jueves, 21 de enero de 2016

Éxtasis de una tarde

Esos momentos en los que te sientes insignificante, ligero, como una pluma arrastrada por el aire. O como el toldo de una terraza moviéndose a voluntad del viento. Como una hoja vieja, mustia y seca cayendo de un árbol joven. Escondido bajo un flequillo de emociones, con miedo a que la realidad que intentas plasmar en una hoja de papel te abofetee por no retratarla como se merece.

Contemplando la calidez del color naranja de un atardecer, proyectando sombras alargadas y extrañas, con el contraste de unas nubes grises color tristeza y un cielo color blanco soledad. El horizonte que captan mis ojos no es plano. Formas de edificios y figuras de almas dibujan el fondo de mi retina. El cálido y espeso vapor de una chimenea se funde con el viento, como dos enamorados que se unen en cuerpo con una sola caricia y en alma con una simple mirada.

Pensamientos y pensamientos se solidifican en lágrimas que vuelan hacia abajo para tener un fatal accidente al intentar aterrizar con cuidado en el aeropuerto de mi cuaderno. En mi pantalla del ordenador están mis recuerdos junto a una persona, ya casi desconocida. Están guardados en la carpeta de “sueños rotos” y me decido a tirarlos en la papelera de “olvido”. Qué fácil es olvidar cuando eres una máquina. Si los humanos tuviésemos un botón de reseteo en nuestro cerebro a lo mejor mañana por la mañana me levantaría y en su WhatsApp aparecería un “Buenos días, princesa” o un “Hola, qué tal” a ese delincuente que mató a un ser querido ayer por la noche.

El anaranjado del atardecer ha terminado y deja paso, con alfombra roja, a la mismísima realidad. Cada objeto con sus colores y tonalidades correspondientes, indiferentes a mis ojos. Siempre necesitamos de personas que pinten nuestra realidad con sus colores para que podamos apreciar de verdad lo bonito que puede llegar a ser el mundo, que realmente son tonos de grises y blancos.

Terminada la música, termina mi éxtasis de una tarde tibia de otoño.

Nacho Sanz
1º Bachillerato


viernes, 8 de enero de 2016

El fresno

Uno de los últimos días de septiembre dos profesores paseaban por los jardines de su colegio mientras observaban el particular desfile otoñal que brindaban los árboles a la naturaleza. Los maestros admiraban los destellos rojos de los robles, se enorgullecían del solemne y eterno verdor de los pinos y alababan el revoloteo, similar a un suspiro, de las hojas caídas. Sin embargo, entre aquel extinto paraíso los profesores detuvieron sus ojos en un árbol que, melancólico y solitario, les regalaba su extraordinaria belleza.

Luis, que así se llamaba uno de los docentes, le dijo a su acompañante:

-Fíjate, Ramón, en ese fresno. Reviste con sus coloridas hojas nuestras vidas, acapara los sentimientos y nos advierte, nos advierte de la llegada del invierno. Resulta un árbol curioso.

Ramón, profesor de matemáticas, apuntó con una aguda y escéptica sonrisa:

-Es un árbol sin más.

Luis se volvió sorprendido hacia él y le miró fijamente. Luego, con paciencia, comenzó a explicar:

-El fresno se rodea de una aureola especial. En un sacrificio muy singular se desnuda y queda expuesto a las inclemencias de la nieve y el viento únicamente para anunciar: ¡cuidado, que viene la fría estación del invierno!

Ramón escuchaba con gesto displicente y soberbio. Aunque no quería reconocerlo, aquel fresno le atraía de una manera extraña y era incapaz de despegar su mirada de él. Luis continuaba hablando.

-Las hojas amarillas provienen del gesto altruista del fresno. Y de esa manera, en sus últimos días, a este árbol le circula una atmósfera bella y sobrenatural.

-Igual que a las personas -murmuró Ramón, que no había logrado soportar la atracción que sobre él ejercían el fresno, el otoño y las palabras de Luis.

-¿Qué dices? -preguntó el otro.

-Nada, nada -susurró Ramón en un tono casi inaudible.
Ambos profesores permanecieron contemplando el fresno, casi extasiados. Luis interrumpió el silencio:

-Pero no te preocupes amigo, volverá alegre la primavera. El fresno lucirá de nuevo la juventud y la belleza que ahora pierde. Sí, retornarán los cantos y el humilde sacrificio de este árbol se verá recompensado.

Dicho esto, Ramón y Luis se fijaron por última vez en el fresno y, tras un momento de vacilación, regresaron a clase.

Julio Romano
1º Bachillerato



miércoles, 23 de diciembre de 2015

Gunnar Gunnarsson, "Adviento en la montaña"

Traducción Teodoro Manrique Antón, Ediciones Encuentro, Madrid, 2015.

Adviento en la montaña es la primera obra del islandés Gunnar Gunnarsson que se traduce al español. Fue publicada originalmente en Alemania en 1936, país en el que, junto con Estados Unidos, goza de gran popularidad; al año siguiente apareció en danés, y en la lengua natal del autor en 1939.

La historia es bien sencilla. Un pastor, Benedikt, acomete su tradicional aventura, que comienza el primer domingo de Adviento, para salvar de la nieve a las ovejas extraviadas y que están destinadas a una muerte segura en el invierno que comienza. Acompañado tan solo de su fiel perro y un carnero manso, se adentra en las heladas montañas del noroeste de Islandia.

El lector desprevenido esperaría encontrar un relato típico de esfuerzo y lucha contra una naturaleza extrema, con un protagonista que resuelve las dificultades gracias a su fortaleza y experiencia… No es un relato de aventuras, sino un viaje interior, en íntima armonía con la creación.

Desde las primeras líneas, Gunnarsson se hace con el lector. Sencillamente, le hace presenciar lo que está sucediendo. Sobra describir a los personajes: realmente se ven en sus actos, en sus palabras, siempre breves. En cambio, no tiene reparos en presentar ampliamente la naturaleza helada y las cambiantes tonalidades de la luz fría del invierno, los pasos altos y los collados batidos por la ventisca y las tormentas que sepultan la luz del escaso sol del invierno islandés.

La naturaleza es un personaje más, un ser vivo con el que Benedikt se relaciona verdaderamente. Es uno de los grandes aciertos del relato: la defensa de la naturaleza desde el amor por la tierra, sin discursos, desde la felicidad del que ha encontrado su sitio. “Sintió una paz plena, una certidumbre que se extendía hasta lo más íntimo de su alma, que todo lo abarcaba, una paz infalible. Al fin había llegado a su rincón predilecto”.

En todo el relato late una intención poderosa: el sentido de la encarnación. En esta nuestra época tan racionalista, donde lo objetivo exterior, no es fuente de conocimiento, Gunnarsson nos regala un relato donde lo real -vecinos, el perro fiel, las montañas, un buen abrigo, la luz del amanecer…- da felicidad. Transparentan esa sencilla dicha los personajes que viven en armonía con la naturaleza, no así los interesados y egoístas. Aquellos traslucen una vida en paz: el sosiego de la verdad.

Quizá se puede destacar, por último, el sentido trascendente, en absoluto moralista o esquemático. También aquí esa verdad en la relación con un Dios cercano y personal, aporta grandeza al relato. Aparece aquí el sentido de la vida como misión, sin razonamientos teológicos, sino fruto de la experiencia, por lo que se revela como misterio. Benedikt no afirma, se pregunta: “¿No está ahí el enigma, en el hecho de que la fuerza creadora viene de dentro, de la negación de uno mismo, y en el de que toda vida que no es sacrificio no es más que una forma de injusticia que nos aboca la destrucción?”.

Francisco Andrés del Pozo
Licenciado en Filología Hispánica


jueves, 10 de diciembre de 2015

Quizás sea cierto

Dicen, y es verdad, que solo el amor y la rabia hacen del hombre algo que merece la pena ser llamado como tal. Me dispongo a relatar los momentos en los que fui, aunque solo durante un periodo efímero, algo parcialmente cierto.

Ocurrió una tarde de 1994 y el mundo, como tenía ya por costumbre, se esforzaba por no sucumbir ante el próximo invierno.

Yo cedía mi alma y mi tiempo a una novela de Zafón, de esas que te llenan la memoria de ideas, el corazón de sueños y el estómago de rabia contenida. Dejaba correr las horas, contento de perder mi tiempo y mi vista ante la susodicha novela cuando escuché que mi madre me llamaba con ese tono de urgencia y compostura reservado a las visitas. Me levanté de mi rincón de lectura, mi mecedora, y casi llorando por dentro aparté la vista de la novela y me recompuse la ropa, intentando sin éxito alejar mi apariencia de un personaje de Lovecraft. Abrí mi habitación con la sensación que tendría un profanador de tumbas al entrar en un sarcófago cerrado siglos atrás. Esperaba que, como siempre que había visitas en casa, mi madre hiciera el papel de anfitriona, relegando toda mi participación a un saludo cortés y a una sonrisa forzada a medias antes de volver a mi novela, esgrimiendo, por supuesto, una excusa medianamente creíble. Y, sin embargo, nunca me sentí tan feliz de cometer un error, pues al fin y al cabo, fue esa visita la que me hizo ser por un momento algo digno de mención.

Ante mí se encontraba la criatura más bella con la que jamás podría haber soñado y eso, viniendo de alguien cuyo mundo se encuentra a medio camino entre Sykem, Narnia y la Comarca, es mucho decir. Aún ahora, años después, no sabría decir si aquel ser era real o la más perfecta de mis fantasías. Tendría más o menos mi edad, aunque no me hubiera sorprendido de que fuese eterna, pues la belleza dura mil vidas habitando siempre en los corazones ajenos. Sus ojos, de un color marrón apagado, eran tristes y a la vez tan atrayentes como el último acto de Romeo y Julieta. Tanto es así que no pude fijarme en nada más en todo el tiempo que pasé con ella, aunque para mí todo el tiempo del mundo habría pasado como un suspiro. Nunca me dijo su nombre y yo no tuve el coraje de mirar a otra parte que no fueran sus ojos, pero lo que sí recuerdo es que, en ese instante, me enamoré de ella y que me juré que volvería a encontrarla. Y así fue, pero esa es otra historia.

Alfonso Pizarro
2º Bachillerato



jueves, 3 de diciembre de 2015

Corazón de luz y ruido

Antes de nada, quiero que sepas que te quiero. Tú me acogiste, te mostraste tal y como eres y por eso me acabé enamorando.

Pero necesito que sepas algo. Echaba de menos compartir el silencio mientras paseábamos, el dejar que la naturaleza hiciese su aportación. También me moría por decirte que toda la luz que emite tu innegable belleza, me obligaba a despedirme de las estrellas, siempre presentes pero apagadas.

Esto no es un “para siempre”, simplemente es la promesa de dos buenos amigos de volver a verse, olvidando aquello que los separó. Porque recuerda que antes del amor, nos unió la amistad, capaz de unir dos almas solitarias.

Contigo he vivido momentos de gran pasión, de insufrible tristeza, y eso mi corazón jamás lo podrá olvidar. Esas cicatrices ya forman parte de mí. Bien sabes cómo soy, cómo pienso. Jamás ninguna otra podría haber hecho que te traicionara. Después de ti, sólo la soledad quedará para ahogar mi sufrimiento.

Tu luz y voz no pueden ser más hermosas, pero a la vez bloqueaban a mi encerrada imaginación, que gritaba desesperada por volar con el viento entre las palomas. Te quiero y siempre te querré, pero el tiempo me ha mostrado la ceguera que acompañaba a tu pasión, y no puedo vivir con ella; aunque sea de tu mano.

Adiós a la que será siempre la ciudad que enamoró a un artista.

Víctor Ortego
Estudiante de Periodismo y Comunicación Audiovisual


martes, 1 de diciembre de 2015

Con el pelo en llamas

Con el pelo en llamas conocí a esa niña. No empezamos con buen pie pero pronto la tranquilidad nos conquistó. Pasamos del humo de frambuesa que no dejaba ver nuestras verdades, al muro donde clavamos nuestras inquietudes e ideologías. Un muro resguardado por una pantalla.

Con el pelo en llamas la vi. Y al verla por dentro supe sentir la bonita poesía que embaucaba sus días y noches. Al mirarla bien, con detenimiento, pude reconocer que sus pecas, juntas, formaban un milagro llamado sonrisa sobre un fondo blanco.

Con el pelo en llamas la comprendí entre jocosas risas y sinceras realidades. Supo enseñarme la relajación y naturaleza con la que hay que tomarse la ruptura de un corazón ilusionado. Con amistad me aconsejó. Y con amabilidad me regaló un objeto vulgar pero mágico para un guitarrista, una púa.

Con el pelo en llamas cantamos. Su dulce timbre acarició mi rota voz. ¡Qué arte!

Con el pelo en llamas, ahora, la admiro. La observo y noto que una parte de mi quisiera adoptarla en mi vida. Creo que sólo con mirarme sabe qué me ocurre. Perdidos en un mar de bromas y hundidos en un charco de momentos inolvidables, nos une una amistad forjada en no mucho tiempo.

Con el pelo en llamas la conocí. Con el pelo en llamas la conozco. Por favor, nunca me separen de ella.

Aarón Toral
1º Bachillerato


miércoles, 18 de noviembre de 2015

Historias en mi piel

Caerán sobre mi piel gotas de tinta, elaboradas con recuerdos de mi pasado. Recuerdos que se quieren y se plasmarán en mi cuerpo, dejando una marca en su camino. La mayoría, por no decir todas, tratarán de amargos recuerdos: pérdidas, caídas, lecciones… Marcas en mi vida que me golpearon con fuerza y cambiaron mi maquinaria. Los engranajes de mi mente, que se volvieron tercos y pesados, me hacen bajar la cabeza más de una vez al día. Miro al suelo, donde me veo reflejado con la imagen borrosa en un charco de lágrimas grises y negras. Cada gota de tinta que aparezca en mi cuerpo traerá consigo una historia, un porqué de querer aferrarse a mí.

La primera de ellas se instalará en mi antebrazo izquierdo. Pergamino antiguo. Sobre éste habrá una frase sellada a fuego: “Siempre escuchas el sonido de mi voz”. Me recordará que siempre estás ahí, machacándome, mi querida conciencia. Tú, que me avisas de lo malo y hago oídos sordos. Que me avisas de lo bueno y no te hago ni caso. Te desesperas conmigo, me susurras, me gritas, te mueves y me agitas los pensamientos, que a veces están de fiesta y, otras, despistados con cualquier sueño. En algunos casos terminas odiándome y me dejas de lado, pero en seguida vuelves, para aconsejarme una vez más en esto de la vida.

Otra gota de tinta caerá en mi hombro izquierdo. Una rosa negra, marginada de los rosales convencionales que envidian su belleza. Buscaba el calor de alguien para poder sobrevivir. Me vio caminando un día y desde entonces me ha estado buscando por rincones y callejuelas, donde solía observarme llorando frente a un espejo roto, tirado en el suelo. Es diferente a las de su familia, a las de su propia casa. Igual que yo. Me hará ver que la diferencia no es mala, sino curiosa. Puede tener un mal aspecto, ser del color al que no estamos acostumbrados a ver. Pero es hermosa. La rosa más bonita que habré visto en mi vida.

La tercera gota se asentará en mi pecho, justo encima de mi corazón. Será rabia, furia, un símbolo de una bestia. Mi bestia interior. Esa bestia que tenemos todos, gobernadora de nuestras pasiones, ambiciones, miedos, rabias… Cuando se la molesta puede hacer mucho daño a la gente que la rodea. Sin embargo, si se la trata bien y se la respeta, puede verse en sus ojos algún ápice de amor o algún rastro de amor perdido.

En mi gemelo derecho aparecerá otra gota. Un lobo. Lobo que aúlla a la Luna tras una partida de caza persiguiendo musas para mis cuadernos. Lobo solitario que necesita grandes tierras donde poder estar tranquilo, al igual que el cuarto de un poeta, un narrador o un compositor. A veces el mejor remedio que tenemos para curarnos de nuestras heridas es la soledad, donde podemos pensar con paciencia aquellas situaciones que inquietan nuestro interior. Aquellas que realmente nos agitan el alma y nos sacan a nosotros mismos tal y como somos al exterior.

La quinta gota llegará la última, al igual que su significado: la muerte. Una calavera que yacerá en mi hombro derecho. Pero no una calavera blanquecina, fría y estremecedora. Será una calavera adornada, colorida, con una pequeña sonrisa de alegría en sus mandíbulas. La muerte puede no parecer bonita. No pretendo pintarla así. Pero, ¿por qué temer a la muerte? Después de todo es ella quien nos libra de las penas de este mundo. Nos libra del dolor, nos aleja de las barbaridades del hombre. Aunque también nos aleja de nuestros seres queridos. Pero de una forma u otra seguimos anclados a esas almas, escuchando sus consejos en el silencio de una noche, o despidiéndose en sueños de aquellos que no tuvieron la oportunidad de hacerlo mientras morían. De todas formas lo peor que le puede suceder es que se conviertan en ángeles, que nos ven y velan por nosotros. Siempre nos preguntamos el porqué de las cosas y no vemos que son ellos los que desatan esos lazos que tanto adoramos y que, por delante, nos están preparando una sorpresa todavía mayor que la que nos dieron anteriormente.

Nacho Sanz
1º Bachillerato