miércoles, 11 de julio de 2018

Sol la si do


Una suave lluvia de acordes. Una leve melodía que navega con delicadeza por la habitación.

Sol la si do, la vieja guitarra sigue pronunciando su fraseo, sigue perpetrando en ti que escuchas atento lo que tiene que decir, lo que tiene que mostrar, lo que tiene que recordarte.

Sol la si do y vuelven imágenes borrosas a tu mente. Una cara inocente, una olvidada sonrisa en el fondo del cajón, una tarde de invierno...

Sol la si do, una lágrima derramada y una carcajada nostálgica. Un apenado rostro, alegrado por un desgastado recuerdo de la infancia, que saca tu sonrisa a bailar como en un lejano juego de niños que apenas recuerdas, lleno de praderas verdes, sonrisas maternas y libres aires.

Sol la si do y un abrazo, un adiós, un largo viaje.

Alberto Díaz-Moreno Sánchez
Estudiante de Bachillerato



martes, 15 de mayo de 2018

Dos


Dicen que la esperanza y el amor transforman al hombre, volviéndolo algo que merece la pena ser llamado como tal. Me dispongo a relatar uno de los momentos en los que fui, aunque sólo por un instante, algo digno de mención.

Ocurrió un viernes de 2001, y la luna, blanca y redonda, pintaba de ámbar las farolas fundidas.

Eran las 4 de la mañana y yo llevaba bebiendo desde las once. No porque disfrutara del sabor del alcohol o porque estuviera celebrando algo, sino porque necesitaba beber. Ansiaba el ardiente beso de la botella en mis labios, el amargo rascar del líquido sobre mi garganta, pero sobre todo, ansiaba esa sensación de desapego, esa dulce promesa de unas horas en blanco, esa invitación a alejarme de una vida pesada y agónica. En definitiva, ansiaba olvidar, y parecía que, al menos durante esa noche, lo había conseguido. Me equivoqué de plano, y doy gracias por ello.

Volví a verla. Más adulta, menos etérea, pero igual de bella, si no más. Estaba en un garito del centro, apoyada en la barra.

Me sorprendió que me reconociera, pues poco quedaba del niño que la vio por primera vez. Las novelas ya no eran para mí promesas de universos nuevos y hacía siglos que no sentía el impulso de pasar páginas. Mi amor por las historias se había consumido, ahogado por una vida de fechas de entrega, trabajos urgentes y obligaciones insulsas. Estaba convencido de que jamás volvería a soñar y, sin embargo, ahí estaba, hablando con una fantasía, la más hermosa que había visto en toda mi vida.

Recuerdo su aroma, aquel perfume de flores y tinta, de polvo y mentiras. El olor a novela.

Aquella visión duró poco, pues tras apenas un suspiro, desapareció entre las luces del alba.

Esa fue la última vez que necesité beber. Juré que consagraría el resto de mi vida a ella, que la hallaría de nuevo y que cuando lo hiciera, sería lo suficientemente capaz de declararle mi amor.

Y lo hice, pero esa es otra historia.

Alfonso Pizarro
Estudiante de Filología Hispánica



viernes, 20 de abril de 2018

Letras


¿Qué es la locura sino lo que los supuestos rectos de moral llaman imprudencia? Pues que sepan, señores aburridos, que en mi mapa del desequilibrio mental tengo una larga historia que contaros.

Bajo el sol ardiente del verano antiguo he surcado las aguas en el barco de mi compañero Eneas, el cual me narraba sucesos en las noches de diluvio a la luz de las velas casi consumidas; historias de criaturas acuáticas, de amor fraternal, de guerra encarnizada y de lo atrevido que hay que ser para surcar las aguas del misteriosísimo mar Mediterráneo.

Con pasión y con sentimiento he oído a William Wallace arengar a sus compatriotas en las tabernas escocesas con barriles repletos de cerveza y corazones colmados de ilusión. Hemos cantado todos abrazados esas letras que hacían vencer a ejércitos que nos doblaban en número, con amistad, coraje y humildad. Las amistades se desvanecían por el hierro y el acero ingleses y miles de vidas llegaban a su fin, pero lo que nunca oí o vi que se desvaneciera era su ansia por la libertad.

He vivido un amanecer en una trinchera al azar de la artillería enemiga con el corazón en un puño, y con mi suerte y la fortuna o desgracia de muchos siendo apostada en salones reales; en palacios donde reina más la cobardía que el amor, donde impera arriesgar las vidas de los demás por absurda diplomacia. Hombres de patria que eran convencidos de luchar por su país, cuando por lo que de verdad peleaban era por un rey repleto de codicia y avaricia con muchas artimañas y trapos sucios para convencer a sus súbditos.

He visto en aquel hombre indio, con más huesos que carne, el verdadero rostro de la humildad, de la paz, del servicio a sus iguales. También la lucha desarmada contra oportunistas sajones ávaros con ganas de saquear el mundo entero sin importar la manera de llevarlo a cabo.

Hablemos de compartir con Víctor Hugo palabras sobre amor, sobre liberación; con Ulises he bebido de las cráteras de vino mezcladas por los cíclopes; he brindado mi jarra de cerveza con la de Erik el Rojo; he observado el Nuevo Mundo con Darwin; he subido y he bajado del Olimpo decenas de veces y aun así seguiré siendo un loco, pero en lo que admito haberme convertido y nunca dejaré de ser, es en un patriota de aquellas que permanecen inmóviles ante los vaivenes del tiempo, las que son indiscutibles, las que me han cautivado -no hablo de locuras-, las letras.

Rafael Álamos
Bachillerato



miércoles, 7 de marzo de 2018

Noche de octubre


Es probable que nunca pueda olvidar los hechos acontecidos la madrugada perteneciente al 22 de octubre de 2006.

Para mí el 21 no fue un día especial. De hecho era un día completamente ordinario.

Unos compañeros y yo quedamos para tomar unas cervezas tras una jornada atareada en un periódico en el que solía trabajar por aquel entonces. Fuimos a un bar a las afueras, lejos del curro y cerca de la residencia de uno de ellos, Jaime, el encargado de las erratas, ya que decidió invitarnos por el inminente nacimiento de su segunda hija.

Ya bien entrada la noche y viendo que las nubes empezaban a cubrir la luna, decidimos no arriesgarnos a conducir con lluvia, terminar la velada, pagar la cuenta y regresar a casa. Volví en el coche de Javi, mi compañero en la sección de logística, junto con Miriam, una recién graduada que llegó hace poco a nuestra plantilla. He de reconocer que por aquel entonces estaba un poco colado por ella. Solo era dos años menor que yo y, a pesar de no poder ser descrita como una belleza, tenía los ojos de un azul precioso.

Durante el trayecto me dediqué a charlar con ellos sobre temas relacionados con el trabajo, en especial sobre nuestro jefe. En un momento dado en el que la carretera cruzaba una zona boscosa, más o menos a mitad del viaje, las nubes se retiraron del cielo nocturno, dejando la luna de nuevo al descubierto.

Entonces, en la lejanía del asfalto desierto, los tres contemplamos como surgió una débil luz rojiza que se acercó a gran velocidad. No nos dio tiempo a extrañarnos debido a su color o a plantearnos qué era. Antes de darnos cuenta, demasiado rápido como para que aun ante la luz de los faros pudiéramos ver con claridad de qué se trataba, apareció frente a nosotros y, tras un fuerte impacto, mi conciencia se desvaneció.

Cuando desperté, asumo que poco después de la colisión, me encontré al vehículo a un lado de la carretera, empotrado contra un árbol. Javi no había recobrado la conciencia, pero por lo que pude comprobar, no sufrió serios daños, solo unas cuantas contusiones. Lo alarmante era que Miriam, la única que viajaba en los asientos traseros, no se hallaba por ningún lado y la puerta derecha de atrás, la que daba al lado del bosque, se encontraba abierta.

Salí del vehículo y pude comprobar que el accidente no era tan grave como debería haber sido tratándose de una colisión frontal, pues aunque el coche había sufrido severos daños, estos solo se limitaban a la parte del parachoques y del capó, dejando el motor casi intacto. Aun así no pude evitar preocuparme más ya que Miriam no estaba por ningún lado.

En ese momento, escuché como un golpe que provenía de la espesura. Sin pensarlo mucho, ya que la preocupación excedía a mi miedo y realmente no me encontraba en plenas facultades tras el impacto, me adentré en el bosque sin dudarlo. Tras recorrer unos 40 o 50 metros, contemplé una escena que incluso ahora no puedo olvidar.

Bajo la tenue luz de la luna me las arreglé para ver con claridad el monstruoso cuerpo de aquella cosa. Su forma general se asemejaba a un lobo o perro asumiendo que los perros miden unos tres metros de alto y casi seis de largocubierto desde los pies hasta la punta de su larga cola por algo que parecían escamas de un tono negro metálico. La parte más aterradora de él no era su corpulencia, o sus fieras garras capaces de despedazar con facilidad a cualquier ser vivo que se cruzara en su camino, sino su terrible rostro. Poseía dos grandes colmillos que ascendían desde sus fauces y, lo más terrorífico, en el lugar donde en un mamífero, ave o reptil se hallarían los ojos, este ser tenía dos largas protuberancias, similares a cuernos, que se curvaban hacia atrás más allá de su lomo. Entre ellos se encontraba una especie de rombo luminiscente de color rojizo en el que pude vislumbrar unos extraños símbolos o runas que no supe reconocer, pero cuyo simple recuerdo por alguna razón me llena de repulsa y espanto.

Sin embargo, lo que más me marcó esa noche no fue la visión de esa temible y grotesca bestia o el pútrido olor a carroña que desprendía, sino el frágil cuerpo hallado bajo sus letales garras. Pude ver a Miriam, con una expresión de agonía, mirándome aterrada. Había sangre en la comisura de sus labios. La enorme presión de las zarpas la estaba ahogando. No podía respirar. Al verme se movió tratando de llamar mi atención. Yo me quedé paralizado. El miedo tomó el control.

¡Crack!El sonido más terrible que alguna vez he escuchado retumbó en el bosque.

Las garras hicieron presión y su pecho se derrumbó. Me miró por última vez con ojos suplicantes. No pudo volver a respirar. Dejó de moverse, estaba muerta.

Contemplé cómo la bestia arrancó y se dio un festín con una de las piernas de mi compañera. Después torció la cabeza en mi dirección. Había restos de carne y sangre en sus colmillos. En ese momento recuperé la razón y relacioné la luz que nos embistió con aquel macabro y brillante rombo en su frente. Recuperé el control de mi cuerpo. Me di la vuelta y corrí. Escuché un fuerte silbido a mis espaldas y noté un gran escozor en el brazo izquierdo. No me molesté en comprobarlo, solo seguí huyendo. Desconozco cuánto tiempo pasé tratando de alejarme de esa cosa, pero en algún momento perdí la conciencia.

Cuando desperté me hallaba desorientado en un hospital. Al preguntar a una enfermera, me contestó que había sido encontrado a unos dos kilómetros del accidente por una persona que por allí pasaba. Me encontró en un estado desastroso, casi desangrado debido a tres profundas laceraciones en mi antebrazo izquierdo.

Pasé una semana allí. Pronto recibí noticias de Javi. Estaba en el mismo hospital y se encontraba en un estado visiblemente mejor al mío. La razón por la que no le habían dado aún el alta era porque se encontraba en observación tras la fuerte contusión en la cabeza. Lo extraño, y el inicio de mi calvario, comenzó cuando le pregunté sobre Miriam.

¿De qué estás hablando? ¿Quién es Miriam? No me suena, ¿no te habrás dado tú también en la cabeza?Contestó él, mirándome como si estuviera loco.

En un principio asumí que el choque le había afectado y no volví a sacar el tema, pero tras unos días me empezó a extrañar. Miriam había sido asesinada y devorada de forma brutal y nadie venía a interrogarme sobre el tema, ni siquiera la propia familia.

Lo más chocante fue tras salir a la semana del hospital y volver al trabajo. Contemplé horrorizado como allí nadie parecía saber sobre ella. Durante un tiempo este asunto me obsesionó hasta tal punto que Javi, Jaime y el resto de compañeros del periódico dejaron de hablarme. Decían que el accidente me había afectado algo en la cabeza. Traté de investigar, pero en realidad no la conocía desde hace mucho y todos los documentos relacionados con ella habían desaparecido como por arte de magia. Antes de empezar perdí el rastro. También traté de investigar sobre la bestia, pero no hallé ni una sola leyenda que dejara constancia sobre una criatura similar a ella.

También, y con regularidad, fui asaltado por fuertes, cruentas pesadillas relacionadas con aquella noche. Mi salud tanto física como mental empezó a declinar. Debido a mi lastimoso estado perdí el trabajo en el que había invertido casi cinco años.

Con el paso de los años, y tras estar un tiempo ingresado, logré recuperarme en parte.

Un día me armé de valor y volví al lugar del accidente. Vi dónde nos estrellamos y volví a contemplar con mis propios ojos el lugar en el que Miriam fue asesinada. Sin embargo, y aunque el lugar coincidía con el grabado a fuego en mis recuerdos, no encontré nada. Absolutamente nada. No hallé marcas de garra, ni algún resto de Miriam. En verdad no sabía qué esperaba encontrar.

Entonces empecé a cuestionarme si había sido todo un sueño o si, en verdad, era yo el loco y Miriam era una especie de personaje creado por mi imaginación.

Pero no podía engañarme. Cada vez que tenía ese tipo de pensamientos solo bastaba con mirar las tres horribles cicatrices que cruzaban mi antebrazo para que se esfumaran. Al parecer, y según los expertos que afirmaron algo que yo ya sabía, este tipo de marcas son propias de las zarpas de un gran animal. Hasta los cirujanos estaban estupefactos sobre el tipo de criatura que me las había hecho y, sin embargo, cuando decía la verdad, nadie me creía. Es bastante irónico que la marca de la bestia sea lo que más me ha ayudado a lo largo de estos años a mantener la cordura.

Desconozco cómo sobreviví esa fatídica noche, pero con el tiempo llegué a la conclusión de que aquella bestia simplemente no estaba interesada en mí. La pobre Miriam desapareció completamente de este mundo. No, lo correcto sería decir que fue borrada. Creo que ese día la bestia devoró algo más que su cadáver. También me hallo confuso sobre la razón por la cual solo yo puedo recordarla.

Desde ese entonces, incluso ahora y es probable que durante el resto de mi vida, veo en sueños ese par de hermosos zafiros luminosos, hundiéndose con lentitud en un profundo pozo llamado desesperación, hasta finalmente apagarse.

Se extinguen por completo, sin dejar rastro al igual que ella.

Fernando García Caraballo
Ciclo Formativo de Grado Superior



jueves, 15 de febrero de 2018

Insensibilizados

Mucho se oye hablar de cómo la televisión y demás medios de comunicación, que nos bombardean con miles y miles de datos cada día, atontan la sociedad y cómo nos vuelven más sedentarios, pero creo que uno de los peores problemas que plantea el uso de estos medios sin una madurez o una moral bien formada va más allá de todo esto.

El principal inconveniente de esta sobrecarga de datos es la insensibilización de las personas. Pensamos que tenemos el control de nuestro modo de pensar pero realmente está bastante condicionado. A lo que me refiero es a que no analizamos la información que recibimos cada día. Vemos cómo mueren y cómo sufren multitud de personas al día y nos sentimos completamente indiferentes. Así sucede ante tantos crímenes, casos de violencia de género, incendios, desgracias naturales, etc.

Lo peor de este asunto es que este problema se traspasa a nuestras vidas diarias. No hablo de todas las personas pero sí de un gran número. Vemos cómo cada vez que interviene una ambulancia, un coche de policía o de bomberos siempre hay un grupo de personas observando la escena y, cuando todo acaba o algo no ha salido bien, apartan la mirada y siguen con sus vidas.

Este tipo de sucesos se ve muy bien reflejado en una de las escenas finales de la película Money Monster, donde un hombre secuestra un plató de televisión y exige que la emisión siga en directo, amenazando al presentador con un arma. Entonces los espectadores conectan ese canal únicamente para sentir el morbo que puede dar el presenciar un posible final trágico de la situación que están viviendo, y cuando todo termina se ve cómo la gente continúa con sus vidas como si nada hubiese pasado y todo siguiera bien. Me refiero justamente a este problema, que cada vez nos vamos “deshumanizando” más y dejamos de sentir empatía o pena por estos sucesos.

Con esto no quiero decir que las personas no se preocupan cuando ocurre una situación de este tipo, pero sí que deberían mirar más allá y pensar en lo sucedido y no actuar como máquinas.

Alejandro García
Bachillerato



miércoles, 31 de enero de 2018

Deus ex machina

Hola, soy el escritor de este relato y me acabo de cargar la cuarta pared. ¿Sorprendido? Pues vas a flipar con lo que viene ahora. Resulta que me perteneces. A partir de aquí todas tus acciones, todas tus creencias e incluso tus sentimientos quedan dictados por una sola persona, a saber, yo mismo, sin que haya ninguna forma de que tú puedas hacer nada para evitarlo (salvo dejar de leer, claro, pero a nadie le gusta dejar un relato a medias, ¿no?). Como sea, vamos a empezar con la historia.

Te encuentras en el Coliseo. Estás en medio de una enorme explanada de tierra rodeado por una multitud de personas que te señala y te grita. Ese de allí se parece a tu vecino de al lado, solo que más gordo y más bizco. Reconoces a algunas caras desperdigadas aquí y allá, lo cual no deja de ser lógico, ya que estás en tu ciudad natal. De pronto el público enmudece y ante ti se encuentra tu oponente. En tu vida has visto a un tío semejante, es mucho más alto que tú y por lo menos dos veces más musculoso. En el peto que lleva sobre el pecho se podría cocinar un lechón entero. Su cara cuadrada y marcada por cicatrices te mira un momento antes de correr hacia ti con los puños por delante. Asustado, alzas la guardia y esperas la embestida...

Estás sentado en una mesa de un restaurante elegante. ¿Qué? ¿Te molesta que haya cambiado de escena? Pues te fastidias, además te hubiera dado una paliza. Como sea, ante ti se encuentra una mujer. No es especialmente guapa ni especialmente inteligente, pero a ti te da igual, ya que la amas. En este momento te está contando una historia súper insulsa sobre sus andadas en la universidad, pero tú estás tan embelesado por su sonrisa que ni siquiera estás prestando atención al relato. Tras esperar a que acabe su historia, te arrodillas y después de soltar el discurso que llevas preparando toda la semana, un empalagoso recordatorio de los tres años que lleváis juntos, le pides matrimonio. Ella acepta y tú, cogiendo el anillo que llevas en el bolsillo derecho, sujetas su mano y procedes a sellar el compromiso de vuestro amor...

Te hallas a los mandos de una nave exploradora, surcando el rincón más lejano de la galaxia conocida. Sí, ya sé que he vuelto a cambiar de historia, prometo que será la última vez. En fin, llevas tiempo pilotando esa nave, tanto que ya no te sorprende ni la magnífica vista que te rodea. Es curioso cómo has cambiado desde que te alistaste en la Marina Espacial. De ese novato feliz y orgulloso de su misión queda ya poco, pues el tiempo y las calamidades te han hecho duro, un perro de presa sin nada que perder y que solo busca dinero y una cama caliente. Es por eso que elegiste esa misión: ir más allá de lo que se conoce, documentar los confines más recónditos del universo, buscar planetas habitables. La recompensa, todo lo que encuentres en el camino. Los años pasan y envejeces, comprendes que has pasado tu vida buscando un hogar y que te vas a morir sin encontrarlo. Resignado cierras los ojos esperando a la muerte.

Y eso es todo, aquí acaba tu historia. ¿Qué? ¿Que por qué he decidido acabar tu historia aquí? Porque puedo, sinceramente. ¿Preferirías otro final? Más suerte la próxima vez.

Alfonso Pizarro
Estudiante de Filología Hispánica


miércoles, 24 de enero de 2018

Una verdad desconocida

Las hojas del otoño, ya podridas,
se deslizan de un lado a otro sin sentido.
Somos nosotros: nuestro destino,
cuyas nobles y verdaderas miras,
la caótica niebla ha escondido.

¿Acaso es esto nuestra vida?
¿Acaso es llenar de podredumbre y de hastío
este pesimista e infinito vacío?
¿O es que realmente toda esta cruel angustia
es el ansia no colmada de una verdad desconocida?

Somos nosotros: somos esas hojas
que, en el triste otoño,
buscan desesperadas una alegre luz,
una primavera esperanzadora.

Ricardo Muñoz Ruiz-Dana
Bachillerato