miércoles, 9 de enero de 2019

Non omnis moriar


Despiertas de repente con un gran dolor en el estómago, lo miras y ves una horrenda herida abierta de la cual no sale sangre. Te levantas. Empiezas a recordar: una batalla, gritos de dolor, tu muerte…

Avanzas y descubres una moneda en la mano y enfrente de ti un gran río. Presientes que es un río, aunque no parece agua precisamente. Te acercas a la orilla y notas que unas voces cargadas de odio te empiezan a susurrar. Te alejas de inmediato y chocas con un hombre, es alto, delgado, tiene la cara demacrada y te dirige su voz sibilante como miles de cuchillos cortando el viento: “el óbolo”. Decides dárselo y él te lleva a una barca atracada en la orilla, os montáis y navegáis por el río.

A mitad de trayecto decides preguntarle que quién es, qué es aquel lugar y a dónde te lleva. Responde gustosamente y descubres que se trata de Caronte, que estás navegando por el río Estigio hacia el reino de Plutón: al fin y al cabo, no eran simples supersticiones…

Finalmente alcanzáis la otra orilla y te ves de frente con un perro gigante de tres cabezas: Cerbero. La cabeza izquierda te olisquea y te deja pasar. Marchas por los Campos Asfódelos (así los había llamado Caronte), donde continúas entre muchas ánimas que van de un lugar a otro sin pena ni gloria. Llegas a un edificio en el que se encuentra la sala del juicio, está hecho de un negro basalto, con algunos tonos rojizos de un material que no llegas a reconocer. Hay dos salidas, por una se ven una serie de esculturas que representaban los peores castigos que la mente puede imaginar, y por la otra, más lejana, alcanzabas a ver esculturas de héroes triunfantes: los caminos que llevan a los Campos de Castigo y a los Campos Elíseos respectivamente.

Esperas tu turno para el juicio, no tienes prisa, casi prefieres no saber el veredicto. Acaban con el hombre que estaba delante de ti, lo mandaron hacia los Campos de Castigo. Llega tu turno, te presentas ante los jueces: Minos, Éaco y Radamantis. Empiezan a comentar todos los actos que has realizado. Se detienen más en el último tramo de tu vida, la batalla en la que has muerto… De golpe, recuerdas absolutamente todo: el ejército de Aníbal formado por cartagineses, íberos y galos, la carga inicial emprendida por vosotros y, sobre todo, la imagen del rostro del cartaginés que te mató sin que pudieses reaccionar. Esos recuerdos que van citando los jueces se manifiestan en tu memoria, pero no parece real, es más bien como si te estuviesen contando una historia: te ves en tercera persona, no distingues los rostros de los demás, excepto de los que recuerdas en ese instante, y finalmente llega el golpe que acabó con tu vida…

Los jueces se miran y hablan durante mucho tiempo hasta que dictan sentencia: Campos Elíseos. Estás eufórico y Minos se te acerca y, mientras cuenta cómo se desarrollará tu “vida” a partir de ese entonces, os dirigís hacia el camino de las esculturas triunfantes. Pero algo no va bien, tu cabeza no asimila que este sea el lugar que el destino te había deparado. Miras a Minos y le preguntas si se puede volver a la vida, él te responde que sí, que todos los que residen en los Elíseos pueden regresar, empezándola de nuevo, sin recuerdos… Te das la vuelta, miras al juez fijamente y le dices lleno de confianza: “No ha llegado mi momento, no moriré del todo”. Non omnis moriar.

Diego Morín Calle
Estudiante de Bachillerato




martes, 4 de diciembre de 2018

Infancia


Mi infancia son recuerdos de tazos de Pokemón,
de las peonzas rodando en el suelo del patio,
y en mi cabeza sonando la nueva canción;
de aquel niño feliz que vivía en Terabithia.

Nunca tuve un gran interés por la lectura,
y de música me molaba El Canto del Loco,
aunque era por el nombre, no entendía la letra;
y mejor no hablar del fútbol, no paraba ni un poco.

Como buen chaval, tenía muchos amigos
y la verdad que nunca estaba solo.
Cuando hablo de amigos me refiero a tíos,
pues no necesitaba chicas para decir:
¡miradme chavales, soy el que más molo!

Y para acabar quiero decir que no soy viejo,
tengo una vida por delante, o puede que más...
Pero tú que me oyes párate y mira al espejo,
solo observa y piensa lo que tienes detrás.

Pablo Táuler Ullivarri
Estudiante de Bachillerato




lunes, 26 de noviembre de 2018

El milano


Sobrevolando la mediana, cae fugaz del cielo una saeta carmesí y se arroja en picado para, suavemente, detenerse flotando como una cometa -no en vano así le llaman los sajones-. Hace un quiebro y pica de nuevo, buscando los despojos de infelices criaturas muertas bajo el peso de la rueda y el motor. Este oportunista, bien parecido cuervo, no busca más que el buen vivir, sin desvelos ni fatigas.

Y pese a todo, al verlo alejarse de mi vista, carretera atrás, no puedo evitar sonreír y pensar: “¡qué hermosa ave, elegante halcón de cola de luna! Ante la mayor de las humillaciones, y sin perder un ápice de su noble orgullo de rapaz, da media vuelta y se aleja del lugar con la cabeza bien alta, en busca de mejores cotos donde seguir oteando sin molestias”.

Y, si alguna vez te encuentras con este galante príncipe del cielo, quiero que te acuerdes de mí y sientas lo que siento yo ante la belleza de esta Tierra en que vivimos, ante cada ave, cada insecto, cada piedra... porque nuestro Mundo agoniza, y con Él, nosotros.

Miguel Marín Latonda
Estudiante de Bachillerato



jueves, 25 de octubre de 2018

Otra mañana de jueves camino al colegio


Un aire soñoliento reina en la habitación,
hundiéndote en la comodidad de blancas sábanas,
rompe el clímax el estruendo del despertador,
que siempre solitarias mañanas acompaña.

Ni un rayo de sol entra por tu ventana,
ni un ruido se escucha en el silencioso exterior,
todo es completa calma sobre la joven noche,
que pronto se fundirá con la clara luz del sol.

Una taza caliente que calme el frío en diciembre,
mientras el alquitrán encharca tus dos pulmones,
la ciudad desperezándose con lentos pasos,
renaciendo con la nueva luz del horizonte.

Rima el andar de tus piernas con el mismo suelo,
se abraza la vieja chaqueta como refugio,
la noche el día, el día la noche, como un duelo,
otra mañana de jueves camino al colegio.

Alberto Díaz-Moreno Sánchez
Estudiante de Bachillerato



miércoles, 10 de octubre de 2018

San Junípero


Balear de una época pasada tiempo ya,
surcó el mar en busca de una olvidada tierra,
y labró, con gran esfuerzo, con sangre y sudor,
nueva nación con Cristo como único Señor.
Este hombre admirable y digno de santidad
ha sido blasfemado, muerto y sepultado,
¿qué diría él si se viese de nuevo con habla?
Si viera California, "flevit super illam".

Alberto González Jiménez
Estudiante de Bachillerato



martes, 25 de septiembre de 2018

Autorretrato


Mi infancia son recuerdos de temas de Pereza,
y Amaia cantando junto a su Oreja de Van Gogh, 
de mi hermano colgado de su amada guitarra, 
y yo todo el día jugando con el balón.

Son recuerdos de Toledo, Córdoba, y Madrid, 
colegas compartiendo porterías de jerséis, 
frente a clases torrantes que no me hacían reír, 
sobre todo si trataban de hablar Inglés.

No buscaba finales de cuentos ni perdiz, 
es lo bueno de ser niño, reír sin razón.
Con unos padres que siempre me hacían feliz, 
todos recuerdos que almaceno en el corazón. 

Mas sin ser nostálgico, soy feliz ahora también, 
pasado bueno, el futuro por descubrir.
Siempre será una gran foto que me guardaré 
en un cajón para cuando quiera yo volver.

Alberto Díaz-Moreno Sánchez
Estudiante de Bachillerato



sábado, 21 de julio de 2018

Fiel hasta la muerte


Levanto la mirada y noto cómo el agotamiento va provocando temblor en mis piernas. Veo cómo a mí alrededor se reparten por el suelo los cadáveres de entre diez y veinte enemigos. La sangre sobre mi espada gotea y me mancha las manos dejándolas pegajosas. Restos de sangre y vísceras chapotean bajo mis pies. Dirijo la mirada al este y observo la salida del sol de madrugada. Miro entonces al oeste y veo a mi compañero con una rodilla en tierra, jadeante, agotado pero ileso. Otros tantos cuerpos inertes de enemigos se reparten a su alrededor.

Un cuerno suena a lo lejos, hacia el norte… es un cuerno enemigo. Se aproxima otra oleada de feroces y frescos guerreros a los que derrotar. Miro al cielo e imploro a cualquier dios que me quiera escuchar por un suspiro de fuerza. Necesito una gota de aliento para afrontar esa nueva oleada.

En ese momento, una voz ronca me devuelve a la consciencia:

-¡Eh, vienen más! Si salimos de esta te invito a lo que quieras en la taberna de la cascada.

Miro a mi compañero, ya en pie y con el rostro serio. Nuestras miradas agotadas chocan, pero no podemos evitar una mueca de complicidad. Tantos años de servicio juntos y tantos años antes de la guerra traen demasiados recuerdos.

-Aún recuerdo cuando me abriste la cabeza practicando con las espadas de madera de mi tío Fausto. Conservo esa cicatriz y tantas otras... -suspiro provocando en él una carcajada.

Se acerca a mí limpiándose la sangre de la cara con el reverso de la mano y tras un amistoso golpe en el hombro empuña su espada.

-¡Vamos a darles duro a esos malnacidos!

Con esas simples palabras me devuelve el valor y la fuerza, porque no hay nada que pueda animar más que saber que alguien en quien confías se entrega al mismo propósito que tú. Y con esto se lanza al combate gritando ferozmente. Detrás de él todo el ejército vuelve a la carga y yo, con los ánimos repuestos, le sigo de cerca para cuidar de él como juré y cumpliré siempre.

Marcos Táuler Ullivarri
Estudiante de Bachillerato