viernes, 7 de octubre de 2016

Una noche en el puerto

Era de noche en el puerto que solo de día visitaba. Las líneas infinitas del mar rozaban el largo horizonte cubierto de nubes, anunciaban una puesta de sol llena de naranja y azul combatiendo por el cielo. Notaba la brisa que llegaba por todos los lados; los pliegues de su ropa iban formando en él la voluntad del viento.

El agua, pensaba él, le podía llegar un poco más arriba de la cabeza. Lo que Daniel le contó en el bus le empujaba a preguntarse por los misterios que habría bajo el mar. Pero aquella conversación fue hace tres meses. Ahora, después de aquel profundo diálogo, iba a despertar algo que no conocía. El rechinar de la madera húmeda, el olor salino y el viento cruel estaban en contra y no hacían sino atrasar y acumular en su imaginación el miedo.

Había dejado aparcado el coche a unos kilómetros porque la arena lo arropaba todo desde muy lejos. El muelle en el que estaba era largo y los años los mostraba en las tablas rotas. Los pilares que venían de lo profundo estaban carcomidos por las almejas y crustáceos. Las viejas cuerdas de botes que ya no estaban, hacían que pareciera un muelle de alguna batalla. La luna ya había llegado sin haberse dado cuenta y, escondida en la neblina, hacía brotar la luz formando en el reflejo del mar una capa sombría. No había pasado más de una hora, la espera se hacía eterna y más aún cuando miraba sin parar el reloj.

Su mirada atravesaba el mar y en él se perdía; se dio media vuelta moviendo las tablas una por una hasta llegar a la arena que enterraba sus pies. Miraba los diminutos granos y se preguntaba por qué no había venido su mejor amigo. Dudaba si había llegado a la hora exacta o si incluso había quedado otro día, pero era imposible. Ansiaba que ese día llegara como ningún otro y allí estaba, cruzando los árboles ya clavados en tierra fértil y dejando atrás aquello que no conocía.

Lo último que quería era volver al pueblo y dejar todo eso en el fondo del mar. Sus pasos disminuían poco a poco y de vez en cuando volteaba la cabeza atrás en busca de algo. Al cabo de un tiempo llegó a un sendero y se dio cuenta de que el sonido del mar se quedaba lejos. En una de esas, tomando el tronco de un árbol para apoyarse y dar una zancada larga, vio una inscripción tallada en la corteza. Era un cincelado en la madera que representaba un nautilo atravesado por un tridente. Las betas en la madera cortada estaban regeneradas por el tiempo. Sin duda alguna, era un grabado que nunca había visto. Ahora, su mirada giró por completo hacia lo profundo del tupido bosque. Sus ojos tan rápidos como sus piernas buscaban entre los espacios de árboles y árboles señales del puerto.

Estaba paralizado por completo e invadido por un miedo abismal, sus ojos temblaban. Su mano derecha cerró su puño y, apretándolo, ciñó su rostro de perdición. Unos abstractos cuerpos al final del muelle cubiertos por una neblina equilibraban el oleaje y no mostraban simpatía alguna. De aquella quietud una efervescencia se mostraba a un lado del muelle. Sin ningún tipo de respuesta conocida, Tom vio cómo un cuerpo emergía del agua. Estaba siendo controlado por aquella forma siniestra que se le acercaba.

Un grito rompió el aire bañado de miedo y Tom, centrando la vista en el cuerpo que identificó como humano, respondió:

-¿Quién eres? ¡Qué es todo esto!

Mientras esperaba una respuesta, escuchó la nítida voz de Daniel suplicando misericordia. No halló consuelo para poder pensar en todo lo que estaba ocurriendo. Y ahora el inhumano cuerpo estrangulaba el cuello de su amigo escapando de su dañada garganta una súplica de ayuda. Tom tomó carrera y sorteando a formas en la niebla abrazó a su amigo en el aire y cayendo ambos en el mar entraban en la misma trampa de la que Daniel acababa de salir.

Su cuerpo, pálido por los momentos de extrema tensión, fue cobrando vida y, cuando logró tomar conciencia, vio lo que los tenía atrapados. En el momento en el que se zambulló y salvó a su amigo, se desmayó, pero no entendía qué lo sacó del agua o dónde se encontraba. Cuando se fijó en la estructura en la que se hallaba, el vértigo atacó a sus sentidos y no cabía ningún tipo de razonamiento. Era una gigantesca bóveda de vidrio sumergida en las entrañas del océano. Una civilización abordaba la superficie submarina y -no importaba desde dónde la miraras- parecía no tener fin.

De pronto, uno de ellos se le acerca y dándole un golpe lo desmaya.

-No deben saber de nuestra existencia -replicó una de las criaturas marinas. Y así, mirando cómo el humano suspiraba profundamente, le borraron la memoria y lo devolvieron a la superficie. Al siguiente día, Tom y Daniel se levantaron y comenzaron sus días como cualquier otro. Como si no hubiese ocurrido nada.

Fernando Guédez
Bachillerato


3 comentarios:

  1. Gran relato. Felicidades Fernando, te aseguro que el inicio te hace estar presente en el puerto, es lo que más me ha gustado.

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  2. Acabo de descubrir este blog por casualidad y me ha encantado. Un saludo!

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  3. Muchas gracias por los ánimos, Puerto. Esperamos que sigas disfrutando.

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