miércoles, 3 de marzo de 2021
El jardín de los tres rosales
miércoles, 27 de enero de 2021
El último viaje
La aguja del
cuentarrevoluciones acababa de entrar en el arco rojo. El motor del SEAT rugía
ferozmente exprimiendo sus casi setecientos caballos de potencia. El aire
silbaba adaptándose al selecto carenado del coche confiriéndole un plus de
estabilidad que valía cada euro de más que había costado aquel fuera de serie.
Una irregularidad en el firme, oculta por la abismal oscuridad de las más
negras de las noches, le obligó a salir de su ensimismamiento. Miró su reloj de
pulsera y profirió una maldición a la vez que hundía su pie derecho en el
acelerador obligándole a cambiar de marcha. Los cilindros del motor en uve inmediatamente
aplacaron su anterior excitación. Los faros de xenón, sin embargo, no cedían en
su empeño por mantener el arco de luz en medio de la recién desarrollada niebla
helada.
Mientras, en el interior,
al cobijo de todas aquellas inclemencias, se escuchó un grito de pánico cuando
el coche perdió por unos instantes cualquier contacto con el asfalto. La
malicia del conductor se reflejó a modo de sonrisita en el espejo retrovisor.
—¿Acaso pensabas que por
haber muerto ya no tendrías miedo? —la voz del conductor, grave, ronca, jocosa,
rompió el maquiavélico silencio—. Espera y verás lo que significa tener miedo —esta
vez el conductor profirió una estridente risita que erizó el vello del
pasajero.
Apenas hubo que esperar mucho
para que la progresiva pérdida de velocidad se hiciera patente. A partir de
aquel momento ocurrieron distintas cosas de forma simultánea. La niebla comenzó
a desvanecerse a la vez que el firme se hacía más y más accidentado. El
conductor, a pesar de haber disminuido la velocidad, disfrutaba manteniéndola
aún excesivamente alta como para atravesar aquel terreno bacheado lo que
provocaba que botara y rebotara en el asiento de cuero una y otra vez, chocando
y botando, saltando y rebotando contra la ventanilla, el techo, su asiento y el
volante del automóvil respectivamente. Todo este traqueteo hacía que su
desgreñado pelo largo se moviera en una extraña danza alocada, y sus
desaliñadas barbas luengas se batieran en el aire como movidas por hilos
mágicos.
Aquel vaivén insoportable
finalizó tan bruscamente como comenzó. La detención del automóvil fue casi
inmediata tras accionar el pedal del freno. El tintineo de los adornos que
colgaban del retrovisor central tardó unos instantes en consumir su energía hasta
finalmente silenciarse.
Conducido por un brío
sorprendente para su edad, se apeó del coche aventando su capa y agarrando el
maletín que hasta entonces había reposado en el asiento del copiloto. Cerró la
puerta, tosió, se rascó su rostro enverdecido y arrugado por la edad y procedió
a abrir el compartimento del pasajero.
—¡Págame! —de sus ojos
brotaban llamas de deseo—. Dame lo que es mío —insistió mientras abría su
maletín y se lo acercaba agitándolo con impaciencia en el aire.
El pasajero, tambaleante,
mareado, reptó hasta apoyarse en la puerta del coche. Pálido, le sobrevino una
arcada. Una moneda de un euro, grabada con la imagen de un mochuelo y la
palabra ΕΥΡΩ, salió por su boca mezclada con la bilis de su estómago.
Sin escrúpulos, el conductor se agachó, cogió la moneda, la limpió en su capa y
la observó con denuedo. Sonrió con fruición, guardándola ipso facto en
su maletín.
—Ahora vete —apremió el
conductor volviendo de nuevo a acomodarse en su asiento.
El motor rugió con
agilidad volviendo de nuevo a la vida. Apenas unos instantes después se perdía
en lontananza absorbido por la densa muralla de niebla. El SEAT Caronte V8 TDI
se desvaneció dando paso a un silencio húmedo y sobrecogedor.
El cántico próximo de un río
consiguió sacarle de su embelesamiento. Miró en derredor para detectar los
primeros rayos de sol que iluminaban aquel paraje pantanoso. Apenas unos metros
tras de sí un río de dimensiones considerables creaba una frontera
infranqueable que junto a la niebla mantenían aquel lugar oculto.
Al este, coloreada por los
tonos anaranjados del sol, una vetusta construcción de piedra se erguía fría y
desafiante, áspera y amenazadora. Se aproximó al pórtico de entrada donde sus
pies descalzos encontraron una desagradecida superficie con numerosas
irregularidades. Penetró en el silencio del caserón, ávido por encontrar cualquier
presencia. Al fondo, sobre un entarimado descansaban tres regias figuras
iluminadas parcialmente por la luz del sol que se colaba por el único rosetón
que había. Sobre sus tronos, grabado directamente en la piedra, una pulcra
inscripción rezaba: “Su ayuda no será prestada a los embusteros”.
—¡Póstrate miserable! —bramó
el hombre que estaba sentado en el centro. Su trono, el del respaldo más alto,
tenía el nombre de “Radamanto” grabado exquisitamente en la madera.
Desnuda, al descubierto,
sin nada con lo que cubrirse, sin lugar donde esconderse, se arrodilló nuestra
alma ante los tronos regios. A la derecha descansaba Éaco; a la izquierda,
Minos.
—Te creé libre y supiste
elegir…
—… te di la vida y la
atesoraste…
—… te enseñé y supiste
aprender.
Sus miradas se posaron sobre
él, capaces de ahondar en el más recóndito de sus secretos. Prosiguieron a una
sola voz:
—Porque aprendiste a vivir
en nuestra libertad, eligiendo el tesoro de aprender nuestra enseñanza, recibe
ahora nuestro eterno lugar de descanso. Seas bienvenido al Elíseo.
Las tres voces al unísono
se silenciaron. Inmediatamente a su derecha se descubrió una oquedad de apenas
unos milímetros que comenzaba a agrandarse más y más. La luminosidad que rezumaba
impedía contemplar nada sin tener que achinar los ojos. Cuando ya tenía unos
palmos de amplitud, se descubrió una verde pradera de infinita extensión. Había
cientos y cientos de ovejas de lana nívea, plácidamente pastando bajo una
continua lluvia de gotas doradas y millares de pétalos fulgentes de todos los
colores imaginables que constantemente caían. Sonriente, apoyado en su cayado,
sentado mansamente sobre la única roca que podía contemplarse, había un pastor.
Este, con gran sosiego, se giró desvelando su rostro y llamó por su nombre al
alma recién llegada. Esta, sin hesitación, bajo su nueva apariencia de oveja, entró
en los campos elíseos. Allí, se recostaría junto a él por años sin término.
Jesús Martínez Medina
Piloto de avión
viernes, 18 de diciembre de 2020
Cigarrillos
No sabías si era un sueño o si realmente estaba sucediendo. Algo trastocó tu conciencia y obnubiló tu alma de tristeza.
Despertaste de la cama entre un largo quiero y no puedo. Cuando por fin ganaste esa batalla contra tus débiles párpados, te diste cuenta y tu mente se activó de golpe. Nada más abrir los ojos, dos objetos llamaron tu atención de inmediato: la gran maleta que yacía llena a rebosar a los pies de tu cama, y la botella de alcohol que reposaba en tu mesita de noche, junto a aquel cenicero lleno de cigarros consumidos.
Era muy temprano, serían las siete de la mañana, el sol estaba asomando junto a ti y su fuerza era tan leve que prácticamente no proporcionaba calor alguno. Tus dos hijos, de nueve y seis años respectivamente, estaban vestidos y aseados; y tu mujer, tan preciosa como la recordabas. Esta situación te extrañó, pero no le quisiste dar mucha importancia y al mirar de nuevo el reloj y ver que solo habían transcurrido dos minutos desde las siete, decidiste echarte de nuevo.
Volviste a despertar al rato, pero esta vez te resultó mucho más fácil poder abrir los ojos y repetiste el mismo procedimiento que la primera vez: miraste el reloj, eran las nueve y treinta y dos de la mañana, ahora el sol sí tenía la fuerza suficiente para crearte esa sensación de desazón que tanto odiabas en tu rostro. Te volvió a asaltar la duda de por qué esa botella de alcohol seguía ahí, junto a aquellos cigarrillos, cuando sabías perfectamente que tu preciosa y atenta mujer siempre las tiraba a la basura todos los días al levantarse. Pero sin duda, lo que te dejó perplejo fue no ver la maleta, ya no estaba. Comenzaste a creer que tus peores pesadillas podrían estar volviéndose una realidad.
Bajaste a desayunar con la idea de encontrar el monótono, pero idílico panorama de todos los fines de semana: ver a tus dos hijos y a tu mujer desayunando juntos. Sin embargo, lo que contemplaste al bajar las escaleras y observar ese amplio salón vacío, se convirtió en la perfecta alegoría de tu alma. Te diste cuenta, y aunque no quisiste asumirlo, la impotencia comenzaba a penetrar en tus huesos y la tristeza conquistó por completo tu mente. Tu cuerpo, marioneta de esa desesperación, se vio dispuesto a hacerlo. Pese a tu débil estado mental, lo tenías más claro que nunca. Cogiste una gran cuerda que guardabas en el sótano y la ataste con más tristeza que cuidado, siendo completamente consciente de lo que estabas a punto de hacer.
Te subiste a una de las sillas del salón, en concreto en la que se solía sentar siempre tu mujer, a la cual siempre amaste pese a las vastas reprimendas —o “correctivos”, como te gustaba denominarlos— que le propinabas. Tu cuello se sumergió en la soga —qué triste que este olor a sótano viejo fuera a ser el último que vaya a oler— pensaste.
Cuando abriste los ojos pensando en si finalmente tu destino había sido el cielo o el infierno, una agradable voz te devolvió de nuevo a la verdadera realidad —cariño, aquí te traigo tu café, con hielo, como a ti te gusta—. Miraste a tu alrededor, la botella y los cigarros seguían ahí, pero esta vez, era real. La alegría que sentiste en ese momento era indescriptible, incluso te pellizcaste para ver si aquello era real o simplemente seguías en esa pesadilla de la que por fin habías despertado.
Ignacio Prieto Muñoz
Estudiante de Bachillerato
miércoles, 4 de noviembre de 2020
Alas cortadas
Por las noches, muy alto en el cielo, mientras todos duermen, se dice que están las almas de todos los seres humanos reunidas, soñando en conjunto con un mundo mejor. A veces, ves algunas caer con sus alas partidas: estrellas fugaces. Se han encontrado con la pesadilla del mundo real, esfumándose por cumplir los sueños de los que, a pesar de todo, mantienen la fe.
Cada vez que duermo sueño
con un mundo donde cada uno es capaz de hacer lo que le plazca, un sitio donde
nadie es juzgado. Es el lugar perfecto: tu situación económica no importa en
absoluto, tienes siempre el dinero que necesitas, no hay que preocuparse por
pagar el alquiler… Puedes darte el lujo de ir al cine cuando te plazca. Me veo
en un ático en el centro de Madrid, disfrutando en mi balcón del sonido del
bullicio en las terrazas de los bares durante una bonita velada de marzo. Y
pienso que podríamos ser todos felices y que me gustaría ayudar a dirigir ese
mundo donde las máximas son la sinceridad, la bondad, la alegría y el amor.
Me levanto del sueño
pensando que simplemente soy feliz. Y, por tonto que parezca, me hace aún más
feliz. Es esta la causa de que por las mañanas me levante enérgico, mientras
tarareo la versión acústica de Take on me, sin importarme que
seguramente mi voz sea horrenda. Subo las persianas y abro las ventanas
esperando que la naturaleza me asombre un día más con la hermosa figura del sol
y el bello ímpetu del viento.
Entro rápido al baño
para evitar tener que esperar a que terminen mis hermanas, cerrando la puerta
velozmente e ignorando sus maldiciones. Lo primero que hago es pesarme, aunque
me da igual lo que marque la báscula. Que si he engordado, que qué bien sabía
esa tarta; que si he perdido peso, que si me estoy poniendo fuerte… todo eso no
me importa en absoluto.
Paso a sentarme en la
mesa de la cocina con mi bol de cereales integrales preparado con amor por mi
madre, acción que agradezco con un simple “¿cómo estás?”. Después de devorar
los cereales, dejando como siempre las virutas de chocolate para el final, me
lavo los dientes al ritmo de Thunderstruck.
Me pongo mis chinos
como siempre, dudando unos minutos qué camisa queda mejor con el pantalón. Ato
bien los cordones de mis zapatos, cojo la mochila y el móvil y me despido de mi
familia. Salgo a la calle bajando los escalones de dos en dos, resbalo en el
último y temo un momento por mi vida. Al recomponerme, comienzo a reírme de lo
estúpido y torpe que soy. Mi madre siempre dice que lo mejor de mí es mi
autoestima y mi alegría. Será por mis dotes naturales.
Llego a la parada de
autobús a las 8:05, como siempre. Tengo la mala manía de no llevar nunca
cascos, pues me gusta escuchar lo que dice la gente y los ruidos de la calle.
Cuando llega el autobús, crece la tensión (haciéndolo más divertido) por saber
si tendré un sitio para sentarme o tendré que ir de pie y acabar mareado. Esas
incógnitas dan emoción al día a día.
Una vez asegurado mi
asiento, empiezo a observar a cada uno de los pasajeros en busca de una cara,
de una boca, de unos ojos. Y me llevo su mirada. Se me acelera el corazón, y
saco el libro de Pablo Neruda Veinte poemas de amor y una canción
desesperada, comparando el rápido latido de mi corazón con los versos del
célebre poeta. Pero un sonoro “¡hijo de puta!”, proveniente de una señora al
fondo del autocar, me saca por completo de mi ensoñación. Le acababan de decir
que iba a ser despedida. Perdidas totalmente las ganas de continuar leyendo, me
pongo a mirar por la ventana. Un accidente de tres coches para el tráfico.
Avanzamos lentamente, pero tenemos que parar por completo cuando las sirenas de
una ambulancia comienzan a resonar por toda la carretera.
Llego tarde al instituto,
y a ver quién soporta las seis horas de clases que tengo. Consiguen que me
anime un poco más conociendo una parte de la vida de Cicerón, desgranando uno a
uno los documentos de la Conferencia de San Francisco para la creación de la
ONU, leyendo piedras para saber quién quería tanto a la persona enterrada como
para estar tallando un enorme monolito cerca de la Acrópolis ateniense, leyendo
algo de Ortega y Gasset y terminando con una charla sobre el ser personal.
Vuelvo a meterme en el
bus y esta vez decido mirar el teléfono para no desesperarme con los problemas
al volante. Me meto en un periódico digital y las primeras noticias son sobre
un atentado con 198 muertos y 1037 heridos en una iglesia en Irak. Siguiendo el
encabezado, dos o tres artículos de opinión que critican al Gobierno. Cambio a
Twitter y todo son insultos al azar lanzados sin ninguna intención constructiva.
Al llegar a mi parada, voy a bajarme cuando tropiezo sin querer con un señor
muy bien trajeado (con sombrero incluido); me llevo tal retahíla de insultos
que al girar la esquina aún se seguían escuchando. Al fondo de la calle un
señor mayor pide ayuda porque le han robado. Subo a mi casa un poco
entristecido, saludo a la señora mayor que pasa a mi lado. Me apeno aún más
cuando no recibo ninguna respuesta.
Paso la tarde con los
deberes y con el estudio de las asignaturas correspondientes, mientras tomo un
riquísimo zumo de arándanos, pero con el sabor amargo del mal del mundo,
convirtiéndose en mi mente en un vaso de sangre. Por fin me tumbo en la cama para
descansar. Abro el Whattsapp para hablar con un amigo. Desgraciadamente, no
puede hablar porque acaban de hospitalizar a su padre. Ceno cabizbajo y me meto
en la cama desganado. Me tapo entero con el edredón y aprieto los ojos,
intentando con todas mis fuerzas empezar a soñar. Porque los sueños son mejores
que esta realidad. Al final acabo dormido con una sonrisa dibujada en los
labios, con unas alas desplegadas en mi espalda, sintiéndome en aquel balcón
del centro de Madrid tomándome un zumo de arándanos, esta vez color amor.
Alberto
Nieto Zuya
Estudiante
de Bachillerato
miércoles, 28 de octubre de 2020
La comunidad Olympus
Buenos días,
mi nombre es Ángel y trabajo en la mensajería más importante de Grecia. Hoy me dijeron que tenía que entregar diferentes paquetes en una dirección bastante codiciada, la calle Olympus 402 00, “Hogar de dioses”. En esta dirección se encontraba una comunidad en lo alto de un monte.
En el
viaje a ese lugar, me enteré de que mi misterioso jefe vivía precisamente allí,
algo que lo hacía todavía más misterioso.
Cuando llegué al inmenso edificio de mármol,
llamé a la puerta y me encontré con una mujer que al instante me hizo sentir en
un ambiente cálido y familiar, como si estuviese en mi casa de la infancia.
Ella me dio los buenos días y me dijo que empezara por el 1ºA, que allí se
encontraba el presidente de la comunidad. En este edificio, el primer piso se
encontraba en lo más alto, así que decidí coger el ascensor. Cuando subí, llamé
a la puerta y me recibió una mujer morena con un gran traje con diferentes
símbolos de pavo real, que me dio una galleta casera. Me hizo esperar unos
segundos hasta que apareció su marido, un hombre de pelo y barba blanca
trajeado y bastante serio. Puso la mano esperando a que le diera su paquete.
Entonces abrí el carrito donde llevaba todas las entregas y allí estaba, un
paquete marcado sólo con la dirección y el piso. Se lo entregué y continué
hacia el otro lado del rellano, donde me abrió la puerta la mujer más hermosa
que había visto en mi vida, y me preguntó si tenía algo para ella. Le entregué
su paquete, lo abrió y exclamó:
-¡Por fin ha llegado!
El paquete contenía un perfume llamado néctar
de ambrosía. Continué mi recorrido hacia el siguiente piso, donde me encontré a
dos vecinos discutiendo, un hombre con un gran tatuaje de unos caballos sobre
las olas del mar, gritando a una mujer alta y bella con unos pendientes en
forma de lechuza, y decidí dejar los paquetes en las puertas para no
entrometerme. Entonces miré el carrito, solo me faltaba por entregar un
paquete, que se encontraba en la planta número 13. Cuando cogí el ascensor,
entró un hombre de cabello rizado bastante ebrio, tambaleándose con una copa de
vino en la mano, que empezó a cantar historias sobre los diferentes dioses
griegos. Cuando llegamos, él se quedó en el ascensor y siguió cantando hasta
que se cerraron las puertas.
Justo cuando iba a poner mi dedo en el timbre
del 13ºA, se abrió la puerta y apareció un hombre, que exclamó:
-¿Qué tienes para mí, querido Ángel?
Me quedé sin habla, yo no conocía a ese hombre.
Entonces salió una mujer con un arco anunciando que se iba a cazar, se cruzó
conmigo y entregué el paquete al hombre, que también, como la hermosa mujer de
antes, decidió abrirlo delante de mí. Lo abrió y era una crema para juanetes
que decidió dármela diciendo:
-Aquí tienes, diría que te hace falta -y cerró
la puerta.
Me quedé muy sorprendido, ¿cómo sabía lo de mis
juanetes? Decidí entrar en el ascensor hacia la planta baja, donde me encontré
de nuevo al hombre de la copa de vino, que me dijo:
-Dile a tu jefe que me debe una botella.
Justo después llegó por la puerta un hombre de
pelo rubio y un sombrero que parecía que tenían alas, con una chapa en la
chaqueta que ponía “Mensajero de los dioses”, que le entregó una botella en la
mano y se dirigió hacia a mi diciendo:
-Bien hecho Ángel, te veré la próxima semana,
eso espero -y se fue al ascensor sonriendo.
Así es como terminé mi viaje por la comunidad
de la calle Olympus 402 00, “Hogar de dioses”.
Nicolás Martínez López
Estudiante de Bachillerato
miércoles, 30 de septiembre de 2020
Tenet
SATOR
AREPO
TENET
OPERA
ROTAS
Me encantaría decir que bien, que su guion es interesante y rico, que sus personajes son carismáticos y están bien construidos. Sin embargo, las cosas no van por ahí. Hay una carencia absoluta de buenos personajes, que es algo muy común en este director. Es como si no supiera crear grandes protagonistas. Ya ni hablar de sus personajes femeninos, porque no sabe darles un protagonismo digno. Aunque el elenco de actores sea muy bueno, con un gran Robert Pattinson, ninguno de ellos consigue un papel decente. No obstante, donde veo más problemas es en el guion. Hay intención de hacer algo realmente complejo y de contar una buena historia. Pero al final solo es un guion simple, disfrazado con términos de física temporal para parecer interesante, y que obviamente la mayoría de público no entenderá, porque no tienen estudios de física. Una cosa es hacer un filme complejo y con riqueza narrativa (como por ejemplo el cine de Kurosawa) y otra cosa es hacer una obra confusa, soltando términos que sabes que nadie va a entender, porque la historia que estás contando no es gran cosa.
En lo que no hay duda es en que Nolan no es tonto y que sabe dirigir visualmente una película. Donde más se disfruta y se aprecia el trabajo bien hecho es en la acción. Solamente con la acción ya se está narrando algo y es una maravilla presenciar estas escenas. Si algo hay que atribuirle al director es el hacer algo fuera de lo convencional e intentar jugar con el espectador, aunque quede lejos de hacerlo bien. También se puede disfrutar de la banda sonora, que no está realizada por Hans Zimmer como de costumbre.
Como resumen, Tenet es sin más otra película de Christopher Nolan, sin un gran guion ni grandes personajes y en la que la acción es sin duda lo mejor, ya que está perfectamente dirigida.
David Muñoz Montero
miércoles, 23 de septiembre de 2020
La luna y otros placeres
Es la luna y no otra la que nos vigila por la noche. El Sol, cansado ya de trabajar constantemente, decidió que durante medio día él se iría a dormir. Pero necesitaba a alguien en quien pudiera confiar para hacer su trabajo. Propuso un concurso para que se mostraran los distintos suplentes que querían el trabajo. Él haría de jurado junto a Gea, porque ella quería decidir quién la alumbraría.
Primero
se mostró Marte, jactándose de que aparte de su bonito color rojizo, era en la
Tierra dios de la guerra, uno de los actos más majestuosos del mundo. Luego
apareció Venus, la diosa del amor. Repitiendo el argumento del concursante
anterior, dijo que el amor es lo más importante de todo y que se merecía el
puesto del concurso.
De
repente, todo el mundo se arrodilló. Llegó el gran Júpiter, tan jactancioso
como siempre, engrandeciéndose a sí mismo. Se presentó ante el Sol, llamándole
por su nombre antiguo:
—Helios,
Helios… ¿cómo no has pensado en el rey de los dioses para suplantarte? Yo, el
dios más grande, protegeré a la Tierra siempre, de noche y de día, con todas
mis fuerzas. Déjate de tonterías, sabes que soy el mejor.
En
efecto, Helios en ese momento sabía que Júpiter era el mejor candidato. Pero
pensó que, si su poder y su grandeza se expandían, acabaría quitándole el
puesto. Gea tampoco estaba demasiado convencida de que su nieto le fuese a
proteger muy bien. Era solo otro intento de hacerse con todo el poder.
Fue
el mismísimo padre de Júpiter el que se presentó después: Saturno se había
escapado de su prisión eterna para acudir al concurso.
—Helios,
sabes que te aprecio mucho. Eres el dios más grande, más bonito, más perfecto
de todos. Y yo, ahora humilde servidor tuyo, quiero proteger a tu querida
Tierra con mis anillos. Son tan poderosos que pararán cualquier golpe.
Todo
el cielo estaba sumido en un caos terrible, con los dioses discutiendo entre
ellos. Aprovechando este momento se coló Mercurio y se acercó sigilosamente al
Sol.
—Sol,
yo juro que protegeré a Gea con mi vida. Soy el más rápido y obediente, por lo
que estaré siempre a tu disposición y cuidaré a la Tierra como si fuese mía.
Desgraciadamente
para el dios mensajero, Júpiter se giró y le pilló con las manos en la masa.
—¡Siervo
condenado! ¡Te doy todo lo que tengo para que trabajes para mí y ahora me
traicionas, intentando hacerte con mi futuro puesto! Tomo al resto de dioses
como testigos de que vas a estar en el peor lugar de todos, porque yo te
obligo.
Y
otra vez el cielo se convirtió en un hervidero. Todo el mundo gritando y
peleándose con los demás. Plutón se intentó colar, pero siendo el dios del
inframundo y la muerte, Helios decidió que sería el planeta más alejado de Gea.
Llegaron
entonces Urano y Neptuno, los dos juntos. Urano había permitido que la
discusión se hiciese en su reino, pero no quería saber nada del concurso. Solo
había ido a vigilar, e hizo bien. Cuando vio que Plutón estaba en su reino, lo
cual tenía prohibido, le dio una buena paliza. De tal cantidad de golpes que le
propinó, lo hizo más pequeño, convirtiéndolo en un planeta mucho más enano.
Desde entonces Urano maldijo al dios de la muerte, diciéndole que nunca más
estaría al nivel de los otros: le quitaría el poder de planeta.
Pero
Neptuno sí que tenía intención de ganar el puesto. Le ofreció al Sol que él
podía mantener la Tierra con agua. Empezó a verter agua sobre el planeta y de
no ser por la intervención de Helios, Gea acabaría ahogada por culpa de
Neptuno. Fue esta la razón para alejarlo de la Tierra; no tanto como a Plutón,
pero sí lo suficiente.
Justo
antes de tomar la decisión apareció Luna, muy tímida. Helios le preguntó qué podía
hacer. Entonces bajó a la Tierra y alumbró la noche para dos jóvenes
enamorados. Con el apoyo de la diosa, los dos jóvenes sucumbieron al placer.
Todo el mundo esa noche miró al cielo para observar el bonito planeta que les
daba luz. Los enamorados alrededor del mundo pensaron en su pareja viendo ese
precioso círculo de plata. La Tierra entera cayó en un momento de tranquilidad.
Esa noche solo hubo amor.
Cuando
ascendió al cielo otra vez para encontrarse con el jurado y los participantes,
todos estaban boquiabiertos. Helios había encontrado por fin al dios correcto
para vigilar por las noches.
Procedieron
entonces con el reparto de posiciones: Mercurio acabó justo al lado del Sol,
muriéndose de calor, por obligación de Júpiter. Gea quedó tan asombrada con la
Luna que la quiso a su lado para siempre y la abrazó. Desde entonces ella
siempre está dando vueltas alrededor de la Tierra, pululando cerca de ella para
protegerla constantemente. Venus, el amor, y Marte, la guerra y el poder,
rodearon a la Tierra, siendo las dos máximas que dividen y rigen nuestro mundo.
Júpiter se quedó cerca, protegiendo a la Tierra como prometió, atrayendo hacia
él todos los peligros. Su padre, Saturno, se quedaba una vez más por detrás de
su hijo e intentaba parar todo lo que se le escapaba a Júpiter, consiguiendo
una defensa prácticamente perfecta contra peligros exteriores. Detrás de ellos
se sitúan Urano, colocado ahí al azar, sin importancia; y Neptuno, el más
lejano junto con Plutón, para que no hagan daño a Gea.
El
cariño que tenía Gea a Luna sigue todavía en pie. De hecho, la Luna une a
muchas personas, enamorados que están separados de sus amantes, que se
esperanzan pensando que su amado está viendo la misma luna que ellos. Luna
placentera, objeto de los poemas más bellos, nos une a todos. Porque, ¿quién
odia a la Luna? Solo los dioses, porque ha superado a todos y se ha quedado en
los corazones de la gente, siendo la más brillante en el cielo estrellado,
superando a los que son simplemente reflejos de su grandeza.
Qué
haríamos sin ti, Luna.
Alberto Nieto Zuya
Estudiante
de Bachillerato




