miércoles, 10 de octubre de 2018

San Junípero


Balear de una época pasada tiempo ya,
surcó el mar en busca de una olvidada tierra,
y labró, con gran esfuerzo, con sangre y sudor,
nueva nación con Cristo como único Señor.
Este hombre admirable y digno de santidad
ha sido blasfemado, muerto y sepultado,
¿qué diría él si se viese de nuevo con habla?
Si viera California, "flevit super illam".

Alberto González Jiménez
Estudiante de Bachillerato



martes, 25 de septiembre de 2018

Autorretrato


Mi infancia son recuerdos de temas de Pereza,
y Amaia cantando junto a su Oreja de Van Gogh, 
de mi hermano colgado de su amada guitarra, 
y yo todo el día jugando con el balón.

Son recuerdos de Toledo, Córdoba, y Madrid, 
colegas compartiendo porterías de jerséis, 
frente a clases torrantes que no me hacían reír, 
sobre todo si trataban de hablar Inglés.

No buscaba finales de cuentos ni perdiz, 
es lo bueno de ser niño, reír sin razón.
Con unos padres que siempre me hacían feliz, 
todos recuerdos que almaceno en el corazón. 

Mas sin ser nostálgico, soy feliz ahora también, 
pasado bueno, el futuro por descubrir.
Siempre será una gran foto que me guardaré 
en un cajón para cuando quiera yo volver.

Alberto Díaz-Moreno
Estudiante de Bachillerato



sábado, 21 de julio de 2018

Fiel hasta la muerte


Levanto la mirada y noto cómo el agotamiento va provocando temblor en mis piernas. Veo cómo a mí alrededor se reparten por el suelo los cadáveres de entre diez y veinte enemigos. La sangre sobre mi espada gotea y me mancha las manos dejándolas pegajosas. Restos de sangre y vísceras chapotean bajo mis pies. Dirijo la mirada al este y observo la salida del sol de madrugada. Miro entonces al oeste y veo a mi compañero con una rodilla en tierra, jadeante, agotado pero ileso. Otros tantos cuerpos inertes de enemigos se reparten a su alrededor.

Un cuerno suena a lo lejos, hacia el norte… es un cuerno enemigo. Se aproxima otra oleada de feroces y frescos guerreros a los que derrotar. Miro al cielo e imploro a cualquier dios que me quiera escuchar por un suspiro de fuerza. Necesito una gota de aliento para afrontar esa nueva oleada.

En ese momento, una voz ronca me devuelve a la consciencia:

-¡Eh, vienen más! Si salimos de esta te invito a lo que quieras en la taberna de la cascada.

Miro a mi compañero, ya en pie y con el rostro serio. Nuestras miradas agotadas chocan, pero no podemos evitar una mueca de complicidad. Tantos años de servicio juntos y tantos años antes de la guerra traen demasiados recuerdos.

-Aún recuerdo cuando me abriste la cabeza practicando con las espadas de madera de mi tío Fausto. Conservo esa cicatriz y tantas otras... -suspiro provocando en él una carcajada.

Se acerca a mí limpiándose la sangre de la cara con el reverso de la mano y tras un amistoso golpe en el hombro empuña su espada.

-¡Vamos a darles duro a esos malnacidos!

Con esas simples palabras me devuelve el valor y la fuerza, porque no hay nada que pueda animar más que saber que alguien en quien confías se entrega al mismo propósito que tú. Y con esto se lanza al combate gritando ferozmente. Detrás de él todo el ejército vuelve a la carga y yo, con los ánimos repuestos, le sigo de cerca para cuidar de él como juré y cumpliré siempre.

Marcos Táuler Ullivarri
Estudiante de Bachillerato



miércoles, 11 de julio de 2018

Sol la si do


Una suave lluvia de acordes. Una leve melodía que navega con delicadeza por la habitación.

Sol la si do, la vieja guitarra sigue pronunciando su fraseo, sigue perpetrando en ti que escuchas atento lo que tiene que decir, lo que tiene que mostrar, lo que tiene que recordarte.

Sol la si do y vuelven imágenes borrosas a tu mente. Una cara inocente, una olvidada sonrisa en el fondo del cajón, una tarde de invierno...

Sol la si do, una lágrima derramada y una carcajada nostálgica. Un apenado rostro, alegrado por un desgastado recuerdo de la infancia, que saca tu sonrisa a bailar como en un lejano juego de niños que apenas recuerdas, lleno de praderas verdes, sonrisas maternas y libres aires.

Sol la si do y un abrazo, un adiós, un largo viaje.

Alberto Díaz-Moreno Sánchez
Estudiante de Bachillerato



martes, 15 de mayo de 2018

Dos


Dicen que la esperanza y el amor transforman al hombre, volviéndolo algo que merece la pena ser llamado como tal. Me dispongo a relatar uno de los momentos en los que fui, aunque sólo por un instante, algo digno de mención.

Ocurrió un viernes de 2001, y la luna, blanca y redonda, pintaba de ámbar las farolas fundidas.

Eran las 4 de la mañana y yo llevaba bebiendo desde las once. No porque disfrutara del sabor del alcohol o porque estuviera celebrando algo, sino porque necesitaba beber. Ansiaba el ardiente beso de la botella en mis labios, el amargo rascar del líquido sobre mi garganta, pero sobre todo, ansiaba esa sensación de desapego, esa dulce promesa de unas horas en blanco, esa invitación a alejarme de una vida pesada y agónica. En definitiva, ansiaba olvidar, y parecía que, al menos durante esa noche, lo había conseguido. Me equivoqué de plano, y doy gracias por ello.

Volví a verla. Más adulta, menos etérea, pero igual de bella, si no más. Estaba en un garito del centro, apoyada en la barra.

Me sorprendió que me reconociera, pues poco quedaba del niño que la vio por primera vez. Las novelas ya no eran para mí promesas de universos nuevos y hacía siglos que no sentía el impulso de pasar páginas. Mi amor por las historias se había consumido, ahogado por una vida de fechas de entrega, trabajos urgentes y obligaciones insulsas. Estaba convencido de que jamás volvería a soñar y, sin embargo, ahí estaba, hablando con una fantasía, la más hermosa que había visto en toda mi vida.

Recuerdo su aroma, aquel perfume de flores y tinta, de polvo y mentiras. El olor a novela.

Aquella visión duró poco, pues tras apenas un suspiro, desapareció entre las luces del alba.

Esa fue la última vez que necesité beber. Juré que consagraría el resto de mi vida a ella, que la hallaría de nuevo y que cuando lo hiciera, sería lo suficientemente capaz de declararle mi amor.

Y lo hice, pero esa es otra historia.

Alfonso Pizarro
Estudiante de Filología Hispánica



viernes, 20 de abril de 2018

Letras


¿Qué es la locura sino lo que los supuestos rectos de moral llaman imprudencia? Pues que sepan, señores aburridos, que en mi mapa del desequilibrio mental tengo una larga historia que contaros.

Bajo el sol ardiente del verano antiguo he surcado las aguas en el barco de mi compañero Eneas, el cual me narraba sucesos en las noches de diluvio a la luz de las velas casi consumidas; historias de criaturas acuáticas, de amor fraternal, de guerra encarnizada y de lo atrevido que hay que ser para surcar las aguas del misteriosísimo mar Mediterráneo.

Con pasión y con sentimiento he oído a William Wallace arengar a sus compatriotas en las tabernas escocesas con barriles repletos de cerveza y corazones colmados de ilusión. Hemos cantado todos abrazados esas letras que hacían vencer a ejércitos que nos doblaban en número, con amistad, coraje y humildad. Las amistades se desvanecían por el hierro y el acero ingleses y miles de vidas llegaban a su fin, pero lo que nunca oí o vi que se desvaneciera era su ansia por la libertad.

He vivido un amanecer en una trinchera al azar de la artillería enemiga con el corazón en un puño, y con mi suerte y la fortuna o desgracia de muchos siendo apostada en salones reales; en palacios donde reina más la cobardía que el amor, donde impera arriesgar las vidas de los demás por absurda diplomacia. Hombres de patria que eran convencidos de luchar por su país, cuando por lo que de verdad peleaban era por un rey repleto de codicia y avaricia con muchas artimañas y trapos sucios para convencer a sus súbditos.

He visto en aquel hombre indio, con más huesos que carne, el verdadero rostro de la humildad, de la paz, del servicio a sus iguales. También la lucha desarmada contra oportunistas sajones ávaros con ganas de saquear el mundo entero sin importar la manera de llevarlo a cabo.

Hablemos de compartir con Víctor Hugo palabras sobre amor, sobre liberación; con Ulises he bebido de las cráteras de vino mezcladas por los cíclopes; he brindado mi jarra de cerveza con la de Erik el Rojo; he observado el Nuevo Mundo con Darwin; he subido y he bajado del Olimpo decenas de veces y aun así seguiré siendo un loco, pero en lo que admito haberme convertido y nunca dejaré de ser, es en un patriota de aquellas que permanecen inmóviles ante los vaivenes del tiempo, las que son indiscutibles, las que me han cautivado -no hablo de locuras-, las letras.

Rafael Álamos
Bachillerato



miércoles, 7 de marzo de 2018

Noche de octubre


Es probable que nunca pueda olvidar los hechos acontecidos la madrugada perteneciente al 22 de octubre de 2006.

Para mí el 21 no fue un día especial. De hecho era un día completamente ordinario.

Unos compañeros y yo quedamos para tomar unas cervezas tras una jornada atareada en un periódico en el que solía trabajar por aquel entonces. Fuimos a un bar a las afueras, lejos del curro y cerca de la residencia de uno de ellos, Jaime, el encargado de las erratas, ya que decidió invitarnos por el inminente nacimiento de su segunda hija.

Ya bien entrada la noche y viendo que las nubes empezaban a cubrir la luna, decidimos no arriesgarnos a conducir con lluvia, terminar la velada, pagar la cuenta y regresar a casa. Volví en el coche de Javi, mi compañero en la sección de logística, junto con Miriam, una recién graduada que llegó hace poco a nuestra plantilla. He de reconocer que por aquel entonces estaba un poco colado por ella. Solo era dos años menor que yo y, a pesar de no poder ser descrita como una belleza, tenía los ojos de un azul precioso.

Durante el trayecto me dediqué a charlar con ellos sobre temas relacionados con el trabajo, en especial sobre nuestro jefe. En un momento dado en el que la carretera cruzaba una zona boscosa, más o menos a mitad del viaje, las nubes se retiraron del cielo nocturno, dejando la luna de nuevo al descubierto.

Entonces, en la lejanía del asfalto desierto, los tres contemplamos como surgió una débil luz rojiza que se acercó a gran velocidad. No nos dio tiempo a extrañarnos debido a su color o a plantearnos qué era. Antes de darnos cuenta, demasiado rápido como para que aun ante la luz de los faros pudiéramos ver con claridad de qué se trataba, apareció frente a nosotros y, tras un fuerte impacto, mi conciencia se desvaneció.

Cuando desperté, asumo que poco después de la colisión, me encontré al vehículo a un lado de la carretera, empotrado contra un árbol. Javi no había recobrado la conciencia, pero por lo que pude comprobar, no sufrió serios daños, solo unas cuantas contusiones. Lo alarmante era que Miriam, la única que viajaba en los asientos traseros, no se hallaba por ningún lado y la puerta derecha de atrás, la que daba al lado del bosque, se encontraba abierta.

Salí del vehículo y pude comprobar que el accidente no era tan grave como debería haber sido tratándose de una colisión frontal, pues aunque el coche había sufrido severos daños, estos solo se limitaban a la parte del parachoques y del capó, dejando el motor casi intacto. Aun así no pude evitar preocuparme más ya que Miriam no estaba por ningún lado.

En ese momento, escuché como un golpe que provenía de la espesura. Sin pensarlo mucho, ya que la preocupación excedía a mi miedo y realmente no me encontraba en plenas facultades tras el impacto, me adentré en el bosque sin dudarlo. Tras recorrer unos 40 o 50 metros, contemplé una escena que incluso ahora no puedo olvidar.

Bajo la tenue luz de la luna me las arreglé para ver con claridad el monstruoso cuerpo de aquella cosa. Su forma general se asemejaba a un lobo o perro asumiendo que los perros miden unos tres metros de alto y casi seis de largocubierto desde los pies hasta la punta de su larga cola por algo que parecían escamas de un tono negro metálico. La parte más aterradora de él no era su corpulencia, o sus fieras garras capaces de despedazar con facilidad a cualquier ser vivo que se cruzara en su camino, sino su terrible rostro. Poseía dos grandes colmillos que ascendían desde sus fauces y, lo más terrorífico, en el lugar donde en un mamífero, ave o reptil se hallarían los ojos, este ser tenía dos largas protuberancias, similares a cuernos, que se curvaban hacia atrás más allá de su lomo. Entre ellos se encontraba una especie de rombo luminiscente de color rojizo en el que pude vislumbrar unos extraños símbolos o runas que no supe reconocer, pero cuyo simple recuerdo por alguna razón me llena de repulsa y espanto.

Sin embargo, lo que más me marcó esa noche no fue la visión de esa temible y grotesca bestia o el pútrido olor a carroña que desprendía, sino el frágil cuerpo hallado bajo sus letales garras. Pude ver a Miriam, con una expresión de agonía, mirándome aterrada. Había sangre en la comisura de sus labios. La enorme presión de las zarpas la estaba ahogando. No podía respirar. Al verme se movió tratando de llamar mi atención. Yo me quedé paralizado. El miedo tomó el control.

¡Crack!El sonido más terrible que alguna vez he escuchado retumbó en el bosque.

Las garras hicieron presión y su pecho se derrumbó. Me miró por última vez con ojos suplicantes. No pudo volver a respirar. Dejó de moverse, estaba muerta.

Contemplé cómo la bestia arrancó y se dio un festín con una de las piernas de mi compañera. Después torció la cabeza en mi dirección. Había restos de carne y sangre en sus colmillos. En ese momento recuperé la razón y relacioné la luz que nos embistió con aquel macabro y brillante rombo en su frente. Recuperé el control de mi cuerpo. Me di la vuelta y corrí. Escuché un fuerte silbido a mis espaldas y noté un gran escozor en el brazo izquierdo. No me molesté en comprobarlo, solo seguí huyendo. Desconozco cuánto tiempo pasé tratando de alejarme de esa cosa, pero en algún momento perdí la conciencia.

Cuando desperté me hallaba desorientado en un hospital. Al preguntar a una enfermera, me contestó que había sido encontrado a unos dos kilómetros del accidente por una persona que por allí pasaba. Me encontró en un estado desastroso, casi desangrado debido a tres profundas laceraciones en mi antebrazo izquierdo.

Pasé una semana allí. Pronto recibí noticias de Javi. Estaba en el mismo hospital y se encontraba en un estado visiblemente mejor al mío. La razón por la que no le habían dado aún el alta era porque se encontraba en observación tras la fuerte contusión en la cabeza. Lo extraño, y el inicio de mi calvario, comenzó cuando le pregunté sobre Miriam.

¿De qué estás hablando? ¿Quién es Miriam? No me suena, ¿no te habrás dado tú también en la cabeza?Contestó él, mirándome como si estuviera loco.

En un principio asumí que el choque le había afectado y no volví a sacar el tema, pero tras unos días me empezó a extrañar. Miriam había sido asesinada y devorada de forma brutal y nadie venía a interrogarme sobre el tema, ni siquiera la propia familia.

Lo más chocante fue tras salir a la semana del hospital y volver al trabajo. Contemplé horrorizado como allí nadie parecía saber sobre ella. Durante un tiempo este asunto me obsesionó hasta tal punto que Javi, Jaime y el resto de compañeros del periódico dejaron de hablarme. Decían que el accidente me había afectado algo en la cabeza. Traté de investigar, pero en realidad no la conocía desde hace mucho y todos los documentos relacionados con ella habían desaparecido como por arte de magia. Antes de empezar perdí el rastro. También traté de investigar sobre la bestia, pero no hallé ni una sola leyenda que dejara constancia sobre una criatura similar a ella.

También, y con regularidad, fui asaltado por fuertes, cruentas pesadillas relacionadas con aquella noche. Mi salud tanto física como mental empezó a declinar. Debido a mi lastimoso estado perdí el trabajo en el que había invertido casi cinco años.

Con el paso de los años, y tras estar un tiempo ingresado, logré recuperarme en parte.

Un día me armé de valor y volví al lugar del accidente. Vi dónde nos estrellamos y volví a contemplar con mis propios ojos el lugar en el que Miriam fue asesinada. Sin embargo, y aunque el lugar coincidía con el grabado a fuego en mis recuerdos, no encontré nada. Absolutamente nada. No hallé marcas de garra, ni algún resto de Miriam. En verdad no sabía qué esperaba encontrar.

Entonces empecé a cuestionarme si había sido todo un sueño o si, en verdad, era yo el loco y Miriam era una especie de personaje creado por mi imaginación.

Pero no podía engañarme. Cada vez que tenía ese tipo de pensamientos solo bastaba con mirar las tres horribles cicatrices que cruzaban mi antebrazo para que se esfumaran. Al parecer, y según los expertos que afirmaron algo que yo ya sabía, este tipo de marcas son propias de las zarpas de un gran animal. Hasta los cirujanos estaban estupefactos sobre el tipo de criatura que me las había hecho y, sin embargo, cuando decía la verdad, nadie me creía. Es bastante irónico que la marca de la bestia sea lo que más me ha ayudado a lo largo de estos años a mantener la cordura.

Desconozco cómo sobreviví esa fatídica noche, pero con el tiempo llegué a la conclusión de que aquella bestia simplemente no estaba interesada en mí. La pobre Miriam desapareció completamente de este mundo. No, lo correcto sería decir que fue borrada. Creo que ese día la bestia devoró algo más que su cadáver. También me hallo confuso sobre la razón por la cual solo yo puedo recordarla.

Desde ese entonces, incluso ahora y es probable que durante el resto de mi vida, veo en sueños ese par de hermosos zafiros luminosos, hundiéndose con lentitud en un profundo pozo llamado desesperación, hasta finalmente apagarse.

Se extinguen por completo, sin dejar rastro al igual que ella.

Fernando García Caraballo
Ciclo Formativo de Grado Superior