sábado, 14 de septiembre de 2019

La pasta de café


Un pitido insoportable estalló de repente rompiendo el agradable y pacífico silencio de la mañana. Era el despertador y las siete menos cuarto de un jueves. Javier sabía que tenía que levantarse pero estaba muy cansado. Siempre se acostaba muy tarde y siempre se decía a sí mismo que ese día se iría a dormir más pronto, pero nunca lo hacía. Se levantó perezosamente de la cama y poniéndose sus zapatillas de estar por casa, cogió la ropa y se dirigió a la ducha.

Una vez en ella, la abrió y justo después de que el agua cayera sobre él, dio un salto hacia atrás. El agua estaba congelada. Pasado un tiempo lo volvió a intentar y ya se había calentado el agua. Después de la ducha se vistió, cogió los zapatos y fue al salón. Miró por la ventana y todavía era de noche. Cuando se calzó, entró en la cocina para desayunar. Se hizo un café y se lo tomó acompañado de unas pastas. Al acabar tenía más hambre y no sabía si tomarse otra pasta o no. Finalmente lo hizo. Después cogió su mochila del colegio y salió de su casa. El ascensor tardaba más de lo normal y tuvo que bajar por las escaleras. Ya eran las siete y media pasadas y no sabía si le iba a dar tiempo a coger el autobús. Mientras bajaba vio a su vecina sujetando la puerta del ascensor y peleándose con sus hijos para que entraran. Por eso tardaba tanto, pensó.

Al salir del portal se dirigió a la parada de autobuses. Todavía no había llegado el bus. Mientras estaba andando vio cómo se acercaba y tuvo que salir corriendo. A solo unos metros de la parada, las puertas del autobús se cerraron. Javier pegó unos golpes en la puerta, pero el conductor ni le miró y se fue alejando. Ahora sabía que llegaría tarde, todo por culpa de su hambre y de la pasta de café de más.

Pablo Parreño Parajón
Estudiante de Bachillerato



martes, 23 de julio de 2019

Verano


Ha acabado el curso y te enfrentas a lo mismo de todos los años. Estás aterrado y para prepararte buscas inspiración en las grandes batallas de la Antigüedad.

Imaginas ser uno de los trescientos espartanos que detuvieron el avance de los persas en las Termópilas. Pero recuerdas que tu profesor de Griego siempre ha intentado quitarle epicidad a esa batalla: “los espartanos fueron mucho más que trescientos hombres y los persas ni la mitad de los que salen en la película”. 

Por ello, tu mente se va a otro lugar. Con tu gladius imaginas estar en la llanura de Zama. Vas a presenciar un choque entre dos de los grandes generales de la Antigüedad. Te ves allí, peleando, decidiendo el destino de Roma.

Pero algo falla. Envuelto en sudores fríos te das cuenta de que no hay comparación. Por mucho que te prepares, no saldrás vivo de esta: tendrás que recoger tu habitación mañana.

Raúl Aragoneses Centeno
Estudiante de Bachillerato





sábado, 1 de junio de 2019

Rutina


Yo siempre hago lo mismo,
tú siempre haces lo mismo.
Todos hacemos lo mismo.
¿Y se puede salir de ahí?

El aburrimiento existe,
se ve en todos los lados,
pero aburrirse no es triste,
sí lo es no tirar los dados.

La rutina es como un cinturón,
te aporta mucha ayuda,
no deja lugar a la duda
y le quita la emoción.

Lo seguro es lo ordinario,
lo fácil es el horario.
Sin embargo lo divertido 
no está nada medido.

Pablo Táuler Ullívarri
Estudiante de Bachillerato



miércoles, 24 de abril de 2019

Otro jueves más

Otro jueves más Perkeo en la biblioteca. De nuevo te encuentras ante todo ese grupo de gente. Piensas en lo raros que son algunos. Últimamente te preguntas para qué vas, si al fin al cabo has asistido durante siete meses y no has publicado nada. Y encima hoy han llevado unas piedras de sílex o algo así. Te cuentan que son del Paleolítico, como si eso fuera algo atractivo. Para colmo te piden escribir sobre ellas. Puf, vaya tostón. Cuando vas a empezar te das cuenta de que te quedan dos horas de clase. Lengua e Inglés. Y recuerdas que no tienes en casa merienda, se te han acabado los chocoflakes.

Para inspirarte das un trago a ese extraño té que han traído hoy. Té negro con chocolate. Esperas que no sepa igual que huele. Si donde esté Tetley...

Luego coges una campurriana y, a pesar de que la notas un poco dura, estás pensando en cómo salir del paso y te la metes en la boca. No sabes por qué pero se te ha clavado en medio del paladar. El dolor te hace pensar que igual lo que te has comido era una de esas piedras.

Si es que quién te manda a ti meterte en un taller de escritura...

Raúl Aragoneses Centeno
Estudiante de Bachillerato



miércoles, 3 de abril de 2019

Culpa


Es de noche, paseo por la calle, un simple paseo nocturno para quitarme de la cabeza aquello que me impide dormir. Comienza a llover, cojo un camino que lleva debajo de un puente para resguardarme. Pasada una media hora parece que amaina, así que decido salir y proseguir mi paseo…

De repente siento una presencia, algo o alguien me observa desde la distancia, la suficiente para que no lo vea, la suficiente para que no me preocupe, pero es demasiado tarde. Acelero el paso, noto su aliento en la nuca, frío como el hielo. Me giro bruscamente creyendo que lo tengo a escasos centímetros de mí, pero no hay nadie.

‒Tranquilízate ‒me digo en voz alta mientras reanudo mi camino, ya de vuelta a casa.

Paso de nuevo por debajo del puente y vuelvo a notar la presencia de aquello que me perturbaba. ¿Qué cómo se que era él de nuevo (porque definitivamente tenía que ser una persona)? Muy sencillo: si fuese un animal peligroso ya me habría atacado. Vuelvo a acelerar el paso y me resbalo con un periódico que había en suelo. Hace un momento eso no estaba allí… Al parecerme tan raro decido leer el titular de la portada: “Hombre es asesinado bajo un puente, se sigue buscando al culpable”. Todo eso me parecía muy extraño: la presencia que me perturba, el acoso que siento… ¿Sería ese el puente por el que ahora paso?

Me entra miedo y algo aparece por mi derecha, tengo el tiempo suficiente para observarlo: es un hombre no muy alto, con la ropa hecha jirones, ensangrentada, con la cara desfigurada. Solo me mira, de arriba abajo, examinándome como si se tratara de un depredador antes de abalanzarse sobre su presa. El desconocido rompe el silencio con un “por qué”. Me extraño, me pregunto por qué me hace esa pregunta y caigo en la cuenta de lo que ocurre…

Él está muerto y yo fui su asesino, pero esto es demasiado extraño. Siento miedo y salgo corriendo.

‒Está muerto, está muerto, está muerto –me repito una y otra vez sin frenar.

Cuando recorro unos quinientos metros decido pararme a descansar y, cuando alzo la cabeza, me lo encuentro mirándome fijamente, a mi lado. Grito. Salgo corriendo a mi casa, subo rápidamente por las escaleras, abro la puerta, la cierro con llave y me encierro en mi habitación. Miro por la ventana y no lo veo por ninguna parte. Salgo y me dirijo a la cocina y cuando entro me encuentro de bruces con él. No puede ser. Miro hacia su mano, tiene un cuchillo, no soy lo bastante rápido para pararlo, me resisto pero soy incapaz de evitar las puñaladas, me lo clava una vez tras otra hasta que se apaga la luz de mis ojos…

Todo esto acabó en las portadas de los periódicos del día siguiente en los cuales aparecía cómo un hombre se había quitado la vida con un cuchillo hiriéndose repetidas veces. Muchas fueron las hipótesis, pero nadie supo jamás que es lo que había ocurrido.

Diego Morín Calle
Estudiante de Bachillerato



miércoles, 27 de marzo de 2019

Tres


Dicen que emociones como el orgullo o el odio perturban al hombre, volviéndolo algo que no merece la pena ser llamado como tal. En esta ocasión voy a hablar de una de esas veces en las que yo no lo fui, con la esperanza de que tú nunca imites mis pasos.

Era verano de 2007 y en aquellos momentos yo era plenamente feliz. La había vuelto a encontrar y esta vez, las cosas eran distintas.

Estábamos juntos. Nada de encuentros fortuitos, nada de exprimir cada momento por si acaso era el último, nada de urgencias, sólo los dos.

Yo estaba enamorado hasta la médula, por fin tenía a alguien a quien amar. Estaba convencido de que era mía y que lo sería para siempre. Ese fue mi primer error.

Dejé de relacionarme con todos, abandoné a todo aquel que no fuera ella y, lo que es peor, exigí que ella hiciera lo mismo.

Exigí cada vez más y más compromiso, sin querer ver el daño que eso le ocasionaba, la presioné hasta el extremo, le negué la libertad que la hacía única. En definitiva, la intenté transformar en algo que no era y casi la mato en el proceso.

Hasta que un día me digné a mirarla a ella y no a lo que yo quería que fuera. La figura que se encontraba ante mí no se parecía en nada a aquella que me visitó de niño. Era la figura de una moribunda, silenciosa, fría y angustiada.

¿Pero que había hecho, por el amor de Dios? Aún se me revuelve el estómago cada vez que pienso en aquella escena. Recuerdo que la abracé y sólo pude sentir dolor y el aroma dulzón de quien se está ahogando. En ese momento supe lo rastrero que era, el engendro en el que me había convertido, en lo tóxico que resultaba para ella.

Sabía que debía alejarme de ella para que fuera feliz y que sólo alguien mejor que yo merecería la suerte de estar a su lado. Me disponía a alejarme de ella para siempre, auto convenciéndome de que nunca volvería a verla, por su propio bien.

También me equivoqué en esa ocasión, pero esa es otra historia.

Alfonso Pizarro
Estudiante de Literatura General



sábado, 9 de marzo de 2019

Un viernes lúgubre en la cafetería de la facultad


Son las dos y cuarto de la tarde de un viernes lúgubre y frío de diciembre. La profesora de Latín, también cansada y con la cabeza puesta en el fin de semana, da la sesión por terminada y abre la puerta de clase. Esta se abarrota. Algunos huyen ensimismados y con ansia al contemplar por la ventana el horizonte que se les plantea: la libertad, por fin dos días lejos de la universidad. Pero mis amigos y yo somos diferentes. La verdad es que nosotros preferimos celebrarlo. En la cafetería, bajo el murmullo general y el chocar de los platos y el griterío de los cocineros, las pintas de cerveza se elevan todas hacia arriba en perfecta armonía. ¿Y qué celebramos? Celebramos, cada uno en su interior, los lazos que nos unen. Discutimos acerca de la gramática universal de Chomsky, de la síntesis escolástica de Tomás de Aquino, del bálsamo del espíritu de Séneca en sus Cartas a Lucilio, de la sublime belleza del rapto de Proserpina de Bernini, del sentido casi espiritual que alcanza el Requiem de Mozart interpretado por los serafines y querubines al final del otoño de la vida, de la existencia de algún dios cuya mirada nos demuestre el amor que tiene por cada uno de nosotros. Y lo mejor es que ante esos mismos lazos, ante esos mismos vínculos, ante esas mismas preguntas, siempre planteamos diferentes respuestas. Intentamos unir el camino bifurcado que conduce a la verdad. Eso es amistad.

Ricardo Muñoz Ruiz-Dana
Estudiante de Historia y Filología Clásica