo toda mi existencia observándote, he visto cómo has crecido y durante todo este tiempo te he envidiado por tu libertad, esa que has perdido desde el día en el que te dejaste convencer por el “haz algo útil para ti y tu bolsillo” de tu familia. ¿En serio te veías viviendo así, encadenado a tu oficina y puesto de contable por los siglos de los siglos? Me atrevo a decir de que te comportas como un robot, de esos de las pelis que te gustaba ver cuando tenías tiempo libre. ¿Dónde quedaron esas ganas de llenar el mundo de color con tus lienzos? Tienes veintitantos, alguna oportunidad tendrás, por muy pequeña que sea, eso sí la nicotina no te mata antes.

Tras un breve silencio, añadió:

-Y una última cosa, si por algún casual no tomas en consideración este consejo, mira esto.

Mientras decía eso, levantó su mano izquierda a la vez que mi diestra lo hacía también. Había perdido el control de mi cuerpo

-Si veo que no eres capaz de redimir tus cabos sueltos, tomaré tu relevo en esta vida y estarás hasta el fin de tus días mirando cómo yo disfruto la vida, siendo más tú que tú mismo mientras tú te pudres mirándome al otro lado del espejo.

Cuando terminó su discurso, la puerta se abrió de golpe y las luces volvieron a encenderse. Salí rápidamente del baño, directo al garaje a desempolvar mis lienzos en blanco para más tarde disponerme a pintarlos. Un día entero estuve pintando un espejo en el blanco en el cuadro, para luego autorretratarme dentro de él, para que no se me olvide nunca que no quiero ser un esclavo, ni de los demás, ni de mí mismo.

Daniel Vargas Celis

Estudiante de Bachillerato





miércoles, 14 de febrero de 2024

Huevos fritos con tomate


¡Oh qué placer más grato!
¡Ante mí un gran plato!

El aroma del alimento deleita mi pituitaria,
su vista activa mis glándulas salivales.
Aproximo mi tenedor de forma precaria.
¡Estos huevos con tomate son geniales!

De forma decidida tomo el pan,
entonces lo parto con gran afán.

Cuidadosamente lo hundo en la yema del huevo.
Mirad cómo fluye, mirad cómo rebosa.
La yema se rompe y con ímpetu lo pruebo.
Chicos, creedme, como esto no hay ninguna otra cosa.

El tomate se funde con el líquido dorado:
mi plato se convierte en un lienzo pintado.

La yema, del color del sol de la mañana,
se funde con un tomate como el rubí.
Los colores quedan como los de España,
aquella tierra donde yo un día nací.

La clara, en cambio, con su textura,
deleita mi paladar de la forma más pura.

Finalmente se detienen mis molares.
He terminado este plato de magnates.
Sin duda, uno de los mayores manjares,
huevos fritos con tomate.

Luis Guillermo Peinado Justiniano
Estudiante de Bachillerato



jueves, 25 de enero de 2024

El señor Spiegel

El señor Spiegel se levantó mecánicamente a las siete y media de la mañana, como sacudido por una descarga eléctrica. La señora Spiegel, entre el sueño y la realidad, al notar la ausencia de su marido, arrastró hacia sí la sábana que acababa de ser liberada por el señor Spiegel. Ronroneó y siguió durmiendo.

Ludwig era un hombre terriblemente ordenado. Su rutina matutina comenzaba con unas abluciones de agua gélida. Acto seguido, rezaba sus oraciones de la mañana, laudes y todo tipo de letanías varias. Encendía el gramófono del salón, y, mientras fumaba su pipa repleta de Davidoff, escuchaba respingado en su sillón la Pasión según san Mateo. Aunque admitía no saber absolutamente nada de música clásica, para muchos elitista, ese momento introspectivo era lo más significativo de su día a día. Con el tiempo, dependía más de la Pasión que del tabaco.

A las nueve preparaba el desayuno. Trataba los huevos fritos como un orfebre acrisolando un exquisito diamante. Mientras la cafetera zumbaba, el señor Spiegel fue a despertar a su familia. La señora Spiegel ya estaba levantada. Leía recostada sobre la cama la novela que le regaló las Navidades pasadas su prima Bernadette. Seguía sin poder avanzar más allá del segundo capítulo. Ese día quiso despertar a sus hijas personalmente. En cuanto corrió las cortinas, salieron de entre las sábanas como topos de su madriguera. El señor Spiegel las había educado manu militari, y a los cinco minutos la familia Spiegel se encontraba reunida al completo en la cocina.

Hablaron de la subida del precio del trigo debido al frío invierno y la obra de teatro que verían representada aquel fin de semana. Besó a su mujer, abrazó a sus hijas y cogió su maletín verde olivo. Sin demora, se puso en camino hacia el campo. Su monótono día transcurría entre una cámara y otra preparando dosis letales de zyklon b para las masas de judíos que llegaban de todos los rincones de Europa.

Javier Luis Izaguirre
Estudiante de Bachillerato