domingo, 29 de marzo de 2020

Entrevista a José Jiménez Lozano


Hace unas semanas falleció el escritor José Jiménez Lozano. Por su interés y como homenaje reproducimos aquí una entrevista que le hicimos en Perkeo en el año 2007.


Alcazarén (Valladolid), sábado 19 de mayo de 2007. El sol se pelea con las nubes. Don José nos recibe con su chaqueta marrón, camisa azul, mirada astuta y sonrisa sincera. Los libros se desbordan por el despacho y la luz se filtra entre las blancas cortinas. José Jiménez Lozano es Premio Cervantes de las Letras 2002. Su vida ha transcurrido entre el periodismo y la literatura. Brillante y profundo, es autor de más de cuarenta títulos entre novelas, diarios, poesías, cuentos…

Perkeo- Ante el panorama actual, cabe la tentación de apartarse de la vida activa, quizá movidos por el desánimo. ¿Es posible conjugar una vida contemplativa e intelectual con una vida hacia fuera? ¿Se debe?

José Jiménez Lozano- Pienso que no se puede dar una contestación con validez general. Cada quien es cada quien, comenzando por las aptitudes que se tienen y luego por su visión personal de las cosas. Y ciertamente será posible para algunos tener una dedicación intelectual o incluso contemplativa en el sentido más fuerte de la palabra y una vida activa. Y sobran ejemplos en el pasado, tanto lejano como inmediato. Otros no podrán. Pero, en todo caso, no veo que en este plano de cosas exista una obligación en ningún sentido, salvo si nos ponemos a hacer hipótesis y llegamos a un caso singular en unas circunstancias igualmente singulares. Como cuando hasta Spinoza quiso ir a manifestarse públicamente contra la bruticie política, los que él creía ultimi barbarorum. Su patrona se lo impidió, afortunadamente…

P- Hoy en día se corre mucho, especialmente en las grandes ciudades, y se tiende a la superficialidad. ¿Cómo ser capaz de escuchar el hablar de las cosas al que se refería Rilke, el hablar de los árboles, de los pájaros, de la Naturaleza?

J.J.L.- Siempre se ha corrido mucho en las ciudades pasadas, y en los pueblos, y también se sigue corriendo mucho ahora, aunque no se vaya a ningún sitio. Pero, desde luego, siempre se ha tendido, se tiende y se tenderá a la superficialidad. La mayor desgracia del hombre, decía Pascal, es que no se atreve a quedarse a solas en su cámara, lo que quiere es dis-traerse de tener que pensar en la naturaleza trunca de su vida. Todos. Y de los reyes, dice también con igual realismo que serían los seres más miserables de la tierra si no vivieran en medio de dis-tracciones, desde la política a las fiestas.

Otro asunto es ese de sentirse acompañado por la Naturaleza, pero no lo pondría yo en relación con la superficialidad. Un espíritu más profundo ve y entiende todo más profundamente que un espíritu superficial; pero luego están también las circunstancias y los dones personales, y un don es la capacidad de acercarse a la Naturaleza y los seres vivos.  Pero es claro que a un paisaje, a un pájaro, a un árbol, y a las cosas en general les ocurre lo que a las viejas posadas españolas, que disponían de lo que llevara el viajero, y aquéllos nos dirán lo que llevemos dentro. Un cestillo con unos limones a Zurbarán le dijeron muchas cosas y él nos lo dijo en su pintura; y a cada cual dirán lo suyo, o nada. Pero nunca sabremos lo que dicen a gente que ni escribe ni comenta con palabras, pero a veces se queda uno más que sorprendido si se entera. Y claro está que sin duda se trata de un espíritu más profundo.

P.- ¿Cómo conseguir, de acuerdo con la parábola de Kierkegaard, no convertirse en una oca de corral?

J.J.L.- Se refiere usted, sin duda, a la parábola de las ocas salvajes que quisieron enseñar a las ocas domésticas, bajaron para ello al corral donde aquéllas estaban y allí se quedaron, se supone que porque tenían el pienso asegurado y la vida cómoda. La receta es no bajar al corral, sino hacer saber a las ocas domésticas que pueden volar, pero que, si quieren hacerlo, tendrán que salir del corral y aprender, advirtiéndolas, a la vez, que el pienso no es seguro. Lo de bajar al corral está siempre muy expuesto a quedarse en él.

P.- ¿Está Europa en un fin de ciclo? Si es así, ¿cuáles son los síntomas? ¿Se puede reconstruir un futuro a partir de los escombros de la modernidad?

J.J.L.- Podemos decir que es el fin de una cultura por fascinación hacia el suicidio; esto es, por la liquidación a conciencia de la cultura heredada que se reniega, por cansancio y por aquel sentimiento de aventura de quienes, como lo tienen todo, se aburren, que era lo que extrañaba a un rey bárbaro, Teodorico, que decía que los romanos idiotas querían ser bárbaros, pero que los bárbaros listos querían ser romanos.

La última vez que Europa se enfrentó a un desafío y luchó, aunque de mala gana, fue contra Hitler; pero ahí tiene usted instalado a este señor, ya que instaladas están ahora la eugenesia, la eutanasia y otras mil manipulaciones sobre la vida y la muerte que le hubieran encantado. Y hasta con toda honorabilidad intelectual.

Así que lo que pasa es que el fin de la vieja cultura es el fin de la cultura, sencillamente. Al paso que vamos, en una hipotética restauración de la razón y de la sociedad humana, se va a tener que comenzar hasta por la restauración también del tabú del incesto y del asesinato.

La famosa modernidad es pensamiento hasta hace poco débil y creo que ahora dicen líquido, y para construir no es material muy compacto, me parece. En realidad sólo es un disolvente, y en ése es en el que cultura y civilización están liquidándose.

P.- ¿Qué ha pintado España y qué pinta en el panorama del pensamiento universal?

J.J.L.- Entiendo que no habla concretamente de filosofía. La cultura tradicional española fue y es algo muy importante en el mundo entero. Otro asunto es que en el mundo moderno y actual sean muy diferentes las cosas, y todo es como si hubiésemos decidido no sólo que “inventen ellos”, que decía Unamuno, sino incluso en este plano de cosas. Pero también seguimos siendo un poco catetillos, que se quedan con la boca abierta ante un nombre y una obra en lengua ajena, si es que no hemos renunciado incluso a la lengua.

Pero en el mundo de la cultura, incluidos el mundo del pensamiento y de la ciencia, hay gentes españolas que tienen su solidez y cuentan. Otra cosa es que no suenen ni resuenen, o no sean monumentos públicos ni espectáculos que salen en los periódicos y en la televisión. Y otra cosa es también que es una minoría, que, para los españoles, es como si no existiera, y que nuestro nivel cultural general sea tan enteco y triste.

P.- ¿Escribe a pesar de o porque es cristiano, como decía Flannery O'Connor? ¿Existe una literatura cristiana, unos escritores cristianos, una intelectualidad cristiana?

J.J.L.- Vamos por partes. Mis amigos de Port-Royal contestarían que escribir o pintar son cosas de mundo, y que incluso pertenecen al “uso delicioso y criminal del mundo”, e hicieron amargas cuentas con los faiseurs des romans, cuando riñeron con Racine, que era de la Casa. Y hay aquí una verdad esencial: esto de escribir no tiene que ver nada con la fe cristiana, como de la pintura misma dijo el Papa Gregorio I cuando se la quiso hacer religiosa como en Oriente. Y en Occidente no hay pintura religiosa, sino pintura de asunto religioso, que no es lo mismo. Porque pintar, como escribir, es asunto mundano, y no comenzó desde luego con el cristianismo.

En primer lugar, pues, hay literatura de asunto cristiano. En segundo lugar, claro que hay literatura cristiana: hay literatura hecha por cristianos, y hay una temática e incluso planteamientos teológicos cristianos, o una simbología cristiana, en obras literarias hechas por no cristianos; y, en este sentido y sin ir más allá, el pasado año, por ejemplo, se ha traducido entre nosotros Hogueras en la llanura de Shohei Ooka, que, por cierto, prologué yo mismo. En tercer lugar, naturalmente que ser cristiano, como no serlo, implica una mirada distinta sobre el mundo, y que eso se nota. Y así, por ejemplo, no hay que  andar haciendo muchas averiguaciones críticas, o plantearse los gratuitos problemas del señor Harold Bloom acerca de lo que puede significar que en Shakespeare no haya una explicitación de tipo religioso, o andar buscando la denominación religiosa de Shakespeare, que ciertamente nos lleva a la conclusión de que pertenecía a una familia de recusantes de la Reforma en Inglaterra; lo que es claro es que su ojo y su sentir son papistas, con sólo comprobar cuánto ama la belleza del mundo.

Por lo demás, decir que un escritor es católico o cristiano es un equívoco. Mauriac decía divertidamente: “No hay escritores católicos, ¡si lo sabré yo que soy uno de ellos!”, y, aun así, no faltó, en su caso como en el caso de Graham Greene, quien les negase la condición de católicos perfectamente ortodoxos, y no la de escritores, desde luego.

Otro asunto es que para Flannery O´Connor su oficio de escritora resultara ligado a su fe. Es un asunto personal, como Bernanos mismo tenía una cierta conciencia de vocación y misión cristianas.

Por lo demás, en la Europa de entreguerras y de después de la Segunda Guerra Mundial, el catolicismo tuvo una honorabilidad intelectual y cultural muy altas, pero en España nunca se dio esto, y ahora el adjetivo de cristiano o católico es sólo una estrella amarilla. Y en cuanto a lo de intelectual católico le diría que quizás ya hay demasiados de los otros –le Partí Intellectuel que decía Pèguy, como para añadir más.

P.- Ha citado a Du Gard para decir que “andar en literaturas” es “como entrar en religión” y que “lo demás es jugar a las canicas, que, aunque sean de marfil, canicas son”. ¿Cuáles son las exigencias de la vocación de “escribidor”?

J.J.L.- Lo que Martín du Gard decía con ese símil es simplemente que escribir es que el narrador debía desprenderse de su yo, y tener la humildad de quien entra en religión, porque, si no, lo más probable es que haya escritura-olimpismos pero no narración ni escritura literaria.

P.- Aunque suene a entrevista al uso: díganos algunos referentes inexcusables para estos tiempos de mediocridad intelectual y literaria.

J.J.L.- Tenemos unos varios miles de años de escritura detrás de nosotros, y Gadamer decía que bastaba con leer libros de hace dos mil años; aunque, por mi parte, yo rebajaría el plazo e incluiría también los libros de los amigos. Y, desde luego, sean como sean los tiempos, pienso que es bastante voluntarista tanto el pensar que el presente es una decadencia y mediocridad, y la plenitud estuvo en el pasado, como pensar que ésta está en el presente y en el futuro. Lo que ocurre es que en el único lugar en que podemos apoyarnos es el pasado, que nos ofrece los ojos de los muertos para ver mejor, como diría la madre de Pirandello en un maravilloso cuento. Y ahí, una historia bíblica, una lauda romana, un poemilla chino o japonés, un texto de cual otra clase, de hace miles de años, o de anteayer, pueden iluminarnos de por vida. Y hay donde escoger, desde luego. Cada cual se hace su familia espiritual, y por eso hay que conocer gente, y desde luego también fuera del círculo de los que se pregonan.

miércoles, 4 de marzo de 2020

Tuareg


El tuareg estaba gravemente herido y sediento, y sus pies plagados de callos y ampollas le impedían dar un paso más sin aullar de dolor. Su kaftán turquesa característico de su gente ahora estaba tan lleno de polvo y barro como su propia cara tostada por el sol. Se desplomó bajo un árbol de argán y esperó su muerte en aquellas montañas y precipicios áridos propios del Alto Atlas. Pensó en la voluptuosa mujer morena que jamás amaría y en el hijo que ya no tendría nunca. Pensó también en su mísera alma abandonada en la inmensidad vacía del desierto y en cómo el Profeta -que la Paz sea con Él- le maldecía con sorna desde aquel Paraíso que nunca alcanzaría. El nómada, extraño en una tierra extraña, cerró los ojos por última vez y esperó a que la gélida brisa de las noches marroquíes le matase. La cúpula celeste, como dándose cuenta del espectáculo que sucedía bajo ella, se transformó en una bellísima mortaja para el moribundo. Una franja perfectamente roja como el azafrán cubría ahora las cimas de las colinas rocosas del horizonte, seguida por un verde suave coronado por un negro cielo salpicado de estrellas.

Alberto González Jiménez
Estudiante de Bachillerato



miércoles, 19 de febrero de 2020

Habitaciones


Caigo en algo blando. Abro los ojos. Miro a mi alrededor. Estoy recostado sobre algo blando: hojas. Muchas hojas secas y partidas en cachos muy pequeños, minúsculos. Respiro y huelo un olor peculiar. Té. Eso son las hojas donde he caído, hojas de té. Me incorporo, haciendo que todas las hojas sobre las que estoy apoyado crujan en conjunto.

Cuando mis ojos se acostumbran a la oscuridad que me rodea, observo que estoy rodeado de cuatro paredes, sin puerta, que parecen infinitas en altura. El montón de té sobre el que he caído estaba en una esquina de la habitación. Delante de este hay varios mapas y una pizarra con una línea temporal de la historia de la humanidad. A parte, en otro rincón, hay un diccionario de latín y otro de griego. En una mesa hay una videoconsola, con muchos juegos. El suelo es duro, parece que está compuesto de baldosas de cuero. ¿Baldosas de cuero? Es la primera vez que las veo y no me son nada conocidas. Me acerco para comprobarlo, y descubro que cada baldosa tiene un título. La Ilíada, El burlador de Sevilla, la Odisea, Romeo y Julieta… En ese momento me doy cuenta de lo que son realmente: libros. Libros clásicos, sobre todo. Me acerco a las paredes y siguen siendo libros. Cada pared tiene una temática: policiacos, fantásticos, románticos e históricos. ¿De qué temática serán los del techo? Al hacerme esta pregunta, toda la habitación empieza a dar vueltas. Me mareo tanto que acabo inconsciente.

Me despierto en un lugar con mucha más luz. Este habitáculo es muy grande comparado con el otro. Hay dos hileras de bancos a mis lados, estoy en medio del pasillo central. El techo es alto pero visible: tiene una cúpula con una paloma pintada en el centro. Me baña un rayo de luz solar, del que me aparto rápidamente porque me molesta en los ojos. Detrás de los bancos hay columnas. Me fijo en las paredes, que, cómo no, tampoco tienen puerta, pero tienen cuadros de la Virgen María y Jesús. También una del Pilar. Huele a incienso. Para comprobar mis sospechas, voy al frente del edificio. En efecto, se trata de una iglesia, porque hay una gran cruz. Se encuentra donde se supone que debe estar el altar. En este momento estoy confuso, pero creo ver una persona colgada de ella. Sacudo un poco la cabeza y dirijo la mirada otra vez hacia la cruz. En efecto, Jesús está clavado en ella. De repente, se deshace del clavo de una mano y me la tiende, para que yo me agarre a ella. Lo hago sin el mínimo titubeo, al instante. Entonces me vuelvo a dormir.

Cuando recobro la conciencia, no me apetece abrir los ojos. Estoy cansado y no quiero ver más habitaciones. Pero el intenso olor a azufre y mi curiosidad me incitan a abrirlos. Mientras lo hago me pongo de pie. Esta ya no es ninguna habitación, es todo un mundo. No hay ni paredes ni techo. Estoy sobre una pequeña isla de piedra, sobre un río de lava. “Me he vuelto loco”, empiezo a decir. Cuando llevo un rato ahí subido, se acercan tres demonios. Cada uno lleva un cartel en el pecho. En uno pone pereza, en el otro impureza y en el último gula. Empiezan a pegarme, a arañarme. Después de un intento de defensa inútil, me tiran al suelo y se ríen de mí. Se alejan en la misma dirección en la que va el cauce de la lava. Poco después, a lo lejos, veo las dos habitaciones en las que he estado. Esos mismos demonios las están derribando y, cuando me ven, me lanzan pedazos de ellas. Me atormentan hasta que caigo por una pequeña catarata, donde me estampo duramente contra el suelo. Ahora entiendo todo. Me pongo a llorar como nunca lo había hecho. En ese momento comprendí el sueño: era yo. Estaba hecho polvo por dentro, no estoy dispuesto a levantarme, me siento demasiado débil y humillado. Vuelve Jesús, que antes me ha dormido. Me mira con cara de simpatía, perdón, y me extiende otra vez la mano para cogérsela. Pero yo soy incapaz de darle la mano. Ahora ya no.

Despierto en mi cama, mi madre me llama para ir a desayunar. Toda la almohada está mojada y noto que he estado llorando. No ha sido un sueño. Tengo que cambiar.

Alberto Nieto Zuya
Estudiante de Bachillerato



miércoles, 15 de enero de 2020

Triste felicidad


Bienvenidos al Reino del fuego, una tierra seca y ennegrecida en la que hace mucho calor. Su fauna consiste en animales carnívoros con aspectos horrendos y gigantescos que se alimentan de lava y carne. En cuanto a las plantas sólo hay un tipo y es el lignum ignis, comúnmente conocido como “árbol de fuego”, y se caracteriza por dar tres tipos de fruta. La primera, y más abundante, es una con forma esférica de color rojo que pica mucho; la segunda, y menos frecuente que la anterior, es una morada que es mortal a la hora de ingerirse; y la más difícil de encontrar y con mejor sabor, es la de color verde, que tiene forma de estrella y un sabor exquisito.

Este reino es gobernado por Calcifer, el rey más grande de todos los que ha tenido el Reino del fuego. Es un señor de presencia imponente. Por pelo tiene unas brillantes llamas azules. Su piel es blanca como la nieve, lo cual es muy extraño para su tierra, donde la gente suele ser de un tipo de piel más oscura. Sus ojos son del mismo azul que su pelo y su rostro siempre es sereno. En todo momento viste con un traje negro, con algún bordado rojo y lleva un bastón en el que hay un enorme rubí. En cuanto a su carácter, tiene muy poca paciencia y cuando se enfada incinera lo primero que alcanza. Está casado con Lucrecia, conocida popularmente como la “Emperatriz del fuego”. Es muy bella, pero es mala y tiene cierto punto de locura. Tienen una hija llamada Flamia, que es muy bondadosa y es espectacularmente hermosa. Mucha gente ha intentado pedir su mano pero Calcifer los acababa incinerando a todos, porque dice que no son lo bastante buenos para su hijita.

Calcifer siempre ha querido una cosa y es llorar, lo cual puede parecer un poco absurdo. Porque claro, cómo va a llorar el señor del fuego si la lava más caliente fluye por sus venas. He de decir que a él eso le daba igual, y para conseguirlo hizo un concurso en el que daba como premio la mitad del tesoro real a quien le hiciese llorar. Enseguida mucha gente se movilizó y empezó a participar. Nadie conseguía hacerle llorar y se empezó a hartar. Le habían representado todas las obras de teatro más tristes y le habían recitado las poesías más conmovedoras; la gente estaba ya tan desesperada que empezaron a contarle chistes para ver si lloraba de la risa. Hasta que llegaron esas tres personas… Eran unos extranjeros, parecían del Reino del agua, debido a sus elegantes gestos. A sus espaldas dos de ellos llevaban una especie de maletines negros y uno llevaba una cajita en la mano. Este subió primero al escenario seguido de los otros dos. Puso la cajita en el suelo, susurro un hechizo en voz baja y la cajita se transformó en un elegante piano de cola negro. Los del Reino del fuego estaban asombrados. Después los otros dos sacaron una flauta y un violín. Calcifer y el resto de espectadores estaban muy extrañados porque no habían visto nada igual en su vida y no sabían qué iba a pasar.

El hombre del piano anunció que iban a representar una composición llamada “Triste felicidad”. Toda la sala estaba expectante. El hombre del piano se sentó en un taburete que tenía detrás, hizo un gesto a sus dos acompañantes y comenzó.

De repente el piano hizo sonar unas agudas notas melancólicas con un ritmo pausado que profundizaban en el alma del oyente. Poco a poco las notas se iban volviendo más graves para dar paso a la aguda flauta, que le estaba quitando protagonismo. El sonido de la flauta intentando tapar al piano, te producía un sentimiento de impotencia, al ver que no podía contra el piano. Este pasó a tercer plano por culpa del sonido del violín que paulatinamente ganaba terreno con ese triste tono. Acto seguido el violín subió el volumen echando a la flauta y el piano intentó no dejarse ahogar por ese trágico sonido. El sonido del violín en ese momento era un llanto de tristeza acompañado por los pasos melancólicos del piano a los que se les unió la soledad de la flauta. Poco a poco la flauta dejó de sonar y el llanto del violín se apagó y de ese modo solo prevaleció la triste caminata del piano que iba profundizando en nosotros.

Al terminar no hubo aplauso alguno, solo se vio una lágrima caer por la mejilla de Calcifer.

Alejandro Caño Díaz
Estudiante de Bachillerato



miércoles, 18 de diciembre de 2019

Libros en Londres


En el centro de Londres, en una de sus callejuelas cercanas al río Támesis y a la catedral de San Pablo, vivía un señor muy viejo. Nadie conocía su edad, pero sabían que era muy viejo. Sus vecinos lo llevaban viendo toda la vida, desde que eran pequeños. Las madres, ahora abuelas la mayoría, les contaban a sus hijas que desde que tenían uso de razón lo habían visto. Y así continuamente, de generación en generación.

No salía casi de casa: solo se dejaba ver a las cinco de la tarde aproximadamente, en la cafetería Beas of Bloomsbury. Esta había sustituido a otra. La nueva era de magdalenas y bollos. La antigua había sido muy distinta: la cafetería se mezclaba con una biblioteca. Se pasaba horas y horas leyendo allí junto a William, el propietario. Desgraciadamente, cuando murió, sus hijos vendieron el local. Pasaron dos años hasta que el señor volvió a salir a la calle. Algunas personas pensaban incluso que se había muerto. Nadie vivía con él, por lo que era difícil enterarse si había muerto de verdad.

El viejo se llamaba Bert. Era muy mayor, ni él sabía cuántos años tenía. Le dolía todo, pero milagrosamente no tenía ninguna enfermedad. Residía en su casa de Londres. Hacía mucho tiempo que no se mudaba, muchísimo tiempo. En esa casa había pasado cientos de años, más de lo que solía quedarse en cualquier casa. Se solía mover para buscar bibliotecas, pero en este barrio había muchas. Además, la casa era perfecta: estaba encima de unas oficinas silenciosas, como necesitaba. A pesar de todo esto, el barrio no le terminaba de agradar, pues no le gustaba la catedral ni el Támesis. No le paraban de recordar su misión: encontrar un libro. Os preguntaréis ¿qué libro? Ni él lo sabía, para eso tenía a una especie de demonio que le avisaba cuando uno podía ser. Todos ellos los tenía guardados en su biblioteca propia: a veces los robaba, otras veces los compraba. Su biblioteca era grande, tanto que solo dejaba espacio para su dormitorio y una cocina eléctrica.

Debido a su misión tenía que estar leyendo mucho rato. Le gustaba, y lo hacía con entusiasmo. Reflexionaba cada palabra, porque podía ser la puerta para volver a su mundo. Ya se estaba terminando los libros de la última biblioteca cercana, así que se mudaría pronto. Después de tanto tiempo sin hacerlo, no recordaba casi cómo se hacía. No le preocupaba el precio: no lo pagaba él. En verdad, no sabía quién lo pagaba. Probablemente sería el demonio ese, que, de una forma u otra, daría el dinero al dueño. Tampoco le importaba.

Salió a andar una tarde de noviembre. Hacía aire y el cielo estaba cubierto por la típica niebla londinense. Se veía poco. Él iba andando por la orilla del río. Había caminado demasiado, estaba muy cansado. Ese día, la cafetería cerraba, por lo que no podía ir. Tampoco quería ir a la catedral, pues no creía en Dios (en realidad, sabía que no existía).

Se cruzó con una mujer. Él la observó detenidamente, apoyado en su bastón. Vestía una ropa muy extravagante: casi toda morada, salvo las botas que eran de color fucsia. Para completar su vestimenta llevaba puesto un sombrero y unas gafas de sol (sí, con niebla, menuda tontería). Pero lo que le llamó la atención fue lo que tenía debajo del brazo: un libro oscuro, con los bordes dorados, bastante grande.

-Sabes que es ese -dijo el demonio, que había aparecido apoyado en su hombro derecho.

-Siempre dices lo mismo, pero luego nunca lo es -realmente la criatura llevaba la razón, aquel libro le llamaba y mucho.

-Tú sabrás -se esfumó rápidamente, como si nunca hubiese estado allí.

Le sudaban las manos. Estaba muy nervioso, creía que por fin había descubierto el libro. Aquel que durante años llevaba buscando. Una fuerza mágica, repentina, le empujó corriendo hacia la señora. Dejó el garrote atrás, había rejuvenecido muchos años en ese momento. Según se iba acercando a la mujer, esta se asustaba más y más. Cuando se cruzaron, ella no sintió nada. Literalmente nada. Le había desaparecido el libro de debajo del brazo. Suspiró y siguió caminando. Después de unos pasos, desapareció como el demonio, bajo el manto de la niebla.

La larga carrera le dejó agotado. A pesar de esto, subió a su piso velocísimo. Abrió la puerta de su casa y se sentó en el sillón de la biblioteca. Respiró hondo un par de veces y abrió el libro. Cerró los ojos, notó cómo ascendía. Por fin de vuelta a su mundo. Un escalofrío le recorrió la espalda. Al abrir los ojos, se sorprendió. El poder de los libros siempre le fascinaría.

Alberto Nieto Zuya
Estudiante de Bachillerato



miércoles, 13 de noviembre de 2019

Vacío


Miro a mi alrededor. Estoy rodeado de unos grandes muros de piedra, fríos y silenciosos. No hay absolutamente nada aquí dentro aparte de oscuridad y soledad. Tampoco percibo ningún olor, lo cual me desconcierta bastante. Me siento muy pequeño en este espacio, un diminuto ser encarcelado dentro de lo que parece ser una simple torre sin ninguna utilidad. Grito con todas mis fuerzas y, para mi sorpresa, no se oye nada. No es que no haya eco o que esté ronco, es que simplemente de mi garganta no sale ningún sonido. Me empiezo a poner nervioso y busco el foco de luz que me está permitiendo apreciar algunos de los detalles de esta gran prisión, pero tampoco lo encuentro. ¿Cómo es posible que haya luz, por muy tenue que sea, y no tenga un foco de emisión? Es como si no hubiese manera alguna de salir de aquí, pero de alguna forma habré entrado. Todo parece tan irreal que empiezo a pensar que estoy soñando, de modo que comienzo a golpearme contra el suelo para comprobar si siento dolor, y ocurre algo que termina por desconcertarme del todo. Percibo los golpes en mi cuerpo y si me concentro mucho en ellos, noto el dolor que me producen. Sin embargo, mi cabeza los aísla, es como si no pudiera sentir nada, y no porque el dolor no esté ahí, sino que ese dolor golpea fuera de la torre.

De repente se oye un gran estruendo bajo mis pies y los muros se derrumban y desaparecen a mi alrededor, dejando a la vista un único objeto frente a mí. Es un reloj gigante. Miro la hora. Son las 19:25, llegó tarde a entrenar. Me visto y salgo de casa corriendo. El aire frío me sorprende al salir a la calle despejándome la cabeza y, mientras corro hacia el campo, pienso en lo que acaba de suceder. Es la primera vez que me ocurre algo así y en cambio intuyo que no será la última: una gran espiral ha entrado en mi cabeza y no va a ser fácil echarla de ahí.

Gabriel Abanades Díaz
Estudiante de Bachillerato


miércoles, 23 de octubre de 2019

La conversación en la era de la comunicación


Tres niños hablan sentados en un banco. Comentan lo que está pasando delante de sus narices y cada uno aporta su punto de vista. Pero hay algo que no cuadra, algo que los niños hacen de manera involuntaria, con lo que pierden, sin quererlo, toda forma de conversación.

Su mirada no está puesta en las caras de las personas con las que se están relacionando, sino que está en otro lado. En un teléfono móvil. Cada uno tiene el suyo en la mano, y aunque no están continuamente mirándolo, saben de sobra lo que ocurre en sus pantallas en todo momento. Gesticulan con las manos para complementar los argumentos que salen de su boca, pero sin soltar el teléfono. Es un miembro más en su cuerpo. Y mientras charlan, uno de los teléfonos suena. De golpe se corta la conversación para prestar atención al aparato que ha emitido el sonido. Este controla sus cerebros con un sencillo sonido. Y lo más peligroso es que ni los niños ni nadie se da cuenta de todas estas cosas. Pero vuelvo en un minuto, tengo que contestar una llamada.

Pablo Táuler Ullívarri
Estudiante de Bachillerato